
Nadie es alguien,
un solo hombre inmortal
es todos los hombres.
Jorge Luis Borges, «El inmortal».
I. El cuerpo y la mente
Una fórmula es, a la vez, una secuencia continua —de operaciones, de palabras, de gestos— y una interrupción. Rompe el flujo previo y sugiere los pasos que seguir, para que la reanudación tenga más intensidad y sea más precisa. El carácter formulario de los poemas homéricos revela su doble naturaleza lingüística: la Ilíada y la Odisea son, a la vez, canto y memoria, invocación del presente y evocación del pasado. Plasman el relato —mítico, mitológico y fundacional— a través de la secuencia narrativa, interrumpida por los epítetos y las fórmulas que reiteran la posición y la función de cada personaje y cada intercambio ritual.
Aquiles es «el de pies veloces», Odiseo es «el de muchos ardides». El primero está entrenado para la guerra y la gloria; el segundo, para la estrategia y la retórica. Ambos luchan en Troya, ambos son padres y son hijos, son ambos mortales. Aquiles y Odiseo son cuerpo y mente. La fórmula se encarna en el conector, que abre el diálogo entre polos potencialmente opuestos y revela la presencia del negativo en una foto.
II. La rapidez y la elocuencia
Los pies de Aquiles son la sinécdoque que define su cuerpo, aquel cuerpo que corre y grita su furia, que mata y se arrodilla ante la pérdida de Patroclo. Es rápido Aquiles, tanto como un dios, su paso alado imprime en el polvo la huella de la cólera, la pasión irresistible del sentimiento.
«Leemos hoy la Ilíada con una sensibilidad formada, entre otras cosas, por toda una tradición de reinterpretación y de reescritura de su texto», escribía Gérard Genette en Palimpsestos, matizando el eco del poema y las rencarnaciones de sus personajes, en épocas y contextos que funden los horizontes de lectura del pasado y del presente. Pat Barker, en su novela El silencio de las mujeres, evoca los últimos cincuenta y un días del décimo año de la guerra de Troya a través de las voces que el poema silencia —o se limita a insinuar— y así Briseida nos cuenta que Aquiles «tenía siempre la última palabra, hasta cuando hablaba con un dios».
Odiseo es el mago de la palabra, el maestro de elocuencia que construye su relato mientras se narra y se (re)presenta, en la combinación de verdad y mentira que liquida la separación entre arte y vida. Con pericia técnica cuenta, en la corte de los feacios y luego en Ítaca, la historia de su periplo por el mundo conocido, plasma personajes y situaciones, refuerza su objetivo en la exploración del conflicto, porque ha comprendido que «la mentira exige de quien la elabora una escrupulosísima sabiduría artesanal: orden, coherencia, verosimilitud, analogía y construcción», como escribe Pietro Citati en Ulises y la Odisea.
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No es el Escamandro. Hefesto es mandado por ZEUS. Aquiles y Odiseo tiene el destino determinado. Los demás lo tienen que recorrer.
No es el Escamandro. Hefesto es mandado por ZEUS. Aquiles y Odiseo tiene el destino determinado. Los demás lo tienen que recorrer.
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