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Manuel Fernández Álvarez: el hombre gris y la tentación de la nueva Rusia

Manuel Fernández Álvarez

El suyo no era precisamente uno de esos nombres que ayudan a pasar a la historia. Ella, tan dada a la onomástica de originalidad campanuda o de rimbombancia mayestática, es inclemente a ese respecto y no va a perder el tiempo en registrar la biografía de un tal Manuel Fernández Álvarez. Sí, ese era el nombre —tan corriente y moliente, tan insignificante, si se quiere— que constaba en su partida de bautismo y que, tal vez, se habría acomodado bien a la biografía que le había tocado encarnar. Nacido en Oviedo en 1897, era hijo de un maestro de instrucción primaria; él mismo estudió Magisterio y llegó a ejercer la profesión, aunque por muy poco tiempo. Dispuesto a burlar el designio que le imponían su nombre y sus circunstancias, con apenas veinte años se marcha a París, donde trabaja como taxista al mismo tiempo que cursa estudios de Ingeniería Eléctrica en la École Technique de Cinématographie e ingresa en la Intersyndicale Ouvrière de Langue Espagnole en France, una organización de anarquistas españoles que funcionaba en la práctica como una sección de la CNT. Algunas versiones adornan esta época con una nota de color: en aquellos días se habría convertido en un consumado maestro del arte de birlar las carteras a los boulevardiers. Podemos dar crédito o no a la leyenda golfa, el caso es que no le hace ninguna falta a su peripecia, que, en la primavera de 1920, está a punto de tomar un insospechado derrotero. 

En aquella fecha, un buque aguarda en el puerto de Marsella para zarpar con destino a Odesa. Llevará de vuelta a casa a un contingente de soldados rusos que los alemanes habían hecho prisioneros durante la reciente guerra, la Gran Guerra. Un instante antes de levantar anclas, «un hombrecillo diminuto, gris» se acerca al capitán. 

—Ha embarcado usted a trescientos rusos y no lleva intérprete. ¿Cómo se va a arreglar para entenderse con el pasaje?

—No había pensado en ello —contestó el capitán—. Pero tiene usted razón. Sin embargo, no hay modo de buscar intérprete; zarpamos dentro de unos minutos.

—Yo me presto a serlo sin remuneración alguna: por el viaje y la comida.

No es que el hombrecillo gris fuera un experto en ruso; pero era, bajo aquellas vulgares apariencias, un aventurero de lo desconocido que sentía la tentación de la nueva Rusia.

Así reconstruyó la escena años después el periodista Fabián Hernández, seguramente a partir del testimonio de aquel osado aventurero de lo desconocido que no era otro que Manuel Fernández Álvarez. Había llegado a Francia «asfixiado dentro de los moldes vilipendiosos de la tiranía borbónica» y ahora embarcaba rumbo al país de los sóviets, atraído por la promesa comunista. Para aquel paseo por la historia, Manuel creyó necesario agenciarse otro nombre y eligió uno de inspiración rusófila: Iván. Los diez días de travesía sirvieron al capitán para descubrir que las cuatro palabras de ruso que sabía el supuesto intérprete no le servían para lidiar con el levantisco pasaje y a este para descubrir en la cala del barco un cargamento de armas y munición que iba a entrar de matute en el país para pertrechar a las fuerzas del Ejército Blanco comandadas por Piotr Wrangel. Los repatriados e Iván, que han interceptado el flete, son recibidos como héroes al llegar a Odesa. En ese momento de entusiasmo colectivo, Iván se alista como voluntario en el Ejército Rojo. 

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Un comentario

  1. ¡Que buen texto, señor! Una divulgación que obliga a saber más de esa parábola humana. Todas las revoluciones fracasan porque no saben escuchar o reflexionar sobre las críticas. Gracias por la lectura.

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