
El 16 de octubre de 1946, contaba Joseph Malta que le escupieron en la cara y le gritaron «¡Heil Hitler!». Era Julius Streicher, editor del diario Der Stürmer, quien, mediante la difusión de estereotipos racistas, incluso en libros para niños que publicaba su editorial, fue uno de los principales responsables del antisemitismo en el III Reich que condujo al exterminio físico de los judíos. Uno de los temas favoritos de su periódico, por cierto, era la frecuencia con la que los judíos violaban a las mujeres alemanas. En el momento de escupir, a Streicher le iban a ahorcar.
Cuando se accionó el mecanismo, el hombre que había recibido sus babas, Malta, se colgó de sus pies tras una cortina de tela oscura colocada para evitar que los asistentes presenciaran los espasmos de los ejecutados. Sangre y mocos burbujearon por la boca del nazi, pero no se moría, entonces tiró con más fuerza, «como un sacristán de la cuerda de una campana», declaró años después al diario italiano La Repubblica, y por fin le rompió el cuello.
Malta tenía veintiocho años. Era un policía militar. Entrevistado en el LA Times en 1996, tres años antes de morir, insistió en que no se arrepentía de nada. «Fue un placer hacerlo», declaró, «lo volvería a hacer». Ahorcó a sesenta nazis, decía, pero pasó a la historia por esa tarde en la que se ejecutó en el gimnasio de la prisión Landsberg de Núremberg al Top-10 de responsables del nacionalsocialismo que habían caído en manos de los aliados. Tanto en la entrevista con el periódico italiano como en el estadounidense mostró al periodista una réplica en miniatura de la horca de los juicios de Núremberg. Se había presentado voluntario para las ejecuciones, pero fue el asistente.
El primer verdugo era John Clarence Woods, natural de Kansas. Según el coronel French MacLean, citado en OZY Magazine, cuando Woods desembarcó en Normandía y se encontró ese baño de sangre en la playa, se quedó sumamente impactado. Tanto como para que, cuando el ejército solicitase un verdugo, se ofreciera y dijese que él ya lo había sido en Oklahoma y Texas. Estaba mintiendo, pero nadie pudo hacer las comprobaciones pertinentes. Se le ascendió en un día a sargento mayor y se le puso a ahorcar compatriotas acusados de violación a mujeres francesas o asesinato y a alemanes que habían matado a golpes a pilotos aliados derribados.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Una vez que los nazis fueron derrotados y en vista de las barbaridades de los campos de concentración, bastante «amables* fueron los aliados con todos los responsables de semejantes barbaridades. Había tantos miles de implicados que quizás por practicidad, se ahorraron miles de ejecuciones. Solo las SS había cerca o más de un millón de miembros, lo que nos da una idea del fanatismo al que llegó un porcentaje alto de la población alemana entre 1933 – 1945. He puesto 1933, por ser el año en que Hitler subió al poder, pero seguramente antes ya tenia un buen número de fanáticos seguidores.
«Más adelante, explicó que la muerte del verdugo en el Pacífico se debió, teóricamente, a que tocó un cable en los trabajos que realizaba como carpintero, pero que está convencido de que se lo cargaron exnazis.»
¿Seguro que eran ex-nazis?
En mayor o meno medida, barbarie vergonzosa de ambos verdugos.
El que está en la primera foto con Keitel me parece que es Jodl, no Kaltenbrunner.
El que no hubiese formado parte de aquella empresa criminal, tal vez hubiera muerto en otras circunstancias no tan horrorosas.
Otro gran artículo del amigo Álvaro.
@Keimplatz
Pingback: Klaus Junge, el ajedrecista de los nazis