Aquiles y Odiseo: la fórmula memorable y sus ecos futuros

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Odiseo Aquiles
Odiseo y Polifemo. Arnold Böcklin, 1896.

Nadie es alguien, 

un solo hombre inmortal

es todos los hombres.

Jorge Luis Borges, «El inmortal».

I. El cuerpo y la mente

Una fórmula es, a la vez, una secuencia continua —de operaciones, de palabras, de gestos— y una interrupción. Rompe el flujo previo y sugiere los pasos que seguir, para que la reanudación tenga más intensidad y sea más precisa. El carácter formulario de los poemas homéricos revela su doble naturaleza lingüística: la Ilíada y la Odisea son, a la vez, canto y memoria, invocación del presente y evocación del pasado. Plasman el relato —mítico, mitológico y fundacional— a través de la secuencia narrativa, interrumpida por los epítetos y las fórmulas que reiteran la posición y la función de cada personaje y cada intercambio ritual.

Aquiles es «el de pies veloces», Odiseo es «el de muchos ardides». El primero está entrenado para la guerra y la gloria; el segundo, para la estrategia y la retórica. Ambos luchan en Troya, ambos son padres y son hijos, son ambos mortales. Aquiles y Odiseo son cuerpo y mente. La fórmula se encarna en el conector, que abre el diálogo entre polos potencialmente opuestos y revela la presencia del negativo en una foto.

II. La rapidez y la elocuencia

Los pies de Aquiles son la sinécdoque que define su cuerpo, aquel cuerpo que corre y grita su furia, que mata y se arrodilla ante la pérdida de Patroclo. Es rápido Aquiles, tanto como un dios, su paso alado imprime en el polvo la huella de la cólera, la pasión irresistible del sentimiento.

«Leemos hoy la Ilíada con una sensibilidad formada, entre otras cosas, por toda una tradición de reinterpretación y de reescritura de su texto», escribía Gérard Genette en Palimpsestos, matizando el eco del poema y las rencarnaciones de sus personajes, en épocas y contextos que funden los horizontes de lectura del pasado y del presente. Pat Barker, en su novela El silencio de las mujeres, evoca los últimos cincuenta y un días del décimo año de la guerra de Troya a través de las voces que el poema silencia —o se limita a insinuar— y así Briseida nos cuenta que Aquiles «tenía siempre la última palabra, hasta cuando hablaba con un dios».

Odiseo es el mago de la palabra, el maestro de elocuencia que construye su relato mientras se narra y se (re)presenta, en la combinación de verdad y mentira que liquida la separación entre arte y vida. Con pericia técnica cuenta, en la corte de los feacios y luego en Ítaca, la historia de su periplo por el mundo conocido, plasma personajes y situaciones, refuerza su objetivo en la exploración del conflicto, porque ha comprendido que «la mentira exige de quien la elabora una escrupulosísima sabiduría artesanal: orden, coherencia, verosimilitud, analogía y construcción», como escribe Pietro Citati en Ulises y la Odisea.

El viaje es ante todo desplazamiento físico; los pies de Odiseo no son rápidos como los de Aquiles, pero llegan más lejos.

III. El escudo y la túnica

Aquiles está más furioso que nunca y dolido: Patroclo —su Patroclo— ha muerto, asesinado por Héctor, que lo ha despojado de las armas. Eran las de Aquiles y ahora el de pies veloces necesita otras, nuevas. Su madre (la ninfa Tetis) le pide al dios Hefesto que las fabrique y así contemplamos la écfrasis más citada de la historia de la literatura occidental: la descripción del escudo, la secuencia verbal que traduce la continuidad temporal por medio del inventario. El escudo es la fórmula, cosmogónica (porque funda los orígenes y la distribución de cielo y tierra) y circular (porque reitera la alternancia de vida y muerte), que muestra el espacio ajeno al campo de batalla, la cotidianeidad de las acciones humanas, memoria y canto para el héroe que ataca y defiende. «Toda la acción de la Ilíada se convierte en un fragmento dentro de la visión totalizante que proporciona el escudo de Aquiles», apunta W. J. T. Mitchell en su ensayo Teoría de la imagen sobre esa imagen que ha engendrado tantísima teoría.

