
Es una palabra tan fácil de pronunciar en cualquier lengua, que casi no necesita vocales. Tequila, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. La lengua emprende un viaje de tres pasos —punta tacón punta— por el borde de los dientes, el velo del paladar y el borde del paladar. Te. Qui. La. No hay casa mexicana sin destilado de agave, y menos de día. Porque hay bebidas que son de luz, y el tequila es una de ellas. El tequila sienta mal de noche. Pero llegar a ese conocimiento lleva años y muchos errores. El primero se dio en la juventud, en aquellos garitos que en la España de los noventa enredaban a los adolescentes con chupitos. Cien pesetas, el vasito bajo de boca rechoncha, y en él cualquier mezcla estrafalaria de licores, colores y sabores. La forma más barata de emborracharse. La tanda (cuatro, cinco) tenía que empezar por lo cristalino: tequila. Bueno, así llamaban a esa agua de cuarenta grados cuyo recuerdo subía al día siguiente, áspero, por el esófago. ¡Qué sabían del cien por ciento agave, ni del agave mismo (o maguey, cactácea de pétalos puntiagudos abiertos al aire), y mucho menos del agave azul, la variedad de donde sale (tequilana Weber variedad azul, que no es azul, sino verde-jade)! Y ese ritual que decían era el adecuado para tomarlo: lamer la sal del dorso de la mano, echarse el vaso de un sorbo, chupar un limón amarillo. Tonterías. El tequila ha de tomarse solo («derecho», se dice en México), todo lo más con su sangrita al lado (un jugo a base de tomate, lima, naranja, cebolla y chiles) y si no se es suficientemente valiente, con un chorrito, sí, de limón verde. El vaso adecuado: el caballito (pequeño, estrecho y redondo). Suelen decir las instrucciones viajeras que tomarlo de un trago es un error, que hay que olerlo y degustarlo y bla. Ignoran que se trata de una bebida de salida y no de entrada, que el trago firme volverá al momento con todo su aroma, que no hay que tratarlo como a una damisela sino domarlo como a un animal salvaje.
Antes de que descubra que no hay más religión que un buen tequila blanco, intentarán iniciar al neófito con el tequila reposado (madurado en barrica al menos dos meses). «Es más suave», dirán. Qué tal aquella borrachera de tequila reposado en Guadalajara. De noche, claro. Una botella entre cinco viendo un partido de los Pumas contra el Pachuca (decano del fútbol mexicano, por las minas inglesas del lugar, como pasó en España con el Recre, ¡cómo gustan estos datos!). Y no es que el tequila fuera malo, pues esto sucedía en sus tierras originarias (una región de Jalisco da el nombre a la bebida) y el orgullo tapatío impide ofrecer mal tequila. Se bebió demasiado. «Oiga, joven, nuestras señoritas toman como caballeros, ¿pueden pagar como tales?», preguntó el líder de aquella expedición al mesero del table dance donde se liquidó la velada. (En los table dance las bebidas de las mujeres son el triple de caras porque suelen ser las esforzadas trabajadoras del local y los que pagan, hombres, son los clientes.)
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Buenísimo artículo para borrachuzos.
Formando parte del género que desde siempre sobresalió por el consumo de bebidas fermentadas sin llegar al extremo de tal divertido adjetivo, (borrachines para nosotros), agradezco al autor por la divulgación de los pormenores para conseguir esa bebida tradicional con la cual identificamos a los mexicanos. Buena lectura.
Me encantó. Para el acervo cultural, el operario que mencionas se conoce como jimador.
Ya te sigo en Twitter y me dispongo a leer el resto de tus artículos.
Saludos desde México.