Arte y Letras Historia

Por favor, procure no escribir en los márgenes, gracias

procure no escribir en los márgenes
Tina Modotti. (DP)

¿Tan difícil es? ¿Tan difícil es hacer caso a la máquina? Nos lo pide por favor. Con mucha amabilidad. Pero no hay manera, por mucho que uno lo intente, al final siempre se sale de la línea y acaba pisando el margen, uno de los márgenes. No. La máquina no se enfada. Solo hace su trabajo. Y corta todo lo que toca el margen. ¿Que te corta un brazo? Pues mala suerte. No lo saques por donde no toca, no pises fuera de tu acera, no asomes la cabeza por la ventana. Y no, no puedes decir que no te avisó…

Tina Modotti se pasó media vida buscando la libertad. Y luego se pasó la otra media tratando de no salirse de la hoja, ni de la línea que tocaba escribir. Tratando dolorosamente de no meter ni una letra en ninguno de los márgenes, esos márgenes que cada vez eran más anchos y por tanto dejaban retener menos palabras dentro. Al final el espacio de las palabras se había reducido tanto que cualquier palabra grande ya no cabía. Ya no cabía la palabra «felicidad», ni la palabra «esperanza», ni siquiera, por supuesto, la palabra «libertad». ¿Y «socorro»? Pues no, tampoco cabía. Y ese fue el problema. Que trató de gritarla, de pedir desesperadamente auxilio cuando ya no le quedaba tiempo ni para gritar una simple palabra, cuando estaba su vida tan rodeada de un territorio inmensamente muerto y vacío, de unos márgenes tan insoportablemente extensos, que era imposible que alguien oyera su grito. Bueno, ella se lo buscó, dijo la máquina. Y cortó por donde tenía que cortar. So… ¿Le dio tiempo a escribir lo que faltaba? Soc… Socor… Socorro… Pues me gustaría concederle ese último y mezquino consuelo, un grito final liberador. 

Pero muy posiblemente ni eso. No tuvo ni tiempo de gritar nada. Según la versión oficial (la que está dentro de los márgenes), murió dentro de un taxi,  en una noche oscura de México, que no era más que una pequeña porción de la gran noche oscura del mundo, allá por 1943. Pino Carruci, en su libro sobre ella (Tina Modotti, editorial Circe, 1992), nos dice que algunos de los testigos lo tuvieron muy claro: «Típica eliminación estalinista». Pues sí. Pino no afirma ni niega nada, pero lo que dice es suficiente como para dudar de la versión natural, que es la que habla, evidentemente, de una muerte natural, tan natural como que a una la envenenen en una cena con amigos y con su todavía actual amante pero muy pronto examante, que mira por donde es un gran experto en muertes naturales, es decir, naturalmente provocadas para que parezcan lo que son, una «típica eliminación estalinista». ¡Ah! ¡Qué gente tan divertida, con que gran sentido del humor! Como Alberti, que le escribe un poema en su honor y se lo dedica a su presunto asesino, para demostrar que un buen comunista tiene un gran estómago y aguanta lo que sea, siempre y cuando no lo envenenen en una cena con otros comunistas, claro está… Y sí, he escrito «presunto», pero solo porque me obligan a hacerlo, porque si la mató directamente o la mandó matar o dejó que la mataran sin mover un dedo, o dejó que ella se fuera muriendo lentamente hasta que ya estaba casi muerta cuando decidieron matarla, eso son pequeños detalles sin importancia, lo fundamental es que nuestro «comandante Carlos» (es decir, Vittorio Vidali, es decir, Enea Sormenti, es decir… ¿qué importa quién sea en realidad un agente estalinista, un agente cuyo trabajo es ser cualquiera y más aún, llegar a no ser humano, llegar a ser una máquina que nunca se sale a los márgenes?) era el hombre que tenía el control total de su vida, y cada vez le iba ampliando el margen por ambos lados, para que cada vez ella pudiera meter dentro menos palabras. «Son las órdenes». Sí, esa era la excusa de siempre. La maravillosa excusa que valía para todo.

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2 comentarios

  1. altorelieve

    Un tema muy interesante y por desgracia muy común.

  2. Cada día me alegro más de estar suscrito a esta revista. Gran artículo.

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