
Ocurre en Estados Unidos. En Nueva York. Para ser más concretos, en el barrio del Bronx cuando aún era el Bronx. En una pequeña escuela y en una de sus concurridas clases. Los niños tienen ocho años y corre 1943, y el mundo es, por tanto, un teatro en blanco y negro.
La profesora señala a una niña y, delante de sus compañeros, exclama: «Esta niña va a ser escritora».
La niña se llama Vivian Gornick y, de vuelta a casa, se lo repite para sus adentros una y otra vez hasta que ella misma se lo cree. Por eso, cuando llega al modesto bloque de apartamentos en el que vivirá hasta los veintiún años —una casa donde Marx, el socialismo y la clase obrera internacional eran artículos de fe—, se lo comunica a su madre, que la mira con seriedad y la reprende: «Nunca olvides de dónde vienes».
Nunca olvides de dónde vienes
«De dónde vienes» es una expresión común. Es, en realidad, una advertencia que apunta hacia las raíces y el hogar. En el caso de la escritora Vivian Gornick son estas dos fuerzas —la promesa de ser escritora y la advertencia de no alejarse demasiado de las raíces— las que la convierten en escritora.
Del edificio donde vivía, ocupado por judíos a excepción de una familia irlandesa, una de rusos y el portero, que era polaco, recuerda sobre todo a las mujeres. Ellas fueron su primer contacto con la condición humana: mujeres fuertes pero sumidas en una permanente «espera de». Del marido. De la ocasión. De la oportunidad. De algo mejor. Vivian madura escuchándolas, descifrando conversaciones que roba en los rellanos o al sonido del agua que corre rápida en el lavadero.
Ahí, de sus propios vecinos, Vivian Gornick aprende una lección importante: la gente aparece y desaparece de los apartamentos. Se llevan las ropas, los muebles, los utensilios de cocina, el televisor. Y en las paredes quedan marcas, pero esas marcas se borran, se pintan. Después, llega otra gente con otras ropas y otros muebles. Todo parece —o es— pasajero, y ese hecho, la naturaleza circunstancial de la mayoría de los apegos, se convertirá en uno de los temas recurrentes de la obra de Gornick.
En su libro The Men in My Life —un conjunto de ensayos que supone un recorrido no por los hombres de su vida, sino por la obra de los escritores de su vida— Vivian recuerda cómo la literatura la fascinó desde que era una niña. Eran los personajes que habitaban en los libros los que lograban hablarle directamente al corazón. Sin embargo, en una casa en la que la devoción por Marx era incuestionable, la única realidad era el sistema. Este dilema, la política o la literatura, fue cobrando fuerza hasta convertirse en la cuestión fundamental: tenía que elegir y decantarse por una de los dos. Y entre el sistema y Ana Karenina, ganaba, y por goleada, Ana Karenina.
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Qué buena narración! Terminada la lectura tuve la impresión de que la autora conociera a esa escritora desde siempre, como si fuera su otra conciencia pero más crítica y no, como supongo, a partir de la lectura de su primer libro. La magia de la escritura. Y ese dibujo está perfecto. Gracias a todos.
Pingback: Nacimiento de Vivian Gornick - La Gata Negra de bigotes blancos
Me encantó la narración. Realmente ponemos al amor por encima de todo y al final cuando no nos da lo que esperamos, no nos ordena la vida, es una desilusión tan fea.
No conocía a la autora, así que ahora mismo me voy a leer su obra.