El escudo protege y oculta a la vez, como la túnica que Atenea le entrega a Odiseo para que no lo reconozcan cuando llegue, por fin, a Ítaca. El viajero ha compartido con la diosa su plan maestro y ella ha arrugado su piel y borrado su pelo rubio, ha esparcido legañas en sus ojos y lo ha vestido con la túnica desgarrada y sucia. El disfraz de Odiseo es la sinécdoque de su mente, aquella mente que se protege y se oculta. «Ni siquiera las túnicas que yo confeccionaba para él eran del todo adecuadas: o demasiado ligeras, o demasiado pesadas, o demasiado resistentes, o demasiado delicadas», recuerda Penélope, ahora protagonista de la novela de Margaret Atwood Penélope y las doce criadas. Porque el arte del lenguaje es inestable, siempre en busca del peso, del espesor y la textura adecuados a la intención.

Odiseo Aquiles
El triunfo de Aquiles. Franz von Matsch.

IV. La tierra y el mar

«El verdadero héroe, el verdadero tema, el centro de la Ilíada es la fuerza. La fuerza manejada por los hombres, la fuerza que somete a los hombres, la fuerza ante la cual la carne de los hombres se retrae», reflexionaba Simone Weil en «La Ilíada o el poema de la fuerza». Y la fuerza de Aquiles se expande en la tierra, en los músculos, en el brazo que agarra el escudo, en las manos que atan el cadáver de Héctor y cada día lo arrastran en círculos, levantando polvo y ceniza. La cólera del guerrero transforma el ocre en rojo, con la sangre de la devastación que renueva el dolor por la muerte de Patroclo. Entonces el río Escamandro se irrita: ¿Por qué, Aquiles, manchas mis aguas con la sangre de los cuerpos? ¿Por qué matas? Y la fuerza ahora persigue al héroe, en forma de ola lo arrolla, le impone la lucha. Aquiles corre con sus pies veloces, suda, jadea hasta que llega Hefesto para aplacar al río divino. El fuego contra el agua, para volver a la tierra.

Odiseo también quiere volver a su tierra. Es marinero el de muchos ardides, conoce el mar —sus corrientes y sus peligros—, sabe leerlo y escrutarlo. Se resiste y a veces cae ante sus tentaciones —humanas, mágicas, marinas—, desde el mástil de su barco escucha el canto de las sirenas, allí se refugia tras matar al Cíclope y desatar la ira de su padre Poseidón. Se escapa de la hechicera Circe por el mar y así arriba a la isla de los feacios; la princesa Nausícaa se está bañando en la playa con sus amigas, la desnudez poderosa del viajero la sorprende. En la isla descansa y narra sus peregrinaciones y desde allí emprende el viaje de regreso a Ítaca. Dante reescribirá su historia, Odiseo no se detendrá, querrá llegar hasta las puertas del mundo conocido y cruzarlas, su folle volo lo condenará al Infierno. Porque «recorrer el mar, transgredir, encontrarse con lo maravilloso, enfrentarse al Otro, atravesar la muerte, narrar la propia historia, tal es el destino de Ulises desde su primera aparición en la escena mítico-literaria», escribe Piero Boitani en La sombra de Ulises.

V. El presente y el futuro

Aquiles vive en la reacción inmediata, su mirada está anclada al presente, Odiseo observa el pasado con la mirada puesta en el futuro, para ambos la vivencia de la temporalidad se despliega en el tránsito entre el relato y su construcción. Porque la marca de la guerra permanece en el cuerpo y en la mente.

