Nuestra vida es random, pero no por azar, sino por diseño. Al vivir unidos a la tecnología hemos dejado que los RNG se hayan erigido en directores de nuestra vida. Las siglas del Random Numer Generator, generador de números aleatorios, determinan muchas de las acciones que emprendemos a lo largo del día. Como ordenar una transferencia o realizar una compra por internet. Y aunque se habla de ellos sobre todo por su empleo en videojuegos y casinos online, esta manera tan cotidiana de relacionarnos con la realidad tiene un origen mucho más antiguo, y analógico.
Cuando un augur, un adivino romano, abría en canal un animal para observar su hígado, y establecer la suerte que esperaba a un gobierno, a un general o a la ciudad, estaba generando un conjunto de probabilidades aleatorias que podría haberse expresado numéricamente. En su versión más sencilla la víscera estaba sana o enferma, por tanto 0 o 1, y eso decidía la fecha de emprender una guerra, la aprobación de una ley o la realización de obras públicas. Pero es que además el hígado estaba dividido en partes y cada una de ellas podía presentar variados aspectos, a fin de hacer la respuesta mucho más compleja que un sí o un no. Se creaban generaciones de ceros y unos por un algoritmos que en aquel entonces no era sino la posibilidad de que el animal estuviera sano o enfermo, y por tanto todo quedaba en manos del azar. Supuestamente. En realidad los adivinos, que además de sacerdotes eran políticos y representaban a importantes instituciones financieras —los templos actuaban como bancos— trataban de que los dioses fallaran a su favor. Para ello elegían animales cuyos signos externos —solo visibles para ellos— evidenciaban enfermedades, o los alimentaban la noche previa al sacrificio con ciertas plantas y hongos, o brebajes. En palabras actuales, hackeaban el RNG para obtener un beneficio a su favor.
Y es que la aleatoriedad random es tan antigua en nuestras sociedades como antiguos los intentos de trucarla. Aunque no es necesario remontarse tanto para encontrar a un grupo que fue capaz de encontrar el patrón que generaba los números aleatorios para hacerse rico. La familia de los Pelayos se hizo millonaria jugando a la ruleta, un sistema bastante básico y analógico de generación de RNG, ya que su bola cae aleatoriamente en unos casilleros con números a lo largo de las jugadas, y su resultado no es predecible. Al menos en teoría. Ellos encontraron un patrón que se repetía de forma única e individual en cada ruleta, y que podían definir si pasaban el tiempo suficiente en la mesa estudiando los resultados. La mayoría de las ruletas fabricadas en aquellos años noventa tenían unas zonas valle donde la bola tendía a caer de forma más habitual. Los Pelayos anotaban las cifras, las trasladaban a un ordenador para tratarlas, y obtenían una predicción estadística. O como la definía García-Pelayo, descubrían los límites de la suerte. Lo cuentan con un ejemplo en su libro de memorias, explicando que en los casinos de Madrid hallaron que el 1 y sus dos vecinos, el 20 y el 30, salían tanto como el 4 y los dos números que lo rodeaban, el 19 y el 21. Aquella ruleta tenía por tanto dos valles, y con el cálculo de probabilidad era posible saber cada cuántas tiradas la bola caería en esos números. Al saber cómo se comportaba el RNG de cada aparato lograron ganar doscientos millones de pesetas —alrededor de un millón doscientos mil euros— jugando en casinos de todo el mundo: Europa, América y Australia.
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