WandaVision: te están contando un mito griego

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WandaVision
WandaVision, 2020. Fotografía: Disney.

A ninguna le salió bien. Ni a Calipso en Ogigia ni a Maléfica en los Páramos ni a Wanda Maximoff en Westview. A las brujas de los cuentos siempre les pasa lo mismo: que se montan un pedacito de cielo en la Tierra y le ponen murallas alrededor, pero se dejan abierta una puerta y el novio se les acaba escapando por ella. Es una historia muy vieja. 

Que se lo digan a los otros inquilinos que suelen tener estos jardines fortificados, a las criaturas narrativas que tienen la mala fortuna de vivir allí además del galán y la hechicera. Que se lo digan a los de Úrsula, la bruja de La sirenita, convertidos todos en algas en las inmediaciones de su cueva. Que se lo digan a los que tenía la Bruja Blanca de Las crónicas de Narnia petrificados en su castillo. Que se lo digan a los cerdos de Circe en la isla de Eea. El locus amoenus de una bruja suele tener víctimas colaterales y para ellas el locus casi nunca resulta amoenus. Ellos son Dottie, Beverly y todos los otros vecinos de Westview, los que le dan ajetreo y color a este pequeño tártaro suburbano con su vete y ven frenético y sus quehaceres de gente bien. Como diría Víctor Jara: todas las gentes de las casitas que se sonríen y se visitan. No son cerdos ni son estatuas, lo suyo es mucho peor: son sims atolondrados. Westview es un infierno pedorro, uno de los peores infiernos metafóricos que existen.

Ya lo sé, ya lo sé: WandaVision es una serie autoconsciente y metaficcional y las Normas Sagradas de la Cultura dicen que, entonces, debemos poner eso en primer lugar. Esto es así desde los tiempos de Lyotard, maldita sea su estampa. Y WandaVision, encima, no es simplemente metaficcional; es una auténtica catedral de la metaficción, porque la cosa no merece otro apelativo. Menudo zigurat, hija de mi vida. Menudo árbol de Navidad. Qué crossovers, qué Easter eggs, qué manera de venirse abajo las cuartas paredes. Eso es algo divertido, no le digo yo que no, y constituye una sanísima novedad en el universo cinematográfico de Marvel, que es igual de experimental que un convento carmelita. Pero es que los hay por ahí ahora mismo dándose sartenazos en la cabeza, como hacían los Looney Tunes cuando algo les entusiasmaba, y a nosotros nos parece que la cosa tampoco es para tanto. 

Las puertas abiertas en la cuarta pared de WandaVision no conducen a la realidad, siempre llevan de vuelta al propio cuento. Son un laberinto, algo que progresa solamente en horizontal, y la metaficción comporta la subordinación de la narración, ha de ser vertical. Es una prospección a través de los planos diegéticos. Aunque en la serie se echan algunas amarras que conducen verdaderamente hacia arriba, hacia la propia realidad (la más notable, el aspecto de Pietro), no dejan de ser eso mismo, pinceladitas y nada más. Cuando Wanda mire a cámara y diga «soy Elizabeth Olsen», entonces sí, prometido, nos lanzamos al balcón y le cantamos la saeta. Hasta entonces, esto será una escenificación de autoconsciencia y no autoconsciencia auténtica. Ojo: no estamos criticando la serie. A nosotros nos parece que esa cautela es lo más aconsejable en Marvel, que bastante tiene ya con su propio multiverso. Estamos criticando a todos los que andan diciendo por ahí, y son muchos, que Disney acaba de inventar las nivolas de Unamuno

Lo que sí resulta muy interesante es lo que está haciendo Jac Schaeffer, la creadora de WandaVisión, con todos esos perifollos que adornan su serie televisiva: hacer que se coma usted una historia viejísima, ñam, ñam, y que no se dé cuenta de ello. WandaVision está en el centro de un diagrama de Venn con tres círculos que se intersecan: uno es el mito de Calipso y Odiseo; otro, el de Orfeo y Eurídice; y otro, el de Galatea y Pigmalión. Quitando los sintezoides, esto lo podría haber escrito Eurípides. Y si le tienta pensar que el tema en sí, la simulación de la realidad, es algo exclusivamente contemporáneo, eche mano de esa ilustración anónima tan famosa, el grabado Flammarion, y dígame con el corazón en la mano que no es talmente un retrato de Visión intentando escapar de Westview.

