
Cuando anunciaron la primera temporada del reality show televisivo titulado El puente no pudo resultarme más atractiva la idea: unos desconocidos trabajando juntos en un paraje perdido con el objetivo de construir, como su propio nombre indicaba, un puente. Con expectación vi el primer capítulo y he de confesar que acabé desbordado. De asuntos constructivos no se hablaba mucho, pero por allí aparecían una chica llorando por lo que ella consideraba un gesto tremendamente machista de un compañero que solo había querido tener un detalle con ella, un grupo de gente lanzando consignas con el puño en alto en contra del patriarcado y otro concursante explicando a un bombero y un ingeniero, ambos con nociones de estructuras, que su opinión sobre la construcción valía tanto como la de ellos (aunque no tuviera ni puta idea del tema). Efectivamente, a muchos esto les sonará muy parecido a pasar una tarde en Twitter. En cierto modo lo entiendo. La evolución de esta red social me recuerda a la deriva de un chimpancé que solía ver en un zoológico hace ya muchos años. En su primera época, la gente se moría de risa con sus monerías, sobre todo cuando el animal daba caladas a los cigarrillos que le acercaban. Pero con el paso del tiempo se le avinagró el carácter y, en lugar de ser fuente de carcajadas y sonrisas, arrojaba sus heces a los visitantes. Es una imagen bastante certera si no cuidas de tu timeline. Por ejemplo, en el mío, hace un tiempo surgió una pregunta muy interesante.
Cuántos coches aguanta un puente
Una de las anécdotas que se recalcan cuando se traza un perfil biográfico de cierta profundidad del arquitecto Norman Foster es aquella vez que su colega y mentor Richard Buckminster Fuller le inquirió: «¿Cuánto pesa su edificio, Mr. Foster?». Huelga decir que le pilló con el pie cambiado. Y es que hay asuntos que nunca te planteas hasta que alguien te pregunta con malicia o inocencia (que son los únicos escenarios en los que se formulan las cuestiones verdaderamente importantes).
Volviendo a nuestro asunto, aventurar el número de coches máximo que soporta un puente no es sencillo. En primer lugar, habría que saber con qué normativa se calculó la estructura en cuestión, ya que las sobrecargas mínimas que ha de resistir un viaducto han ido variando con el tiempo: desde carretas de caballos a tranvías, pasando por rodillos vibratorios hasta llegar a los tanques, cada uno de ellos con un peso y disposición determinada. En efecto, unos puentes están calculados para soportar más sobrecarga que otros, puesto que las normativas estructurales no son de aplicación retroactiva. Pero no se preocupen por esto, porque, por ejemplo, si su vivienda tiene más de treinta años, es muy probable que el hormigón que utilizaron en su construcción no cumpliría la resistencia mínima que exige en la actualidad el Código Técnico de la Edificación. La verdad es que no sé si he conseguido tranquilizarles con este dato o todo lo contrario.
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Posiblemente sea un mito, pero había oído en su momento que se utilizan tanques precisamente porque son los vehículos más pesados que tendrían que utilizar los puentes (es decir, por si hay una guerra).
Y qué tiempo de vida útil tienen las estructuras en cemento armado, y en especial modo los puentes, tan solicitados? El de Genova en Italia se derrumbó en una día de lluvia llevándose cuarenta y tres vidas, y según las filtraciones de noticias es muy probable que haya sucedido por la falta de mantenimiento de la empresa contratista controlada por el grupo Beneton. Había sido construído en los sesenta, más de cincuenta años. Ahora, como un ciudadano medio, con pocos conocimientos de cálculos y estructuras y como tantos otros automovilistas, he visto que el mantenimiento más profundo consiste en remover el alquitrán y cemento y otras tareas menores, pero jamás vi remover los entramados de hierro al interno que son los que efectivamente soportan la carga. Yo creo que, llegado a un cierto período de tiempo, habría que tirarlos abajo y reemplazarlos. Nada puede durar eternamente. Gracias por la lectura.
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