
Cuando se estrenó en 1994, Hoop Dreams dejó estupefactos a los críticos. Sobre todo en los Estados Unidos, donde no estaban aún demasiado acostumbrados a que les mostrasen el reverso del famoso «sueño americano». Concebido inicialmente como un documental de media hora para la televisión pública, la versión final terminó durando tres horas (hoy hubiese sido convertido en serie) y siendo estrenado en festivales y salas de cine. Pese a su ritmo lento, su larguísimo metraje y una total ausencia de requiebros sensacionalistas, fue un éxito de público —para lo que era de esperar de un documental como este, claro— y terminó recaudando once millones de dólares. Desde entonces se le considera uno de los mejores documentales de todos los tiempos.
Es difícil condensar en una frase qué es lo que tiene este documental que ha encandilado a tantos críticos y espectadores a lo largo de los años. No esperen una sucesión de imágenes impactantes o momentos climáticos. Tampoco es un festival de personajes extravagantes como Grey Gardens o Crumb, ni narra sucesos tan enfermizos como Jonestown: Paradise Lost o The Keepers, ni tiene un pulso tan endiabladamente electrizante como un largometraje de Michael Moore. No hay grandes secuencias de melodrama ni montajes efectistas.
Creo que la clave reside en que fue producto de un trabajo muy serio y muy intenso. Su filmación duró cuatro años; solamente así podía conseguirse el efecto de involucrar al espectador en las vidas de un pequeño puñado de personas. Durante los primeros minutos la perspectiva distante y un tanto fría del documental engaña por completo; al final, consigue que sintamos por los protagonistas una simpatía que nos hace alegrarnos y padecer con ellos de una manera que no imaginábamos al principio.
Durante aquellos años los cineastas Steve James y Simon Schumann siguieron las andanzas de dos adolescentes llamados Arthur Agee y William Gates. Eran dos críos muy normales procedentes de los barrios más desfavorecidos de Chicago, cuya principal afición —y uno de los pocos estímulos positivos en sus vidas— era jugar al baloncesto. Cuando tenían catorce años fueron descubiertos por ojeadores que recorrían las canchas callejeras buscando a chavales con talento. Ambos fueron fichados, beca escolar mediante, para jugar en el equipo de un instituto situado en una zona acomodada en las afueras de la ciudad. Los dos chicos empiezan a acudir al nuevo instituto, para lo que han de viajar tres horas todos los días. En esos cuatro años de instituto, Arthur y William terminan recorriendo caminos distintos —uno de ellos cambiará de escuela—, pero seguirán afectados por la circunstancia común de tener que responder a las presiones de quienes esperan de ellos que se conviertan en grandes jugadores universitarios y, después, en profesionales de la NBA.
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