¿Es eso algo malo? En absoluto, Dios me libre. ¿Es acaso algo nuevo? Por supuesto que no. Podríamos dedicarnos a debatir, incluso, si no es algo irremediable por principio, si no ocurre que todas las historias llevan contadas dos mil quinientos años y lo único que cambia en ellas es lo que tienen de accesorio, todo lo que les ponemos encima para que parezcan contemporáneas. Pero es que en el caso de WandaVision comporta una audacia y una picardía que nos tiene aplaudiendo desde el tercer capítulo. ¿Sabe usted por qué? Porque esto es una historia sobre Galatea y Pigmalión en la que él es Galatea y ella es Pigmalión. Él es la estatua sexy, el robot embutido en licra, el cacho de carne con ojos por el que habrán de zarpar mil naves, y ella es el carisma descerebrado y quijotesco que se permite a sí mismo arramplar con el mundo entero con tal de conservar al gólem entre las sábanas. Y entre los grandes arquetipos de los cuentos ese continúa siendo uno de los que más se resisten a la subversión. Eche usted la vista atrás. Incluso si contamos solamente las películas y la series buenas, las que avalamos en su día con un aluvión de babas y buenas críticas, en casi todas pasa parecido: si hay un clon, un replicante, un robot o cualquier otra clase de ser humano artificial que ejerce como objeto de deseo, entonces la persona es él y ella es el robot. O la ginoide o la fembot, porque esto es tan recurrente que hasta tenemos nombres específicos para las distintas categorías de mujeres artificiales seductoras que hay en los cuentos. 

¿Quiere saber algo muy obvio en lo que quizá, solo quizá, no haya caído usted todavía? Que esto no trata solamente de política y principios. Que no es una reivindicación de naturaleza abstracta. Que hay más gente viendo la televisión además de hombres heterosexuales, es así de sencillo. La misma cantidad aproximadamente. Fifty fifty. Y también nos gusta, o nos gustaría, si ocurriera habitualmente, vivir esta historia, la de Galatea y Pigmalión, como se ha de vivir verdaderamente: con la cabeza y el corazón, pero también con el sexo. Sin eso, Her, Ex Machina, Blade Runner, Battlestar Galactica, The Machine o Ghost in the Shell son sencillamente series y películas buenas; y solo con eso son lo que son para usted, películas y series redondas que pulsan todas las teclas y le dejan a uno con el tembleque, el calor por dentro y las ganas de pasar el fin de semana en Cuenca. Historiones, eso son. Y solamente los escriben para usted, dese cuenta. Los demás, mientras tanto, tenemos que conformarnos con las migajas

WandaVision, eso sí, se queda lejos de llevar el cuento al extremo. Ni Wanda ni Visión son criaturas seductoras, por más que sus dos roles, el de bruja y el de estatua con vida, se presten particularmente a ello, ni su relación deja de ser nunca puramente dialéctica, algo que existe porque se dice y no porque se vea. «Es que es Disney», dirá. ¿Y qué? ¿Acaso esto es una historia para niños? Porque a nosotros nos parece un atracón de nostalgia y la nostalgia es un producto para adultos, no se nos ocurre un axioma mayor que ese. Y para hacer redonda la cosa no era preciso ser explícitos, bastaba con una pincelada. Ni siquiera hacía falta que enseñaran cacha, como ocurría en Star Wars; un simple gesto habría servido. Algo que nos permita entender que en esta historia de amor delirante, como en todas las historias de amor delirante, hay deseo y no solamente amor. Que la enajenación de Wanda es eso mismo, enajenación, o no estaría amenazando con llevarse el mundo entero por delante. Que no estamos viendo Hostal Royal Manzanares, para que usted me entienda. Al igual que el resto de series y películas de Marvel, WandaVision es una serie para adultos que aparenta, y solo aparenta, ser adecuada para los niños. Es decir, un cuento censurado donde las cosas sí pasan, pero no se enseñan. Y eso nunca es algo bueno. 

