
Brigsby Bear es una película de Dave McCary protagonizada por Kyle Mooney, Mark Hamill, Michaela Watkins, Greg Kinnear y un afable oso con pinta de haber salido directamente de las pesadillas de Five Nights at Freddy’s. Un film que cuenta con la producción del grupo cómico-musical The Lonely Island, aquellos chalados que provocaron orgías con la boombox (el loro de toda la vida), metieron el pene de Justin Timberlake en una caja de regalo, se arrimaron a Michael Bolton para cantarle a Jack Sparrow y firmaron un divertidísimo mockumentary titulado Popstar: never stop never stopping. Brigsby Bear se presentó en el festival de Sundance a principios de 2017 y el buen recibimiento que tuvo animó a los ejecutivos de Sony a lanzarse sobre ella para adquirir los derechos a cambio de cinco millones de dólares, una cantidad superior al presupuesto total con el que había contado el film. Los responsables aceptaron el cheque con una condición: que la campaña promocional no revelase la trama de la película.
Lo cierto es que la mejor forma de sentarse ante Brigsby Bear es hacerlo sin saber nada más allá de lo que reza la llamativa sinopsis oficial: «Las aventuras de Brigsy Bear es un programa infantil de televisión que se emite para una audiencia compuesta por una única persona: James. Pero cuando el show se interrumpe de manera abrupta, la vida de James cambia para siempre, y él toma la decisión de finalizar la historia por su cuenta». La de McCary es una película sin aspiraciones elevadas pero con una sinceridad que funciona de manera estupenda. Sobre todo, porque se trata de una de las pocas películas que consigue emocionar al espectador sin rebozarse en las tragedias que la sobrevuelan. Porque Brisgby Bear parte de una situación disparatada pero espeluznante, y a partir de ahí decide tomar el camino que se aleja del drama artificial. Sabe conmover y su mayor virtud está en cómo lo hace: defendiendo la amistad y la ilusión por encima de todo, pasándose por la funda de las gónadas todas las implicaciones jodidas y dramáticas que exprimiría un telefilm vespertino de domingo y apuntalando algo mucho más realista. Es una película capaz de emocionar al espectador con un diálogo tan sencillo como este:
—¿Y si no les gusta?
—Oye, James ¿qué más da lo que piensen?
Kevin Smith se asomó a Twitter para elaborar la crítica más conmovedora de la película, un vídeo donde el hombretón de Nueva Jersey aparecía riendo y llorando como una Magdalena mientras contemplaba una escena de la película. Donde Brigsby Bear brilla especialmente es en su manera de encumbrar el valor de la amistad, y en la forma de contemplar la relación que hoy en día mantienen las personas con la cultura pop que consumen, unos productos que acaban definiéndolos. Y esto es algo que pocas películas se toman tan en serio y con tanto estilo, porque Brigsby Bear no es uno de esos elogios rancios del consumismo descerebrado, pero tampoco una crítica de ello. Lo que hace la historia es valerse del modo en el que la sociedad mastica esa cultura pop hasta convertirla en una pasión personal, en una emoción que a su vez es capaz de crear algo. Kevin Smith se había metido en esto del cine con una película independiente rodada de manera casera, una simpática Clerks rodada entre amigos y financiada por el propio director tras vender su abundante y personal colección de cómics. Brigsby Bear habla sobre la belleza de construir lo que te haga feliz, aunque el detonante de ello sea un ridículo programa de un oso. Trata sobre lo hermoso de erigir algo que sea importante para ti y que, mientras seas feliz haciéndolo, te la sople que el resto del mundo piense que eres un tarado.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Anoche mismo disfruté de Brigsby Bear intrigado por este estupendo post.
Agradecido por ello, sí señor. Buena película y buen artículo.