Deportes

Leche, leche fresca

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Marc Madiot y Julián Gorospe, 1989. Fotografía: Cordon Press

El puerto de Sollube era la última dificultad que tenían que afrontar los corredores participantes en la Clásica de Bermeo. Las cunetas de la parte alta del puerto estaban atestadas de aficionados que esperaban, ansiosos, el paso de los ciclistas. Era una simple carrera amateur, pero allí no faltaba nadie con sus neveras repletas de bebidas y bocatas en un ambiente festivo, pasando el día y mirando las estribaciones del puerto por donde ascendía, retorciéndose, la carretera. Todos esperaban el gran duelo entre los dos ídolos del momento: Jokin Mujika, guipuzcoano de diecinueve años, y Julián Gorospe, vizcaíno de veintiuno.

El pelotón comenzaba a subir las primeras rampas del puerto y todos los ciclistas esperaban el ataque de los dos favoritos. Jokin decidió colocarse a rueda del «veterano» Gorospe, y este último resolvió no atacar mientras tuviera a su rival a rueda. Al rato, un corredor se atrevió a arrancar y se marchó hacia adelante y, tras él, otro, y otro, y otro, mientras Gorospe y Jokin continuaban vigilándose. Así ascendieron gran parte del puerto, perdiendo cada vez más tiempo con respecto al resto de corredores, y perdiendo todas sus opciones en la carrera. Hasta que decidieron retirarse, decepcionando a seguidores y al resto de aficionados, a los que privaron del esperado duelo.

Como decía, no eran profesionales; no se ganaban la vida con el ciclismo. Aun así, al día siguiente llenaron páginas de periódicos y protagonizaron encendidos debates en los programas deportivos de todas las emisoras de radio. Quizá fue un día especial, sí, pero cada semana los medios de comunicación del País Vasco daban cuenta de lo que habían hecho estos dos corredores —y otros— en la carrera del anterior fin de semana. La prensa no hacía este seguimiento porque quisiera promocionar el ciclismo, que también, lo hacía porque el público vasco demandaba y buscaba información sobre las gestas de los ciclistas.

Jokin Mujika, nacido en el pequeño pueblo de Itsasondo, en el Goierri, fue mi compañero de equipo en la categoría de aficionados, y pasamos juntos a profesionales. En el equipo también estaban Betegui, de Urretxu, Izuzkiza, de Gabiria, Etxezarreta, de Zaldibia, y Dorronsoro, de Bidania. Yo era el único de ciudad; alguno me llamaba, entre bromas, kaleume, que quiere decir algo así como urbanita, o niñato de ciudad. De hecho, en mi ciudad solo dos ciclistas han corrido y terminado el Tour de Francia: mi hermano Jordi y yo. No quiero decir con esto que el arraigo de la afición al ciclismo en el País Vasco provenga mayoritariamente del mundo rural; muchos grandes ciclistas vascos provienen de la ciudad de Bilbao o de Vitoria-Gasteiz, pero sí creo que la pasión por el ciclismo tiene que ver, y mucho, con los deportes rurales.

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Un comentario

  1. Me ha hecho reir de buena gana esa conclusión sobre el ajedrez y las piezas de cincuenta kilos. Y, como siempre, cada vez que se habla de ese pueblo no puedo no recordar con cariño y nostalgia a un personaje vasco de mis pagos. El vasco de la carretilla, famoso en sus tiempos por haber recorrido más de tres mil kilómetros, hasta la Patagonia, ida y vuelta con ese atrezo, siempre a pie. El motivo de tal hazaña no la recuerdo. Pudo haber sido una apuesta, y tal vez de ahí nace nuestro tópico de que todos los vascos son testarudos, obstinados. También ellos, con sus generosidades han hecho único y especial a mi pais que acogía «a todos los hombres de buena voluntad que quieran habitarlo», como reza nuestra constitución. Muchísimas gracias por la lectura.

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