
Se ha dicho del escritor alemán Ernst Jünger (1895-1998) que es un esteta de la guerra, pero no: es un metafísico de la guerra. De la guerra y de todo. Su mirada tiene altura y profundidad, e incluye el sufrimiento. Con compasión pero sin sentimentalismo; sí con emoción: fría. Aunque en realidad hay dos Jünger, o tres: el de la Primera Guerra Mundial, el de la Segunda Guerra Mundial y el de los años posteriores. Más de medio siglo, estos últimos: Jünger, como es sabido, murió cuando le faltaba poco para cumplir ciento tres años. En la batalla del tiempo aguantó como nadie. Aunque su mirada aportaba eternidad desde el principio: de ahí la metafísica. Vivió la historia, pero su comprensión fue más allá de la historia.
El Jünger de la Primera Guerra Mundial fue el único que entró en combate, y muchas veces; como muchas veces fue herido. Salió convertido en un héroe de guerra, con la máxima condecoración: la Ordre Pour le Mérite. El de la Segunda Guerra Mundial, en cambio, no llegó a combatir, aunque obtuvo una condecoración más: la Cruz de Hierro de segunda clase, por haber rescatado dos cuerpos. Sus vivencias de ambas guerras fueron, pues, distintas. En parte por la edad, en parte por el cambio de actitud, en parte por el tipo de guerras que fueron. En plena Segunda Guerra Mundial escribió su tratado La paz, que constituiría el núcleo del pensamiento sobre la guerra del último Jünger.
Al joven Jünger lo animaba el espíritu de aventura. Por huir del instituto y de la vida familiar, se había enrolado con dieciocho años en la Legión Extranjera, experiencia que recrearía en Juegos africanos. Era 1913. El padre logró traerlo de vuelta a casa al cabo de pocas semanas. Pero en 1914 estalló la guerra y Jünger se alistó enseguida. En Tempestades de acero, su célebre libro sobre la Primera Guerra Mundial, escribe:
Habíamos abandonado las aulas de las universidades, los pupitres de las escuelas, los tableros de los talleres, y en unas breves semanas de instrucción nos habían fusionado hasta hacer de nosotros un único cuerpo, grande y henchido de entusiasmo. Crecidos en una era de seguridad, sentíamos todos un anhelo de cosas insólitas, de peligro grande. Y entonces la guerra nos había arrebatado como una borrachera. Habíamos partido hacia el frente bajo una lluvia de flores, en una embriagada atmósfera de rosas y sangre. Ella, la guerra, era la que había de aportarnos aquello, las cosas grandes, fuertes y espléndidas. La guerra nos parecía un lance viril, un alegre concurso de tiro celebrado sobre floridas praderas en que la sangre era el rocío.
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Era un esteta en cuanto a que su libro te deja con ganas de más, de una segunda guerra, si es que se es un amante de las guerras o A. Hitler.
Un grande entre los grandes.
Gran artículo, gracias!!