Vivian Gornick: cuando el amor no puede ser el centro, pero lo es

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Vivian Gornick, 2018. Fotografía: Cordon Press.

Ocurre en Estados Unidos. En Nueva York. Para ser más concretos, en el barrio del Bronx cuando aún era el Bronx. En una pequeña escuela y en una de sus concurridas clases. Los niños tienen ocho años y corre 1943, y el mundo es, por tanto, un teatro en blanco y negro.

La profesora señala a una niña y, delante de sus compañeros, exclama: «Esta niña va a ser escritora».

La niña se llama Vivian Gornick y, de vuelta a casa, se lo repite para sus adentros una y otra vez hasta que ella misma se lo cree. Por eso, cuando llega al modesto bloque de apartamentos en el que vivirá hasta los veintiún años —una casa donde Marx, el socialismo y la clase obrera internacional eran artículos de fe—, se lo comunica a su madre, que la mira con seriedad y la reprende: «Nunca olvides de dónde vienes».

Nunca olvides de dónde vienes

«De dónde vienes» es una expresión común. Es, en realidad, una advertencia que apunta hacia las raíces y el hogar. En el caso de la escritora Vivian Gornick son estas dos fuerzas —la promesa de ser escritora y la advertencia de no alejarse demasiado de las raíces— las que la convierten en escritora.

Del edificio donde vivía, ocupado por judíos a excepción de una familia irlandesa, una de rusos y el portero, que era polaco, recuerda sobre todo a las mujeres. Ellas fueron su primer contacto con la condición humana: mujeres fuertes pero sumidas en una permanente «espera de». Del marido. De la ocasión. De la oportunidad. De algo mejor. Vivian madura escuchándolas, descifrando conversaciones que roba en los rellanos o al sonido del agua que corre rápida en el lavadero.

Ahí, de sus propios vecinos, Vivian Gornick aprende una lección importante: la gente aparece y desaparece de los apartamentos. Se llevan las ropas, los muebles, los utensilios de cocina, el televisor. Y en las paredes quedan marcas, pero esas marcas se borran, se pintan. Después, llega otra gente con otras ropas y otros muebles. Todo parece —o es— pasajero, y ese hecho, la naturaleza circunstancial de la mayoría de los apegos, se convertirá en uno de los temas recurrentes de la obra de Gornick.

En su libro The Men in My Life —un conjunto de ensayos que supone un recorrido no por los hombres de su vida, sino por la obra de los escritores de su vida— Vivian recuerda cómo la literatura la fascinó desde que era una niña. Eran los personajes que habitaban en los libros los que lograban hablarle directamente al corazón. Sin embargo, en una casa en la que la devoción por Marx era incuestionable, la única realidad era el sistema. Este dilema, la política o la literatura, fue cobrando fuerza hasta convertirse en la cuestión fundamental: tenía que elegir y decantarse por una de los dos. Y entre el sistema y Ana Karenina, ganaba, y por goleada, Ana Karenina.

Al llegar a la universidad se abrió ante ella un universo inimaginable: el de la interioridad. Bajo su influencia, tanto la literatura como la política empezaron a perder su poder. No las abandonó, ni la política ni la literatura, pero ambas quedaron conectadas por el feminismo, que llegó a sus horizontes en 1970, instándola a que tomara partido. Gracias a él volvió a ese «de dónde vienes», a las vidas no vividas de las mujeres, a las historias de ese bloque de apartamentos del Bronx que, más que un drama psicológico, empezaron a parecerle un crimen histórico que solo podía resolverse a través de un movimiento por la justicia social.

La vida pasada. La vida vivida

A pesar de que es imposible leer a Vivian Gornick sin tener en cuenta su dimensión más política y feminista, su espacio sagrado lo conforma la interioridad, como demuestran sus dos libros de memorias, publicados en España estos últimos años, Apegos feroces y La mujer singular y la ciudad.

Apegos feroces, publicado en 1987 y reeditado en 2005, es un libro de memorias aparentemente centrado en la relación de Vivian con su madre, uno de sus grandes temas, al que se suman otros dos: la ciudad, en este caso la suya, Nueva York, y, sobre todo, el amor. A lo largo de las páginas de Apegos feroces una madre y una hija pasean por una ciudad que conocen y sus conversaciones giran invariablemente alrededor del ya mencionado «de dónde vienes», del pasado: «La relación con mi madre no es buena. (…) Nuestros mejores momentos son cuando hablamos del pasado», se lee. Porque el pasado compartido no solo es un elemento que une, sino un bálsamo contra los desacuerdos del presente. Y, además, ¿quién podría entender mejor eso que somos sin conocer lo que hemos sido?

Dicen los expertos que es en casa donde aprendemos a querer y a dejar que nos quieran, y en el vocabulario de la madre de Vivian Gornick no existía el amor como tal, solo el Amor, un sentimiento casi estético y anclado en lo espiritual que no admitía grados. Una vez, cuando Gornick tenía diez años, recuerda que escuchó a su madre hablar con una amiga que le recriminaba ser esclava de la idea de matrimonio que tenía. Cuando la amiga se marchó, Vivian quiso saber a qué se refería, a lo que su madre respondió: «Es una mujer subdesarrollada. No sabe nada de la vida».

