Arte y Letras Literatura

La isla que hechizó a Ignacio Aldecoa

isla ignacio aldecoa
Ignacio Aldecoa ca. 1960. Fotografía: Volcano Films.

Decía Francisco Umbral, cuando se cansaba de escribir novelas, que la vida estaba llena de historias y que no veía sentido a multiplicarlas con un libro. Y, para apoyarse, tomaba al vuelo una frase de André Breton donde se arremetía contra la «odiosa premeditación de la novela». 

Yo soy de esta opinión, aunque admito que hay unas pocas novelas que nos han permitido entender mejor los entresijos de la vida. Pero mi gozo es mayor cuando las cosas suceden al revés. O sea, cuando a una novela le estalla dentro la vida real. Hay muchas novelas que siendo marcadamente autobiográficas sufren el afeitado que supone el túrmix de la ficción, cuando esa misma peripecia contada en forma de autobiografía o de diario personal tendría una fuerza muy superior. Es, en fin, una secuela más del eterno debate sobre la difícil gestión de la intimidad en la creación artística. 

Ya me gustaría leer, por ejemplo, en versión no ficcionalizada También esto pasará, Los enamoramientos, El golpe de Estado de Guadalupe Limón, Luna de lobos o el Tiempo de destrucción de Luis Martín-Santos. Otro gallo les cantaría y les daría aún mejor vida.

Una de las novelas, apenas conocida, a las que la vida ha ido macerando hasta convertirlas en obras de arte es Parte de una historia, el postrer trabajo del escritor vitoriano Ignacio Aldecoa, publicado en 1967, año y medio antes de que su autor falleciera. Aldecoa murió a los cuarenta y cuatro años de edad, de forma repentina, cuando se disponía a asistir a una corrida de toros en Madrid.

Parte de una historia cuenta con minucioso detalle la vida de unos humildes pescadores de la isla canaria de La Graciosa, aneja a Lanzarote, en la década de los años sesenta del siglo pasado. La descripción de la vida de gentes sencillas en un microcosmos cerrado, opresivo y consolidado por la tradición y la rutina era una fórmula muy querida por el autor y usada en sus tres novelas anteriores: El fulgor y la sangre, Con el viento solano y Gran Sol. Esa calma chicha, ese devenir vital tan programado como contenedor que da el aislamiento isleño, se ve alterada la noche que naufraga en una playa de la isla un velero norteamericano llamado Bloody Mary, de Florida, con cuatro tripulantes a bordo, un matrimonio en crisis y dos amigos de vida disoluta.

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