Arte y Letras Literatura

Menos que cero

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Detalle de portada de Cuentos del bar de la medianoche. (Editorial West Indies)

Llamadme Ismael.

Lo jodido es que es verdad. Mi nombre, digo. Ismael, qué cosas. El viejo, que era fan de Moby Dick. Al menos del principio, vaya, nunca debió pasar de la página diez. Pero bueno, le gustaba el ambientillo. Yo estuve embarcado cuando era un chaval, me decía a veces, casi en susurros, y a mí se me abrían las orejas anhelando historias y los ojos imaginándolas, y mi padre navegaba por mares furiosos a punto de zozobrar, se enfrentaba a piratas sanguinarios (con loro y todo, los niños son así), lanzaba un arpón certero, brazo de Hércules, hasta domeñar leviatanes inmensos. La fantasía se me jodió apenas cumplidos los doce años, un día que fuimos a ver al abuelo. Nosotros no íbamos demasiado a ver al abuelo, porque mi madre decía que era un vejestorio que chocheaba en mitad del monte y mi padre tenía aun peor consideración de él. Viejas rencillas, supongo. Pero eso es nada para un chavaluco, y aquella tarde intenté aprovechar la intimidad para que aquel anciano de mejillas rasposas me contase las fabulosas aventuras que la sangre de mi sangre había vivido en los océanos. Entonces él hizo lo peor que se puede hacer en tales situaciones: echarse a reír. Marinero, y se carcajeaba, marinero, no me jodas, marinero. Se subiría dos veces a un barco durante la mili, pero nada más. No dejes que te engañen, chaval, tú no. Aquello escoció mucho, no nos vamos a engañar. Cuando tres o cuatro veranos más tarde coincidimos durante unas vacaciones en Benidorm con Ismael, un antiguo amigo de mamá (mi padre ni siquiera intentaba ocultar su antipatía), las tripas me rugieron fuertemente y se me puso una bola aquí, donde nacen las cosas de no dormir. Al menos el tipo era guapo, creo que pensé…

Así que eso… podéis llamarme Ismael. Total, ya nadie lo hace.

No.

Ahora soy «Cero».

Es desagradable, pero qué le vamos a hacer. La gente se empeña en ponerte el motecito y ya no te lo apeas. Por mucho que murmures, por mucho que arrugues el morro cuando lo escuchas. Nada. Es tan cómodo… Me lo asignó un periodista, al principio de todo. Era alto, pelo largo, gordo como una morsa, el muy cabrón. No importa. «Ismael es el Cero», tituló con la misma imaginación que exhibe la masa madre (casera). Ninguna. ¿Ustedes no hacen pan? Yo sí, empecé cuando aquello, todos nos lanzamos al tema, y a mí me acabó gustando su sabor. Pero me desvío. Cero, decía. Algunos se quejaron, porque, a su parecer, era como cosificarme. Así que hubo editoriales, comentarios en televisión, hasta petición oficial de un partido político afín a la extrema derecha, que clamaba por la imposibilidad de que un buen español sea «cero» en nada, y hablaba de cierto contubernio, la invasión de homosexuales y la necesidad de que la mujer sea «muy mujer». Más o menos. Lo peor es que cada uno que salía a defenderme lo hacía llamándome por el apodo (salvo un chico muy majo que se refería a mí, voz profunda y gesto contrito, como «ciudadano Ismael») así que la cosa cogió vuelo y pronto hasta mis padres me llamaban «Cero». Al menos las dos o tres veces que me vieron, porque luego… en fin. No los culpo, ¿eh?, no es eso. Yo era… no, yo soy «Cero». ¿Qué podría esperar?

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3 comentarios

  1. Sí, por favor. Cuenta, cuenta.

  2. ¡Pues claro, continúa! En tanto, elucubro algunas teorias para entender este rompecabezas, dejando de lado, por supuesto, que Alfa-Cero tiene toda la pinta del nombre en código de una brigada yanqui en misión secreta, aunque, ahora que lo pienso y descartando la geopolítica, tal vez tenga que esperarme un final ontológico, con una Evalfa (y si es la Bellucci, ¡mama mía!)y un Cero con escamas nonodigital. Muy buenta lectura.
    Cuando supe que en el reparto
    me tocaba hacer de Adán,
    estuve largo rato detras de las
    bambalinas observando a ella,
    la Eva, que a su vez miraba el
    vacio teatro sin saber a quién recitar.
    Inútil crueldad, lo admito, mi primer
    pecado capital, pero confieso que me
    hubiera quedado ahí, para siempre,
    pues no tenía ni idea de la belleza
    acostumbrado a la oscuridad.
    Bellezas, de mujer y manzana primigenia.
    El tiempo pasaba y era necesario
    salir a escena.

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