
En esa fantasía de género para adolescentes (y no tan adolescentes) que es Buscando a Alaska, novela de la que se acaba de estrenar en España una versión en formato de miniserie televisiva, el protagonista parece tener un único aliciente en su vida: memorizar las últimas palabras de grandes de la historia, sobre todo de la política. Por la serie circulan los mensajes postreros de Roosevelt, Jefferson, y otras grandes figuras de la memoria estadounidense.
Recordar el libro de John Green me trajo a la cabeza un encuentro hace más de veinte años en el que uno de esos escritores geniales en el papel pero difíciles en el trato (casi todos, para qué nos vamos a engañar) me confesaba sentir una curiosidad irrefrenable por conocer las últimas palabras de los escritores a quienes admiraba. Como además era un individuo sobrepasado por sus adicciones —que me temo arrastra hasta el día de hoy—, supongo que en cada ejemplo que encontraba jugaba a formular su propio mensaje previo al último instante. Quiero suponer que su ego le decía que, si como escritor había intentado siempre estar a la altura de sus ídolos, no podía desmerecer en esas últimas palabras que circularían entre los coleccionistas de últimos mensajes.
Hay que dar por supuesto que muchas de las expresiones últimas que nos han llegado son leyendas añadidas al escritor en cuestión. No me importa. Parafraseando esa broma que suele aplicarse al periodismo, nunca dejes que la historia te estropee una buena leyenda. Lo más curioso de estas últimas palabras de escritores es que muchas de ellas están construidas en la sintaxis y estilo que normalmente se le atribuyen al autor, como si constituyeran una obra más de su legado. La más breve y urgente. Quizá la más verdadera de cuantas han escrito.
Jane Austen, en su lecho de muerte, confesó no desear nada más que la expiración, cuando su hermana Cassandra —atentos al nombre de la chica y su significado cultural— le preguntó si necesitaba algo. En sus últimos instantes, con voz casi ininteligible, también pidió a Dios que le diera paciencia, algo insólito en un moribundo. ¿Para qué necesita paciencia quien muere? Como en sus escritos, en las últimas palabras Jane Austen ofreció una dosis de lo convencional y otra de lo peculiar. Abrazar la muerte cuando parece irremediable, y pedir paciencia sin que sepamos para qué. Sus personajes siempre tuvieron ese lado predecible que de pronto hacía algo sorprendente. Días después de la muerte de su hermana, Cassandra Austen escribió a un familiar, ofreciendo detalles de los últimos momentos de la escritora, que parecen extractados de una novela gótica: «Pude cerrar sus ojos yo misma, y fue una gran gratificación para mí prestarle esos últimos servicios. No había nada en su mirada que ofreciera la idea de dolor; al contrario, si uno obviaba los movimientos de la cabeza, parecía una bella estatua, e incluso ahora, en su ataúd, mantiene un aire tan dulce y sereno sobre su rostro que es muy agradable de contemplar».
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La frase de Shaw, uno de mis favoritos, me hizo reír. Que calidad Sr. Bernard para hacer reír con su último aliento
Yo, que soy muy Joyceano, cuando me toque partir hacia el Elíseo, diré «No, nadie lo entenderá».
No debería faltar aquí Gertrude Stein. «¿Cuál es la respuesta?», le preguntó en su lecho de muerte a su compañera. Y como Alice callaba, dijo: «Entonces, ¿cuál es la pregunta?».
La pregunta está muy clara, Frabetti: la pronunció Leonard Bernstein unos segundos antes de espichar: What’s this?
Mi vecina Maruja, antes de expirar dijo: «He decidido no volver a preocuparme por el peso…»
Creo que falta uno de los mejores, Clark Gable: «Vuelvo al cine mudo».
Desopilante! Gracias. Me viene a la memoria los lamentos de la madre de JLBorges, que se avergonzaba por tener tanta gente a su alrededor preocupados por una anciana que estaba muriendo. Y de personajes, si se me permite, aquel de Mercutio, amigo de Hamlet quien le decía que su herida mortal no era nada: Pregunta por mí mañana, dijo el otro. Yo le encarecería a mis deudos de transmitirle a los otrora casi cotidianos Testigos de Jehová, con los cuales tenia interminables charlas respecto a la vida eterna, que me he ido por un tiempo no sé si largo o corto en búsqueda de información.