El último baile Opinión

Guillermo Ortiz: La Champions League del Valencia

Siempre que un partido llega a la tanda de penaltis, las dos aficiones creen que su equipo mereció ganar antes. Es lógico: a lo largo de 120 minutos hay suficientes oportunidades, iniciativas, contraataques, decisiones arbitrales… como para reclamar el triunfo como propio. Los penaltis son un recurso que solo interesa al espectador neutral: para los participantes no es una ruleta, es una tortura.

Eso mismo pensaría Héctor Cúper en San Siro, final de la Champions League 2001. Para el técnico che era su tercera final europea: ya perdió una con el Mallorca, la Recopa, en 1999 y al año siguiente volvió a perder, ante el Real Madrid, una Champions League que muchos daban por ganada. Los tiempos del Piojo López y la defensa de cinco de Del Bosque. A la tercera tenía que ir la vencida: el equipo estaba más hecho, los veteranos se compenetraban perfectamente con los jóvenes, había calidad y esfuerzo en todas las posiciones… y el Bayern de Munich, su contrincante en Milán, llevaba décadas sin ganar una Copa de Europa.

De hecho, su última aparición en una final, dos años atrás, había acabado en tragedia: dos goles del Manchester United en el descuento le privaron de un título que ya se celebraba en la grada del Camp Nou.

Cara a esta segunda final consecutiva, Cúper puso sobre el campo su clásico 4-4-2 en rombo: Cañizares en la puerta; Angloma, Pellegrino, Ayala y Carboni como defensas; Mendieta, Kily González, Baraja y Aimar en la medular, y Juan Sánchez compartiendo delantera con John Carew, ese atípico noruego.

El comienzo no pudo ser mejor: a los dos minutos, Mendieta adelantaba al equipo desde los once metros y, aunque cuatro minutos después, el árbitro devolvía la jugada con otro penalti, esta vez en contra, Cañizares apareció para detener el lanzamiento de Mehmet Scholl y postularse como héroe de la noche. Quizás ese habría sido el momento para jugar con la moral alemana y buscar el segundo, pero el Bayern —terco, tudesco— empezó a hacerse con el control del juego, gracias al veterano Effenberg, un Scholl siempre dispuesto a dejar muestras de su clase y los peleones Salihamidzic y Hargreaves. En punta, Elber, a ver qué cazaba.

El agobio de los alemanes no daba motivos para pensar en el empate, pero tampoco había signos de que el Valencia se sintiera cómodo en el campo y eso mosqueaba hasta a Manolo el del Bombo. Al descanso, se mantenía el 1-0 y cada entrenador hizo los cambios previsibles: Ottmar Hitzfeld cambió a un defensa (Sagnol) y metió al tanque Jancker para aumentar el acoso. Cúper, reservón, quitó a Aimar y puso a Albelda para contener el medio campo alemán.

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6 comentarios

  1. Depor Tivista

    ¡Cómo me alegré de las dos champions perdidas del Violencia FC!

    Gracias por este artículo y gracias Kahn.

  2. Una pequeña errata: Zahovic era esloveno, no bosnio. De hecho, le marcó un gol a España en esa Eurocopa que Francia ganó con un ‘gol de oro’.

  3. Oooooh! Totalmente cierto, y mira que sabía lo del gol, pero no sé por qué mi mente se nubló en lo de bosnio, que quede constancia aquí de que era esloveno, alto y claro. Un saludo y gracias, Miguel!

  4. Para todos aquellos que deseen volver a deleitarse con las lágrimas del payaso de micolor:

    http://www.tudou.com/programs/view/89TCEDeGHBI/

  5. No habrá perdón, ni olvido ¿eh?
    La desolación deportivista …

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