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La lógica onírica de Lewis Carroll

lógica lewis carroll
Ilustracón de sir John Tenniel para la primera edición de Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll. (DP)

Alicia no tenía la menor idea de lo que era la latitud, ni tampoco la longitud, pero le pareció bien decir unas palabras tan bonitas e impresionantes.

Hijo de un pastor protestante, profesor de Matemáticas y «Don» de la Universidad de Oxford; considerado el mejor retratista de niños del siglo XIX, autor de libros con títulos impronunciables (Fórmulas de trigonometría plana, El libro V de Euclides tratado de un modo algebraico, en cuanto hace relación a magnitudes conmensurables, etc.), burgués diácono de la iglesia de Inglaterra, el reverendo Charles Lutwidge Dogson, o bien, Lewis Carroll, fue el escritor rebelde de la imaginación y la fantasía en tiempos de formalidad y buena letra. 

Domesticador de serpientes y sapos; prestidigitador; editor, siendo niño, de revistas manuscritas para niños; zurdo (según algunos testimonios), tartamudo, bello, sordo de un oído; inventor de cajas de sorpresas, de rompecabezas, de aparatos inútiles; insomne; entusiasta de las bicicletas en su juventud y de los triciclos en su madurez; creador de juegos de palabras incluso en idiomas que no conocía, como cuando dijo I am fond of children (except boys), que en inglés no es un juego de palabras, pero sí en castellano: «Me gustan los niños, a excepción de los niños». 

Autor de poemas como este:

Creía ver un Elefante,

un Elefante que tocaba el pífano;

mirando mejor vio que era

una carta de su esposa.

«¡De esta vida, finalmente» —dijo—

«siento la amargura!»

Creía descubrir un Búfalo

instalado sobre la chimenea;

mirando mejor vio que era

la sobrina de su cuñado.

«¡Sal de aquí» —dijo—

«o llamo a la policía!»

Creía ver una Serpiente de cascabel

que le interrogaba en griego;

mirando mejor vio que era

la mitad de la próxima semana,

¡Lo único que siento! —dijo—

«es que no pueda hablar».

Creía ver una Inferencia

demostrando que él era el Papa.

Mirando mejor vio que era

un pedazo de jabón de mármol.

«¡Dios mío» —dijo— 

«un hecho tan funesto

destruye toda esperanza!» 

(Canción del jardinero loco, 1889-1893)

Inventor de un nuevo método de adición, de acuerdo con el cual, para sumar 2 + 1 habría que hacer lo siguiente:

Tomamos Tres como base del razonamiento que hacemos… Un número apropiado para comenzar… Le sumamos Siete, y Diez, y lo multiplicamos todo por Mil menos Ocho. El resultado que obtenemos lo dividimos, como ve, por Novecientos Noventa y Dos; le restamos Diecisiete, y la respuesta debe ser exacta y perfectamente justa. (La caza del Snark, 1889-1893).

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4 comentarios

  1. «La lógica, obedecida hasta sus últimas consecuencias, lleva a la locura». Esta afirmación es un mero disparate, y afirmar que eso es lo que muestra la lógica de Carroll es un disparate aún mayor.

    • El autismo, por ejemplo, contraviene tu aserto.
      Y la equiparación ‘lógica de Carroll’ con ‘disparate’ ratifica….la lógica de Carroll.

      El artículo es para enmarcar en lo inmarcesible.

  2. Pingback: Enlaces Recomendados de la Semana (N°634)

  3. Estos excelentes artículos son una fuente inagotable de estímulos. Agradezco el recordar viejas lecturas.
    La figura era de humo, pero del humo de los sueños, o sea bien real porque detrás de él se veía el horizonte y la neblina húmeda del mar. Qué tal, marinero, cómo va la caza del bisonte, me preguntó el primero en abordar mi ballenera, dedicada a ellas con compasiva fortaleza, solo para demostrar que sabía rimar, pero no remar, ya que otros lo hicieron en su lugar. Muy bien, su excelencia. He aquí la real cédula, con mi nombre, o sea yo en grafía gótica sin gotas de tinta que desluzcan lo inaferrable; las cabezas permitidas y en cuáles puntos y no de los equinoccios anuales es permitido pezcazar. Como verá y de acuerdo al astrolabio, las estrellas que no están y al horizonte estoy en perfecta regla real pues estamos acá, en este preciso y circunscripto punto de mis cartas marineras. Y con mi dedo lo señalé. Acá por la mitad, gritó a rajagola esa pesadilla de humo r negro con un parche de pizarra rígida sobre su diestro ojo, sobre el cual apoyaba un catalejo y miraba, si es que miraba lo que yo no podía ver, por lo visto o no, bien lejos. El otro, el sano lo tenía bien abierto, como de asombro se diría. Os estáis burlando de mi imperfección tal vez marinero. Dios me valga, su señoria. Por cierto que no. Ni en sueños me atrevería a tal insensatez. Bien. Entonces veamos esos registros de bitácora… a la mitad. Dos cabezas como máximo dice el rey. Bien. Cuántas habéis… pezcazadas. Después de furibunda y extenuante lucha dos, con pérdidas de ambos lados, su excelencia, o sea una que están faeneando en la bodega. Fue entonces que sonrió a la mitad. Veo que entendéis, que tenéis sensibilidad, que despreciáis la burocracia, ese sistema binario del intelecto que nos lleva a la confusión. Vos no sabéis cuán claro veo todo, sin sombras, sin ambigüedades. Lo que es, es y lo que no es, no es. Dejadnos solos, ordenó a la chusma que comenzaba a chusmear. Decidme, buen amigo, cómo hacéis para identificar la cabeza de este mamífero de pesadilla que ni manos ni cuello tiene. Oh, su excelencia, ha tocado usted una cicatriz moral. Cuántas veces he querido pezcazar solo el cuerpo, mas soy humano, siempre famélico y a la deriva, y es repugnante comerse las ideas que seguramente tendrán, pues no hay cabezas sin cuerpo y viceversa. Son inseparables. Una condena. Me observó atentamente, siempre a la mitad, luego las nubes blanquísimas y pocas que pasaban lentas sobre nuestras cabezas que para él eran grises y cargadas, señal de próxima tempestad. Os aconsejo amainar, cambiar rumbo y buscar reparo. Y después de firmar el visto bueno me recomendó que cuidara mi cabeza, pues eran muy pocos los tuertos en el reino de su majestad. Y de repente, como si se elevara de las mismas aguas cerrando el cielo, llegó la tormenta queriendo castigar a mi ballenera..

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