Arte y Letras Literatura

Las máscaras de Umbral

Francisco Umbral Foto Crodon Press
Francisco Umbral. Foto: Cordon Press.

… cada ‘yo’ es el enemigo y quisiera ser el tirano de todos los demás…

Blaise Pascal, Pensamientos, Madrid, Aguilar, Edición de 1973, pp. 86

El televisivo documental de Charlie Arnaiz y Alberto Ortega trae de vuelta al único clásico de la transición: Francisco Umbral. Una sucesión de personajes, de máscaras, que ocultaban su origen humilde y una hipersensibilidad emocional alimentada con ese incendio que fue el deceso de su único vástago.

En un Madrid pucelano de algarabías y verbenas, en un Valladolid matritense de piedra berroqueña, el escritor de provincias, barojiano a su pesar, pasea su fular y busca colaboraciones sin suerte. Es para todos extraño: sobrevive en pensiones miserables, apenas tiene para calamitosos ágapes de arroz a la cubana y sus protectores en la capital le son esquivos. Figura oscura en el horizonte, se esconde en unos quevedos que tapan una mirada con más dioptrías que esperanza. Son los inicios de los sesenta y este superviviente de la posguerra, «del pan negro de salvados y la tajada del miedo», lanza sus cartas de recomendación como un tahúr en una ciudad con viento moderado con rachas de reacción. Su nombre es Francisco Alejandro Pérez Martínez.

¿Sus méritos? La protección de ese sabueso triste que fue Miguel Delibes, hombre bueno y en consecuencia muy aburrido, que había hecho valer la salmodia del joven escritor en el diario El Norte de Castilla. ¿Qué había fascinado a alguien tan poco mistificador como Delibes? Esa irresistible «prosa sonajero», según divertida y envidiosa definición del fallecido charnego de nariz patatera, que pronto mezclaría cultismos con jerga cheli y expresiones ridículas de las marquesas franquistas, muy franquistas, del barrio de Salamanca. Ósea.

Nuestro Pérez Martínez, apellidos propios de Forges, es a inicios de los sesenta un epígono del falangismo poético, algo que siempre recordó con malicia el Chesterton de Barakaldo, pero las cosas comienzan a cambiar. La ley de prensa de Fraga está en el horizonte, 1966, y el escritor talla su primera máscara, todavía sin grietas, que le permitirá pasar de poeta de provincias, agujero negro de resentimiento y calvicie, a trasunto de Norman Mailer. Una entrevista al gran historiador Melchor Fernández Almagro le convencerá para cambiarse su nombre por el conocido alias Francisco Umbral. 

Nueva máscara, no «la mejor» (esa ya la asignó un Ramón a otro), y que también pasea por la calle de Alcalá sus penas de surrealista sin elefantes, pero con ambición y emergente talento. Comenzaría una kermés de «yoes» que el público, «el personal» que diría él, jamás cuestionó.

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2 comentarios

  1. Se pueden hacer muchas lecturas. Una sería si el hecho de haber tenido una vida difícil y trágica justifica y disculpa el ser un ser ruin y mezquino (un hijo de puta, para entendernos). Lo más probable es que las cosas que te pasan en la vida no modifiquen mucho quién eres, sino simplemente lo hagan visible.

    • Ramón Catorcet

      Claro, si es lo que yo he dicho siempre: Que «salimos del horno» ya muy hechos y de momento, esto no tiene vuelta de hoja. Y si algún lejano día se atisbara alguna posibilidad de dar vuelta a esa hoja, ya saldrían montones de voces contrarias a ello.

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