Entrevistas Música

La Chana: «Ahora bailo siempre pensando que puede ser la última vez»

La Chana para JD 0

Unas memorias (escritas en colaboración con Beatriz del Pozo) y un documental (dirigido por Lucija Stojevic) han conseguido traer de vuelta a los escenarios a una de las bailaoras flamencas más espectaculares que ha dado este país.

Antonia Santiago Amador (Barcelona, 1946), más conocida como la Chana, debutó en 1966 en el mítico tablao Los Tarantos. Entre sus más ilustres admiradores se encontraban Dalí y Peter Sellers. Este último quedó tan prendado por su fuerza que decidió incluirla en la película The Bobo (Robert Parrish, 1967). Su escena es hoy día el único documento audiovisual que se conserva del esplendor escénico de la Chana.

Tras triunfar en Hollywood, se mudaría a Madrid, donde Manolo Caracol le daría cobijo en Los Canasteros, donde logró a su vez codearse con la crème de la crème del flamenco. De la noche la mañana, la Chana se convirtió en una estrella respetada y aplaudida por todos. No obstante, en el momento más álgido de su carrera, desapareció por completo durante cinco largos años, obligada a retirarse por culpa del que entonces era su marido.

La ruina, el abandono y los malos tratos llevaron a Antonia a la más profunda de las depresiones. Gracias a la intervención de su amigo Peret, la bailaora encontró en la fe la fuerza necesaria para salir adelante. Reunidos en la legendaria Casa Patas, comprobamos que la Chana no quiere hablar más de lo malo, tan solo agradecer a la vida todo lo que ha sido, todo lo que ahora ha recuperado.

¿Por qué la Chana? ¿De dónde viene ese nombre?

Yo me llamo la Chana por mi tío Chano, que fue quien me metió en esto del baile. Con catorce años empecé a bailar con él, lo acompañaba, y como él era Chano, pues a mí empezaron a llamarme la Chana.

De todos modos, a mí lo de «chana» me lo venían diciendo ya desde pequeñita. Con tres o cuatro años escuchaba que me decían: «Esta niña chanela mucho». Chanelar en caló significa ‘que sabe’. Y era verdad, yo de niña iba a todos los sitios muy resabiá

Como cuando fuiste a devolverle a la Pepeta el cromito que le habías robado.

¡Uy! Ese es uno de los momentos más importantes de mi vida. Lo recuerdo perfectamente. Sigo viendo a la Pepeta, tan viejita, tan encorvadita, cogiéndome en brazos… Y eso que yo tendría cinco o seis años, ¿eh? Cuando eres pequeño, hay momentos clave en los que descubres quién eres, y este fue uno de ellos. La Pepeta era una ancianita que vivía allí en mi barrio, en l’Hospitalet de Llobregat, y que tenía un kiosquito donde vendía chucherías y cosas así. Un día le robé un cromito con la forma de Papá Noel, con su barba blanca y todo de rojo. Era además el cromito más grande que había. Con él ganaba a todo el mundo. El juego consistía en poner en el suelo seis o siete crometes, que se doblaban un poquito, y si tú con la palma conseguías darles la vuelta a los de los demás te los quedabas. Y como el mío era el más grande, ganaba siempre. Jugando a aquello me empezó a entrar un remordimiento muy grande, porque me di cuenta de que estaba ahí ganando a un juego con un cromete que había robado y que a lo mejor la Pepeta podía haber vendido y sacado algo de dinero para comer, y me puse muy triste, me escondí de repente en una escalera negra que había por allí y me puse a llorar. Pensaba: «Yo soy una niña con toda la vida por delante y ella es viejita…», así que salí corriendo adonde la Pepeta para devolvérselo. Cuando llegué me dijo: «¿Qué te pasa?», porque yo me planté allí sin saber qué decir, mirando para abajo. «Te pasa algo porque estás muy seria», me dijo, y yo allí calladita, hasta que le solté, enseñándole el cromete: «Es que he hecho una cosa muy mala. Le he robado esto, pero he pensado que usted podría todavía venderlo y sacar algo para comer, para comprar otras cosas…», y me puse a llorar a lágrima viva. Entonces ella me cogió en brazos y me dijo: «Mira, tú eres una niña muy guapa, por fuera y por dentro. Así que vamos a hacer una cosa: tú me prometes que nunca más vas a robar nada y yo te regalo el Papá Noel, ¿vale?». Y yo: «¿Pero se lo va a decir a mi madre?». Y ella me dijo: «No». Y me puse entonces la mar de contenta… Tal como te lo estoy contando lo estoy viendo todo, ¿eh? Como si estuviera allí mismo. Cuando recuerdas algo así es porque lo has sentido de verdad. Ahora, claro, entiendo bien a la Pepeta, porque si yo veo a una niña con la edad que yo tenía entonces, y me viene llorando por una cosa así… ¡me la como! [risas].

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