
El panecillo tenía semillas y una clasificación que yo desconocía. Lo había cogido con las pinzas, lo había metido en su bolsa de papel y ahora la caja automática quería saber qué clase de pan era. En la pantalla aparecieron fotografías de hogazas casi idénticas, ordenadas una detrás de otra según un criterio que debía de resultar evidente para alguien criado entre cereales. Pulsé una. La máquina hizo un ruido severo y me invitó a colocar el producto en la zona de embolsado. Lo coloqué. Entonces anunció que había un artículo inesperado en la zona de embolsado, como si acabaran de encontrar allí un cadáver.
Detrás de mí esperaba una mujer con un paquete de arroz y comida para gatos.
Hasta que ella apareció, sabía utilizar la máquina. Había pasado los yogures, una bolsa de espinacas y el detergente con bastante soltura. Después empecé a hacer las cosas de otro modo. Acerqué el panecillo a la pantalla como si tuviera un código, pulsé dos veces la misma casilla y dejé la bolsa en un sitio donde la caja detectó un peso inesperado. Se encendió la luz roja. Busqué a la empleada, que estaba desatascando a un señor en la máquina de al lado. Miré de reojo a la mujer. Seguía esperando con su arroz y su comida de gato, que probablemente cenaba a una hora fija.
La persona que viene detrás posee un talento involuntario para borrar conocimientos. Basta que aparezca y una deja de recordar cómo funciona una tarjeta, en qué bolsillo ha guardado el teléfono o hacia qué lado gira una puerta. Los dedos, que cinco minutos antes mandaban mensajes y encontraban canciones, empiezan a pulsar la pantalla con la cautela de quien intenta desactivar una bomba. Si la máquina tarda en responder, repetimos el gesto. Si responde dos veces, fingimos que aquello formaba parte del plan.
La mirada ajena ni siquiera necesita posarse sobre nosotros. Trabaja perfectamente desde la periferia.
Me ocurre en los cajeros automáticos, sobre todo cuando alguien aguarda demasiado cerca y mi memoria decide borrar el número secreto que llevo usando desde hace años. También en los tornos del metro, donde la tarjeta encuentra siempre el fondo del bolso mientras una pequeña congregación se forma a mi espalda. El peor escenario continúa siendo el aparcamiento. Una llega a la barrera con el ticket preparado, baja la ventanilla y descubre que la ranura queda unos centímetros más lejos de lo que permite el brazo humano. Hay que abrir la puerta, quitarse el cinturón y salir medio cuerpo del coche mientras otro conductor espera detrás con el motor encendido. El automóvil, que hasta entonces confería cierta dignidad, se convierte en una prenda mal puesta.
Las máquinas de autoservicio han distribuido por el mundo una multitud de exámenes sin importancia. Nadie explica sus reglas porque todas presumen de ser intuitivas. El dibujo de una mano acercando una tarjeta debería bastar. La flecha luminosa debería bastar. De hecho, basta siempre que nadie esté esperando. En soledad somos usuarios; con público nos convertimos en concursantes.
Una tarde vi a un hombre mayor peleándose con la máquina de billetes de una estación. Yo era la persona que venía detrás. Había apoyado la maleta junto a su pierna y buscaba una localidad que la pantalla escondía bajo varias capas de menús. Cada vez que parecía avanzar, surgía una pregunta nueva sobre horarios o descuentos. Me aparté un poco y empecé a mirar el panel de salidas con una concentración teatral. Quería regalarle la ficción de que nadie esperaba.
—¿Tú entiendes esto? —me preguntó.
Me acerqué. Tampoco lo entendía. Pasamos un rato pulsando casillas hasta llegar a una pantalla que ofrecía dos trenes con nombres casi iguales y precios distintos. Elegimos uno por el procedimiento ferroviario tradicional, que consiste en desconfiar del más barato. Cuando consiguió el billete me dio las gracias con un alivio excesivo, propio de quien siente que ha superado una prueba preparada para demostrarle que el mundo puede continuar perfectamente sin su colaboración.
Días después, una máquina de aparcamiento rechazó mi matrícula. La escribí otra vez y volvió a rechazarla. Un hombre esperaba a unos pasos con las llaves en la mano. Introduje por tercera vez las mismas letras, ahora muy despacio, y la pantalla regresó al inicio. Él se acercó y señaló una tecla casi invisible.
—Primero tienes que elegir la planta.
Lo dijo sin impaciencia. Agradecí que no añadiera «es muy fácil», frase con la que suelen comenzar las instrucciones que van a humillarnos.
En el supermercado, la empleada terminó liberando mi panecillo y la mujer de la comida para gatos pudo ocupar la caja. Yo guardé la compra con rapidez, atropellando los yogures dentro de la bolsa, y me aparté. Cuando estaba a punto de marcharme, la máquina encontró un artículo inesperado entre sus cosas. La mujer levantó el arroz y volvió a dejarlo sobre la plataforma. La luz roja se encendió.
Me quedé a pocos pasos, convertida ya en la persona que venía detrás. Saqué el recibo y fingí leerlo con enorme interés. Solo contenía la compra y un cupón que nunca usaría, pero lo sostuve delante de los ojos hasta que la luz se apagó. Algunas veces la educación consiste en mirar hacia otro lado.





