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Honestamente, mis once libros de 2020

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Foto: Denis Defreyne.

Julian Barnes publicó su primera novela en 1980, Metroland. Y como todo escritor novel, nervioso y expectante, envió copias a amigos y conocidos. Entre los que recibieron un ejemplar del libro estaban los que habían sido sus colegas en New Statesman, con los que solía comer los viernes. Eran James Fenton, Martin Amis, Ian McEwan, Clive James y Christopher Hitchens. En las semanas siguientes todos tuvieron palabras de ánimo, aliento y hasta alguna felicitación para Barnes. Todos salvo uno. En una comida a solas con el amigo mudo Barnes se aventuró: «Hitch, ¿leíste mi novela?». Y Hitch le miró, hizo una pausa, guardó un segundo de silencio —uno de esos golpes de teatro que décadas después le harían célebre— y solo cuando el autor de Metroland tenía ya el corazón en un puño respondió: «¿Leí tu novela? Dame una pista. ¿Va sobre dos niños que están juntos en la escuela, algo así?». Después divagó sobre el libro guardándose de deslizar un solo elogio. Fue cruel y despiadado, también fue brutalmente honesto. Esa es la palabra que mejor define a Hitch: honestidad. Y uno solo puede ser honesto intelectualmente empezando por sí mismo y siguiendo por sus mejores amigos. Siempre de frente, sin ambages, sin dobles discursos, mirando a los ojos. Hitch nunca tuvo miedo a incomodar, podía equivocarse, pero no buscaba subterfugios, no construía falsas arcadias ni se escondía tras frases de guionistas estadounidenses. Hitch blandía la espada de la verdad.

Este 2020 tan triste, en el que miles de personas han muerto, en el que hemos pasado la mayor parte del tiempo encerrados, este año del ministerio de la verdad y de la posverdad de los afectos he regresado una y otra vez a Hitchens. He vuelto a reír imaginándolo como abogado del diablo en el proceso de beatificación de la madre Teresa. Me he emocionado releyendo su hermoso libro sobre Thomas Paine. He buscado sus vídeos en YouTube. Capaz de defender la ciencia frente a la fe glosando la belleza de un agujero negro. No sé cuántas veces le he escuchado recitar con un nudo en la garganta el Dulce et Decorum est de memoria. Sé que se emocionaba porque los versos de Wilfred Owen están llenos de verdad, de la verdad de un hombre que murió en las trincheras de la I Guerra Mundial.

(…)

Obscene as cancer, bitter as the cud

Of vile, incurable sores on innocent tongues,—

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