Nada debajo del vestido

Publicado por
Eyes Wide Shut (1999). Imagen: Warner Bros.

Estamos solos, pero a veces una frase proporciona compañía, o una certeza a la que agarrarse, o una esperanza, como la que albergan los villanos cuando se reencuentran con 007 y dicen continuamente «Volvemos a vernos, señor Bond», con el vano propósito de acabar al fin con él. La frase fetiche no siempre contiene épica, o una promesa de felicidad. A menudo llama poco la atención. Cesare Pavese, arrastrado por su desencanto, siempre recurría a una expresión incapaz de hazañas, en forma de manotazo: «¡Me importa un bledo!». También Azorín deslizaba en muchos de sus libros un «siempre es tarde» que pasaba desapercibido, aunque al final podía quedarte la sensación de que nunca llegará ese tren.

No es fácil dar con una frase así, en forma de guante, hecha a medida, que sirva para que el autor se ría por dentro. Por regla general no existe, o está debidamente escondida. Los autores incluso intentan no repetir nunca la misma, para no encariñarse. Les gusta permanecer a solas con sus millones de oraciones, sin recordar ninguna en concreto. Construir una frase fetiche que se emplee siguiendo una pauta para iluminar un momento oscuro, o proveer un sueño, parece algo tan sencillo que bien pudiera ser muy difícil. Hay en ella una especie de pistoletazo al aire. Cuando la escuchas, sabes que va a suceder algo, aunque ignores el qué. Frank Columbo, el teniente de homicidios de Los Ángeles que interpretaba Peter Falk, tejía desordenadamente sus investigaciones, mientras fumaba puros apestosos, vestía una vieja gabardina y se movía en un Peugeot 403 Grande Luxe Cabriolet destartalado. En general avanzaba sin grandes certezas, hasta que, a punto de dejar marchar al sospechoso, le decía: «Por cierto, una última pregunta…». Segundos después, esclarecía el crimen.

Una oración favorita simboliza el agujero de la cerradura por el que entra un angosto haz de luz, insignificante como una cerilla. Pero hasta una cerilla es mucho. Los personajes de Faulkner se pasan sus novelas prendiendo una en mitad de la oscuridad. La frase «encendió una cerilla» aparece en casi todas sus obras. Esa cerilla trasciende al cigarro o la pipa, y a su luz Faulkner describe el pequeño universo que alumbra, como en Sartoris, cuando señala: «Snopes encontró una cerilla en el bolsillo y la encendió protegiéndola con la palma de la mano; ayudado por su luz escogió una de las prendas, descubriendo además mientras la cerilla terminaba de consumirse un paquete de cartas en el fondo del cajón». Conviene ser cuidadoso con una frase fetiche, por pequeña y banal que resulte, pues en ocasiones encierra todas las demás.

Los autores escriben muchas veces sin una razón para hacerlo, y su frase favorita carece de cualquier intención o utilidad; es solo un juego. La literatura, como ya sostenía Roberto Bolaño, solo sirve para la literatura. En los años en que Juan Marsé y Juan García Hortelano escribían juntos guiones para Germán Lorente, el argumento era casi siempre la historia de un intelectual en crisis, en la Costa del Sol, que se hacia acompañar por un pianista. Marsé contaba que «el negro aparecía, en la parte descriptiva del guion, presentado con la misma frase: Chico Lionel al piano hacía más nostálgica la presencia de Scott Fitzgerald». No significaba nada. De hecho, confiesa Marsé a Josep María Cuenca que la frase «era una estupidez como una casa».

Hay que ser un lector atento para encontrar el párrafo amado de un escritor, pues en ocasiones coincide con su párrafo secreto. Me costó cuatro libros hallar la frase favorita de George Simenon. Cada vez que la descubría debajo de otras proposiciones más grandes sentía que la página me abanicaba. Suena así: «Llevaba un vestido y era evidente que no llevaba nada debajo». Vive en La viuda, La bailarina del Gai-Moulin, en Maigret en Nueva York y en muchas otras novelas. Búsquenla.

En algunos textos varía ligeramente, pero mantiene el espíritu. En Barrio negro, por ejemplo, se afirma que «una negrita, que no tendría quince años, se sentó bajo la galería, llevaba un vestido verde, nada debajo, tenía piernas flacas, la cintura flexible, y estaba hojeando una revista ilustrada». En Por si algo me ocurriera, la mujer «debajo del vestido no llevaba ropa interior, solamente la piel sobre la cual el tejido negro se deslizaba libremente». En El gato alguien «bebió vino tinto directamente de la botella y cuando bajó Nelly, que iba en zapatillas y casi no llevaba nada debajo del vestido negro, no se le ocurrió qué decirle». Lo mismo pasa en El efecto de la luna: «Llevaba de la mañana a la noche el mismo vestido de seda negra bajo el que ahora Timar sabía que estaba desnuda y ese detalle le turbaba hasta tal punto que, con frecuencia, se veía obligado a mirar hacia otra parte».

Las frases simples, sin accesorios, debajo de las que solo hay un sustantivo y un verbo desnudos, persiguen a uno horas, semanas, años, o toda la vida.

Si te ha gustado este artículo ¡Haz un donativo online!

Donar una cantidad personalizada

Información personal

Credit Card Info
This is a secure SSL encrypted payment.
Detalles de facturación

Total de la donación: 5,00€ One Time

4 comentarios

  1. Cao Wen Toh

    Berlanga y “El Imperio Austrohúngaro”.

  2. Alejandro

    A propósito de estos juegos literarios que sólo sirven a sí mismos, escribía Roberto Bolaño en Los detectives salvajes que al beber tequila en un vaso «lacado con el mezcal, el tequila se encuentra más a gusto, como si a una mujer desnuda la vistiéramos con un abrigo de piel».

  3. …por supuesto que él no sabia que debajo de su vestido de lentejuelas no llevaba nada, pero ella se lo había olvidado, por la fiesta supongo, por la alegría, o sea que los dos eran inocentes, pero de una inocencia contrapuesta como pueden serlo un hombre y una muchacha y que perdieron después, mirando el descascarado radiador de la habitación de un hotel de mala muerte, el cieloraso, los ojos memoriosos e ignorando el silencio atroz…

  4. Perdón por no especificar el autor, que lamentablemente no recuerdo. Pero la narración era más o menos como esa. Ahora que lo pienso, el cieloraso, para dar una idea de la decadencia existencial, tenía manchas con figuras angelicales que ambos miraban. Me acuerdo porque el autor, en sus dos cuentos que leí, presentaba a los personajes con esa disposición a olvidar hechos cotidianos. Un detective que se olvidaba de haber revisado su pistola y que por eso moría, esta chica con el olvido de la falta de su ropa interior, un millonario sin escrúpolos que se olvidada de cuánto era la cifra del soborno. Olvidos como los míos. Gracias por la lectura.

Comentar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

ACEPTAR

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

Aviso de cookies