
7 de enero de 2001. Acuciado por las deudas, Homer J. Simpson aceptaba participar en un conjunto de ensayos clínicos que, por pura serendipia, lo llevaban a descubrir que la causa de su estupidez supina era un lápiz de cera incrustado en el lóbulo frontal de su cerebro. De golpe, todo cobraba sentido. Tras extraérselo, y ante la sorpresa de propios y extraños, nuestro antihéroe se convertía en una persona educada, calmada y extremadamente culta, pero la infelicidad asociada a no ser un completo ignorante lo llevó a pedirle a Moe que devolviera el lápiz a su sitio y, con ese sencillo gesto, a Homer a su estado natural. Volvía a ser imbécil y nosotros suspirábamos tranquilos.
Supongo que este sería el momento de decir aquello de «no prueben esto en casa», porque nos faltaría papel para listar todos los errores médicos en que incurrían Matt Groening y compañía en esa historia. Sin embargo, el trasfondo de este capítulo premiado bien podría acompañar al testimonio real de cualquier persona que haya sufrido un traumatismo o afectación en el cerebro y que, como consecuencia, haya vuelto del hospital siendo alguien distinto. En algunas ocasiones, un accidente o la aparición de un tumor han cambiado por completo la personalidad de sus protagonistas. Incluso los han convertido en genios de la música o las matemáticas. Visto así, ¿quién no querría llevarse un buen trastazo que le permitiera tocar la Quinta sinfonía de Beethoven sin haber recibido ni una clase de solfeo?
Decir que el sustrato biológico de nuestro cerebro y las conexiones entre las neuronas configuran en última instancia lo que llamamos mente —y las funciones cerebrales superiores como la conciencia, la memoria, la personalidad o el yo— tal vez suene obvio, pero nada más lejos de la realidad. La complejidad del problema mente-cerebro es tal que, aunque lleva siglos entre nosotros desde que aparecieran sus concepciones más rudimentarias, en la actualidad aún tiene a psicólogos, neurocientíficos y filósofos de la mente andando a la greña con la mejor respuesta a esta disyuntiva. Dualismo interaccionista, epifenomenalismo, materialismo emergentista… Se diría que los pensadores de este ámbito están abocados a enrocarse en la misma indiscernibilidad que la física cuántica lleva colgada como un sambenito y que Feynman describió con tanta picardía diciendo aquello de que «si crees que entiendes la mecánica cuántica, es que no entiendes la mecánica cuántica». Pero poco a poco se va avanzando en la resolución del misterio. Tenemos miles de millones de cerebros a lo largo y ancho de nuestro mundo que podemos observar y tratar de comprender. Y si la pregunta concreta es dónde se encuentra la personalidad en el cerebro, la respuesta la podemos ir construyendo, como un puzle, a base de las piezas que vamos obteniendo de casos clínicos que nos demuestran que sí, que la personalidad —o la inteligencia, o el lenguaje— tienen distintos centros distribuidos a lo largo de la morfología de nuestros prodigiosos sesos. Y que alterarlos afecta nuestra esencia. Vaya si lo hace.
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Interesantísimo. Gracias.
Excelente. Para los que se hayan quedado con ganas de leer más sobre el tema, los libros del neurólogo Oliver Sacks son fascinantes, y con un anecdotario de primera mano amplísimo. A ver quien no se engancha con un libro que se llama “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”
Decir que el sustrato biológico de nuestro cerebro y las conexiones entre las neuronas configuran en última instancia lo que llamamos mente, es la conclusión inevitable, en una época, la nuestra, que el positivismo (y sus creaciones: ciencia y tecnología) se adueñó de la vida intelectual, espiritual y práctica. Tanto en el mainstream científico como en la opinión pública esto, hoy, constituye un dogma, perdón un hecho incuestionable. Los pocos filósofos que aún se enfrentan a la neurociencia se ven obligados a realizar malabarismos intelectuales para dar salida al cul-de-sac: ¿qué es primero la mente (personalidad, consciencia, espíritu, alma, etc.) o el cerebro?: dualismo interaccionista, epifenomenalismo, materialismo emergentista, etc.
Dices que en otra galaxia quizás tengan los medios para mapear minuciosamente el cerebro y para controlarlo, aunque también podría ser que en otra galaxia hubieran descubierto la verdad opuesta, que el cerebro es el hotel, pero que el ocupante , pertenece a otra dimensión no orgánica. Quién sabe. Además de las experiencia inquietantes que mencionas, todas ella del campo de la traumatología, existen otras que ahondan en el misterio, muchas otras, aunque no tan conocidas y mucho menos aceptadas porque ya sabemos que cada época defiende contra viento y marea los dogmas que la constituyen. Dentro de estas otras experiencias están las de los trastornos de personalidad múltiple, los testimonios de una consciencia extracorpórea vividas por pacientes anestesiados, en intervenciones quirúrgicas, que observaban su propio cuerpo y la sala de operaciones, etc., etc.
Un excelente artículo de divulgacion que a mi compañero de viaje hace reflexionar.
Reconocerlo llevó años de odio,
de amor, de ser un ser social,
de culpa o divergencias por el
gusto estético o gastronómico
que no tenían un sentido lógico,
y de a poco supe lo que anhelaba:
durar, ser joven, estar cómodo y,
sobre todo, que nadie objetara
su predominio que al principio
compartía y que por razones que
desconozco ahora solo a mí causan
risa. El se encierra en su mutismo
visual y solo estamos en paz
cuando nos quedamos en silencio.
Y es ahí en donde es un gran tipo,
capaz hasta de componer horribles
poesías o torpe elección de colores,
pero lo intenta, y eso me basta
porque soy su único amigo.
El que envejece soy yo, a él solo le
pasan los años, vive en eterno fervor,
se enarbola con palabras y hechos
y habla con lenguaje simbólico hasta
cuando duermo, y esto es un síntoma
de que le teme a la muerte porque
dormir es estar medio muerto y él
quiere estar siempre despierto.
De esto hablamos poco, no más de lo
necesario, como para dejar en un
mínimo orden posible lo que hallamos
cuando nos vayamos esperando,
por coherencia, siempre ser dos.
¿En qué quedamos con la barra? ¿se le quedó incrustada o se fue a 22 m.?
«Somos esclavos de nuestra biología». Sean cuales sean las respuestas a las preguntas que siguen.