
A ninguna le salió bien. Ni a Calipso en Ogigia ni a Maléfica en los Páramos ni a Wanda Maximoff en Westview. A las brujas de los cuentos siempre les pasa lo mismo: que se montan un pedacito de cielo en la Tierra y le ponen murallas alrededor, pero se dejan abierta una puerta y el novio se les acaba escapando por ella. Es una historia muy vieja.
Que se lo digan a los otros inquilinos que suelen tener estos jardines fortificados, a las criaturas narrativas que tienen la mala fortuna de vivir allí además del galán y la hechicera. Que se lo digan a los de Úrsula, la bruja de La sirenita, convertidos todos en algas en las inmediaciones de su cueva. Que se lo digan a los que tenía la Bruja Blanca de Las crónicas de Narnia petrificados en su castillo. Que se lo digan a los cerdos de Circe en la isla de Eea. El locus amoenus de una bruja suele tener víctimas colaterales y para ellas el locus casi nunca resulta amoenus. Ellos son Dottie, Beverly y todos los otros vecinos de Westview, los que le dan ajetreo y color a este pequeño tártaro suburbano con su vete y ven frenético y sus quehaceres de gente bien. Como diría Víctor Jara: todas las gentes de las casitas que se sonríen y se visitan. No son cerdos ni son estatuas, lo suyo es mucho peor: son sims atolondrados. Westview es un infierno pedorro, uno de los peores infiernos metafóricos que existen.
Ya lo sé, ya lo sé: WandaVision es una serie autoconsciente y metaficcional y las Normas Sagradas de la Cultura dicen que, entonces, debemos poner eso en primer lugar. Esto es así desde los tiempos de Lyotard, maldita sea su estampa. Y WandaVision, encima, no es simplemente metaficcional; es una auténtica catedral de la metaficción, porque la cosa no merece otro apelativo. Menudo zigurat, hija de mi vida. Menudo árbol de Navidad. Qué crossovers, qué Easter eggs, qué manera de venirse abajo las cuartas paredes. Eso es algo divertido, no le digo yo que no, y constituye una sanísima novedad en el universo cinematográfico de Marvel, que es igual de experimental que un convento carmelita. Pero es que los hay por ahí ahora mismo dándose sartenazos en la cabeza, como hacían los Looney Tunes cuando algo les entusiasmaba, y a nosotros nos parece que la cosa tampoco es para tanto.
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Penélope viaja a la Eea de Álvaro Cunqueiro en «Las mocedades de Ulises», donde recrea un mundo mitológico atrapado en una linde perdida entre el hoy y el ayer, entre lo que fue y lo que dejó de ser. Gran novela escrita magistralmente, mágica y desinhibida, se la recomiendo.
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Yo me pregunto si no sería mejor comenzar desde ya a contarnos mitos nuevos, nuevas narrativas en las que materializar el anhelo de protagonismo de tantos y tantos grupos identitarios injustamente tratados por la narrativa tradicional.
Que sí, que el hombre blanco heterosexual ha estado sobrerepresentado mientras que mujeres, minorías (mayoritarias) raciales y colectivo LGTBI han tenido un papel subordinado o directamente inexistente. Pero otorgarles protagonismo a costa de subvertir los papeles del canon occidental no me parece bien porque veo en ello un afán más próximo a destruir el patrimonio cultural anterior que a crear algo propio; más un acto de venganza que de justicia.
La premisa, por tanto, es negativa, no propositiva y eso no puede ser bueno.
Perdonen si me aparto un poco del tema, pero con respecto a nuevos mitos tendríamos que empezar a imaginarnos cuáles serían estos en una futura sociedad enteramente femenina que veo delinearse al horizonte gracias a nuestra incapacidad como varones por no haber podido plasmar (y sospecho que ni deseado) un planeta vivible y armonioso, y como estoy convencido de que el evolucionismo se autocorrige -esperando que lo haga a tiempo- para no autodañarse, junto a la cultura terminará por aislar nuestra presencia (aquella opuesta al gentil sexo). Por mi parte y como sostenedor y esperador de tal teoría salvífica encuentro difícil imaginar nuevos mitos en un mundo donde nacerían pacíficas niñas. Ya de por sí ni hablar de Adan y Eva y menos de Edipo, personaje que merece compasión por no haber tenido culpa de nacer varón y que mermaría el trabajo de psicólogos y afines. Realmente no puedo imaginar ni uno. Y está de más decir que lamentaria la extinción del canon occidental en el cual nací y me dio la oportunidad de decir lo que pienso, pero grandes cambios solo se consiguen con grandes renuncias. Excelente artículo y comentarios. Gracias.
Risas enlatadas y el hechizo de la felicidad:
https://www.youtube.com/watch?v=fL0UtEZ0-y4
No lo había visto de ese modo, pero es interesante este punto de vista
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