Y WandaVision tiene otro tic bastante feo precisamente ahí, en el plano de la nostalgia. En síntesis: que los creadores de la serie han decidido en nombre de sus espectadores qué referencias conocen y cuáles no. El pecado no es que le obliguen a usted a estar familiarizado con I Love Lucy, Bewitched, Malcolm in the Middle y el sinfín de series televisivas que se amalgaman en su propia ficción; el pecado es que a usted, a quien tanto exigen, luego le piden que olvide The Truman Show, Pleasantville o The Stepford Wives. Las realidades artificiales pintadas de American Way of Life, el locus amoenus con porches blancos y tartas de manzana enfriándose en el alféizar de la ventana, son un lugar común en la historia misma del cine, pero WandaVision se ha emperrado en repasar los clichés uno por uno y con machaconería, como si lo estuviera levantando desde cero. Particularmente al principio, durante los tres primeros episodios de la serie. Y a usted le están pidiendo que se haga el sueco, como a los propios habitantes de Westview. Que sonría, que diga que sí y que no haga nada al respecto. Es un mal precedente. 

Con todo, WandaVision es una serie estupenda y ejemplifica con precisión algo que nos decimos mucho con la boca, pero tenemos poco interiorizado en el intelecto: que para solucionar los problemas del mundo nos tenemos que contar más mitos griegos. Que Orfeo pretendió rescatar a Eurídice, pero dos mil quinientos años después todavía no ha ocurrido que Eurídice rescate a Orfeo. Que Penélope no ha navegado todavía hasta la isla de Eea, siempre lo ha hecho Odiseo. Que necesitamos contarnos estos mitos al revés hasta que dejemos de tener la impresión de que están dados la vuelta, cosa que todavía no ha ocurrido. Y que solamente entonces, ya sí que sí, todos los mitos del mundo estarán contados. Y que solo después de eso podremos empezar a contarnos unos nuevos.

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Una versión coloreada del grabado Flammarion, 1888.

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6 Comentarios

  1. Penélope viaja a la Eea de Álvaro Cunqueiro en “Las mocedades de Ulises”, donde recrea un mundo mitológico atrapado en una linde perdida entre el hoy y el ayer, entre lo que fue y lo que dejó de ser. Gran novela escrita magistralmente, mágica y desinhibida, se la recomiendo.

  2. Yo me pregunto si no sería mejor comenzar desde ya a contarnos mitos nuevos, nuevas narrativas en las que materializar el anhelo de protagonismo de tantos y tantos grupos identitarios injustamente tratados por la narrativa tradicional.
    Que sí, que el hombre blanco heterosexual ha estado sobrerepresentado mientras que mujeres, minorías (mayoritarias) raciales y colectivo LGTBI han tenido un papel subordinado o directamente inexistente. Pero otorgarles protagonismo a costa de subvertir los papeles del canon occidental no me parece bien porque veo en ello un afán más próximo a destruir el patrimonio cultural anterior que a crear algo propio; más un acto de venganza que de justicia.
    La premisa, por tanto, es negativa, no propositiva y eso no puede ser bueno.

  3. Perdonen si me aparto un poco del tema, pero con respecto a nuevos mitos tendríamos que empezar a imaginarnos cuáles serían estos en una futura sociedad enteramente femenina que veo delinearse al horizonte gracias a nuestra incapacidad como varones por no haber podido plasmar (y sospecho que ni deseado) un planeta vivible y armonioso, y como estoy convencido de que el evolucionismo se autocorrige -esperando que lo haga a tiempo- para no autodañarse, junto a la cultura terminará por aislar nuestra presencia (aquella opuesta al gentil sexo). Por mi parte y como sostenedor y esperador de tal teoría salvífica encuentro difícil imaginar nuevos mitos en un mundo donde nacerían pacíficas niñas. Ya de por sí ni hablar de Adan y Eva y menos de Edipo, personaje que merece compasión por no haber tenido culpa de nacer varón y que mermaría el trabajo de psicólogos y afines. Realmente no puedo imaginar ni uno. Y está de más decir que lamentaria la extinción del canon occidental en el cual nací y me dio la oportunidad de decir lo que pienso, pero grandes cambios solo se consiguen con grandes renuncias. Excelente artículo y comentarios. Gracias.

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