
A mi amigo Sebastián Capurro Ferrer, que venció a la ira, al miedo y al rencor y me enseñó Buenos Aires.
La primera vez que oí el tango «Sexto piso», compuesto por Homero Expósito en 1955, fue en un café-concierto de Madrid hacia finales del siglo XX. Recuerdo vagamente los esfuerzos de Carlos Montero por hacer valer su voz en un antro lleno de humo y conversaciones alborotadas. Pero la sacudida que me llevó a fijarme en este tangazo llegó años después tras escucharlo cantado por Susana Rinaldi. «Sexto piso» es un tango atípico, poco gregario con el género. Cayó tan fuera de lugar que hizo falta que la voz rutilante de Rinaldi le hiciese el boca a boca en su disco Porque canto así (1971) para que resucitase y se hiciese realidad. Probablemente, fue la luz de «Sexto piso» la que conectó a «la Tana» Rinaldi a un invisible tendido eléctrico, a esos hilos que sostienen a las estrellas en los firmamentos. Y en la vida. Así es el cableado hipercinético que comunica a los personajes de Kieślowski en Rojo. ¿Quién le iba a decir a Homero Expósito que la vida le iba a coser a la Tana? Porque no hay otro tango tan especial como «Sexto piso», escrito por un compositor macerado en metáforas y angustias existenciales y cantado por una prófuga del clasicismo tanguero:
Ventanal, ventanal de un sexto piso,
vos perdida, yo sumiso
y esta herida que hace mal…
Ventanal, y los hombres todos chicos
y los pobres y los ricos
todos chicos por igual…
Allí abajo se revuelven como hormigas:
mucha fatiga, pero mucha cuesta el pan.
Ventanal donde un lente permanente
televisa mi dolor por la ciudad…
Porque «Sexto piso» es parte del ADN de la Tana, como «Naranjo en flor» lo es del Polaco Goyeneche o «Como dos extraños» lo es de Adriana Varela. Y es que el mismo tango, en voces distintas, dice cosas diferentes. Rinaldi ha sido la cantante que mejor ha sabido rociar a «Sexto piso» con la profundidad y el dolor existencial que exige:
Solo,
sin tu amor, tirado y solo
vuelo
por las nubes del desvelo.
¡Ay! ¡Qué amarga sensación
ver que este infierno fue el balcón
de un sexto cielo!
¡No! No hay más remedio que vivir
así apretado y pisoteado como en el suelo.
Si tristeza
da al mediocre la pobreza,
¡cómo habrás sufrido vos!
¡Vos, que tenés la misma altura que el montón!
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Muy bueno. Una correccion:el apellido de Rosario era Barredo no Solano.
Gracias, Carlos. Tomo nota