Cuando Odiseo baja a Hades se encuentra con el alma de Aquiles: «Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, desdichado, ¿qué acción todavía más grande preparas en tu mente? ¿Cómo te has atrevido a descender a Hades, donde habitan los muertos, los que carecen de sentido, los fantasmas de los mortales que han perecido?», le pregunta el de pies veloces. El héroe, glorificado en la tierra y perdido en el inframundo, experimenta la soledad eterna porque «la vida, en la Ilíada (como en la Biblia o en Guerra y paz) es esencialmente lo que no se deja valorar, medir, condenar o justificar por lo que vive. Solo se juzga a sí misma en la conciencia que toma de su inefabilidad», nos recuerda Rachel Bespaloff en su ensayo De la Ilíada. La vida que es también muerte y a ella eternamente vuelve. Por eso Alice Oswald entona, en Memorial, una elegía fúnebre, canta las muertes de Troya en un poema que es cementerio oral, residuo del pasado que se materializa en el presente de la palabra y los futuros de su lectura.

VI. Las lágrimas

Llora Aquiles ante la noticia de la muerte de Patroclo y llora Odiseo ante el canto del aedo Demódoco. Las lágrimas son agua y cuerpo y sal, nacemos y morimos llorando. El fluido tan humano, demasiado humano, completa el círculo y lo renueva. Los héroes lloran, sus lágrimas son la fórmula memorable de su humanidad, de la fragilidad del deseo y de lo ilusorio que es el regreso.

Llora Xanto, el caballo de Aquiles, cuando el cuerpo de Patroclo se desploma en la arena y llora el río inundado de sangre. Llora Hécuba, que observa desde los muros la muerte de su hijo Héctor, y llora Laertes cuando reconoce a su hijo Odiseo. Dos padres, Laertes y Príamo, cierran los dos poemas: el relato vuelve a sus orígenes. En la Ilíada un padre suplica al asesino de su hijo que le devuelva el cadáver y le permita concederle los honores fúnebres. En la Odisea otro padre sella la continuidad del linaje con su hijo y su nieto Telémaco, a la luz del pacto impuesto por los dioses. Y esta vez llora de alegría.

Porque las lágrimas también son dobles, la niebla en los ojos del poeta ciego que otro poeta ciego, siglos después, cantará: «el rumor de las Odiseas e Ilíadas que era su destino cantar y dejar resonando cóncavamente en la memoria humana» (Jorge Luis Borges en El Hacedor, por supuesto).


Bibliografía

Alice Oswald, Memorial, trad. de Jaume Coll Mariné (Jardins de Samarcanda, Vic, 2020).

Caroline Alexander, La guerra que mató a Aquiles. La verdadera historia de la Ilíada, trad. de José Manuel Álvarez-Flores (Acantilado, Barcelona, 2015).

Homero, Ilíada, trad. de Emilio Crespo (Gredos, Madrid, 2018).

Homero, Odisea, trad. de José Luis Calvo (Cátedra, Madrid, 2001).

Jorge Luis Borges, El hacedor (Debolsillo, Barcelona, 2018).

Margaret Atwood, Penélope y las doce criadas, trad. de Gemma Rovira (Salamandra, Barcelona, 2005).

Pat Barker, El silencio de las mujeres, trad. de Carlos Jiménez de Arriba (Siruela, Madrid, 2019).

Gérard Genette, Palimpsestos. La literatura en segundo grado, trad. de Celia Fernández Prieto (Taurus, Madrid, 1989).

Piero Boitani, La sombra de Ulises. Imágenes de un mito en la literatura occidental (Península, Barcelona, 2001).

Pietro Citati, Ulises y la Odisea. El pensamiento iridiscente, trad. de José Luis Gil Aristu (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2008).

Rachel Bespaloff, De la Ilíada, trad. de Rosa Rius (Minúscula, Barcelona, 2009).

Simone Weil, «La ‘Ilíada’ o el poema de la fuerza», en La fuente griega, trad. de José Luis Escartín y María Teresa Escartín (Trotta, Madrid, 2005).

W. J. T. Mitchell, Teoría de la imagen. Ensayos sobre representación verbal y visual, trad. de Yaiza Hernández Velázquez (Akal, Madrid, 2009).

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2 Comentarios

  1. No es el Escamandro. Hefesto es mandado por ZEUS. Aquiles y Odiseo tiene el destino determinado. Los demás lo tienen que recorrer.

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