
Estamos solos, pero a veces una frase proporciona compañía, o una certeza a la que agarrarse, o una esperanza, como la que albergan los villanos cuando se reencuentran con 007 y dicen continuamente «Volvemos a vernos, señor Bond», con el vano propósito de acabar al fin con él. La frase fetiche no siempre contiene épica, o una promesa de felicidad. A menudo llama poco la atención. Cesare Pavese, arrastrado por su desencanto, siempre recurría a una expresión incapaz de hazañas, en forma de manotazo: «¡Me importa un bledo!». También Azorín deslizaba en muchos de sus libros un «siempre es tarde» que pasaba desapercibido, aunque al final podía quedarte la sensación de que nunca llegará ese tren.
No es fácil dar con una frase así, en forma de guante, hecha a medida, que sirva para que el autor se ría por dentro. Por regla general no existe, o está debidamente escondida. Los autores incluso intentan no repetir nunca la misma, para no encariñarse. Les gusta permanecer a solas con sus millones de oraciones, sin recordar ninguna en concreto. Construir una frase fetiche que se emplee siguiendo una pauta para iluminar un momento oscuro, o proveer un sueño, parece algo tan sencillo que bien pudiera ser muy difícil. Hay en ella una especie de pistoletazo al aire. Cuando la escuchas, sabes que va a suceder algo, aunque ignores el qué. Frank Columbo, el teniente de homicidios de Los Ángeles que interpretaba Peter Falk, tejía desordenadamente sus investigaciones, mientras fumaba puros apestosos, vestía una vieja gabardina y se movía en un Peugeot 403 Grande Luxe Cabriolet destartalado. En general avanzaba sin grandes certezas, hasta que, a punto de dejar marchar al sospechoso, le decía: «Por cierto, una última pregunta…». Segundos después, esclarecía el crimen.
Una oración favorita simboliza el agujero de la cerradura por el que entra un angosto haz de luz, insignificante como una cerilla. Pero hasta una cerilla es mucho. Los personajes de Faulkner se pasan sus novelas prendiendo una en mitad de la oscuridad. La frase «encendió una cerilla» aparece en casi todas sus obras. Esa cerilla trasciende al cigarro o la pipa, y a su luz Faulkner describe el pequeño universo que alumbra, como en Sartoris, cuando señala: «Snopes encontró una cerilla en el bolsillo y la encendió protegiéndola con la palma de la mano; ayudado por su luz escogió una de las prendas, descubriendo además mientras la cerilla terminaba de consumirse un paquete de cartas en el fondo del cajón». Conviene ser cuidadoso con una frase fetiche, por pequeña y banal que resulte, pues en ocasiones encierra todas las demás.
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Berlanga y «El Imperio Austrohúngaro».
A propósito de estos juegos literarios que sólo sirven a sí mismos, escribía Roberto Bolaño en Los detectives salvajes que al beber tequila en un vaso «lacado con el mezcal, el tequila se encuentra más a gusto, como si a una mujer desnuda la vistiéramos con un abrigo de piel».
…por supuesto que él no sabia que debajo de su vestido de lentejuelas no llevaba nada, pero ella se lo había olvidado, por la fiesta supongo, por la alegría, o sea que los dos eran inocentes, pero de una inocencia contrapuesta como pueden serlo un hombre y una muchacha y que perdieron después, mirando el descascarado radiador de la habitación de un hotel de mala muerte, el cieloraso, los ojos memoriosos e ignorando el silencio atroz…
Perdón por no especificar el autor, que lamentablemente no recuerdo. Pero la narración era más o menos como esa. Ahora que lo pienso, el cieloraso, para dar una idea de la decadencia existencial, tenía manchas con figuras angelicales que ambos miraban. Me acuerdo porque el autor, en sus dos cuentos que leí, presentaba a los personajes con esa disposición a olvidar hechos cotidianos. Un detective que se olvidaba de haber revisado su pistola y que por eso moría, esta chica con el olvido de la falta de su ropa interior, un millonario sin escrúpolos que se olvidada de cuánto era la cifra del soborno. Olvidos como los míos. Gracias por la lectura.