De su madre heredó ese mandato divino que decía «búscate a un buen chico judío para casarte», y la búsqueda del amor se convirtió en motor principal de su vida. Pero ¿puede ser el amor el tema principal?

No. El amor no puede estar en el centro, de ninguna manera.

Resulta curioso que del padre de Vivian Gornick se hable solo una vez muerto. Es entonces, ya desaparecido, cuando su madre convierte la muerte de su marido en su sello de identidad. La viudedad le otorgó un estado de superioridad mártir desde el que fue aleccionando a su hija hasta el final de sus días.

El pasado compartido une. Pero aún hay algo que cohesiona más que el pasado: lo que no pudo ser, la idealización de lo que no existió.

—Toda una vida pasada —dice con voz queda. [La madre de Vivian Gornick]

—Exacto —digo sin énfasis—. No vivida. Solo pasada.

—Esto vas a escribir: “Desde el comienzo ya estaba todo perdido”.

—Podías haber tenido una vida —le dije—, te has pasado treinta años atrapada en la idea del amor.

Ilustración: Tau Diseño.

La idea de la ciudad

«Cuando un hombre se cansa de Londres, es que se ha cansado de la vida», decía Samuel Johnson. Y cabría decir lo mismo de Nueva York. En el relato «Mi ciudad perdida», de Francis Scott Fitzgerald, el protagonista sube a lo alto del Empire State y reconoce, cabizbajo, que su ciudad tiene límites. Cae en la cuenta de que Nueva York es una ciudad, no un universo, y toda la esplendorosa idea que se había construido en su cabeza se derrumba. La obra de Gornick aborda la gloria y poder de la ciudad como si fuera otro personaje y de ahí que sea parte del título de la segunda parte de sus memorias: La mujer singular y la ciudad, que se lee en realidad como una continuación de Apegos feroces.

El tema central vuelve a ser el mismo: los apegos, los difíciles vínculos que logramos establecer entre nosotros. De manera que, en sentido estricto, la ciudad no es un tema sino el escenario de todos los temas, de esas largas conversaciones con su madre, con su amigo Leonard o con ella misma.

Sigmund Freud llevó a cabo sus mayores descubrimientos investigando el inconsciente y su mayor hallazgo fue que desde el nacimiento y hasta la tumba estamos todos divididos. Las calles de Nueva York siguen a Vivian Gornick en sus paseos y la llevan siempre a un sitio en concreto y a una conclusión: todos estamos divididos porque tenemos cierta resistencia a estar bien. Al ser humano le aterroriza pensar que lo tiene todo solucionado, que ya no tiene nada de lo que curarse. ¿Y si estamos curados de todo y del todo y aún no somos felices? ¿A quién echarle la culpa, entonces?

El amor, de nuevo

En su ensayo The End of the Novel of Love, Gornick va adentrándose en la evolución del amor romántico en varias novelas. «Claro que sabíamos que el amor era el logro máximo. Lo sabíamos porque también habíamos estado leyendo Ana Karenina o Madame Bovary (…) Lo sabíamos porque habíamos vivido en una cultura en la que creíamos que el amor tenía poderes transformadores».

Al final de este ensayo, Vivian admite que, pese a todo, ella pertenece a una generación que creía a pies juntillas en la fábula de Aristófanes: «En algún lugar ahí fuera estaba nuestro otro yo, el único amor verdadero que sería capaz de dar sentido a nuestras vidas solitarias y a la deriva».

A ello se le suma lo otro, el pasado: «Hace cincuenta años, entrabas en un armario llamado “matrimonio”. En el armario había dos conjuntos de ropa, tan rígidos que se sostenían de pie. La mujer se ponía el vestido llamado “esposa” y el hombre, el traje llamado “marido”. Y eso era todo. Desaparecían dentro de la ropa. Nosotros, hoy, suspendemos. Nos quedamos aquí de pie, desnudos. Eso es todo».

Resumiendo: cuando los clichés de la literatura y del cine se unen al peso rígido de la tradición aparece esa desnudez fundamental que traslucen los paseos de Gornik por su ciudad.

Si la gran ilusión de nuestra cultura es que somos lo que confesamos ser, la obra de Gornick rezuma justamente eso: autenticidad. Y contradicción, que es justamente lo que la hace auténtica, sobre todo en lo que concierne al tema del amor. Porque el amor no puede estar en el centro, de ninguna manera.

Y sin embargo…

En sus ensayos, en sus memorias, en sus artículos: en todos ellos el amor está presente. Como lucha, como gracia. Como don, como imposición. El gran tema de Vivian Gornick no es la ciudad, ni su madre, ni los hombres. Es lo que hacemos con el amor, lo que hemos podido hacer para no convertirlo en el centro a pesar de seguir convencidos interiormente de que lo es.

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1 comentario

  1. Qué buena narración! Terminada la lectura tuve la impresión de que la autora conociera a esa escritora desde siempre, como si fuera su otra conciencia pero más crítica y no, como supongo, a partir de la lectura de su primer libro. La magia de la escritura. Y ese dibujo está perfecto. Gracias a todos.

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