
Este texto ha sido el finalista del concurso DIPC–LSC-Laboratorium en la modalidad de ensayo de divulgación científica de Ciencia Jot Down 2021. Puedes leer aquí el ensayo ganador y aquí el relato de la modalidad de narrativa.

Mucha gente cree que Alicia solo visitó el País de las Maravillas. En cambio, poca gente sabe que Alicia, además de meterse en un agujero siguiendo a un conejo, también atravesó el espejo de su cuarto y se introdujo en el mundo del reflejo.
«¿Crees que allí te darían leche?» — pregunta a su gato — «Tal vez la leche reflejo no se pueda beber».
Lo que ni la propia Alicia sabe es que no le hace falta atravesar el espejo. Ya vivimos en un mundo plagado de reflejos. Estamos hechos de ellos, como nuestras propias manos. Aun así, muchas simetrías se esconden más allá de nuestros ojos, en las propias sustancias químicas que nos componen. De hecho, la pregunta de Alicia ya tiene respuesta. La leche espejo no se puede beber, no la podemos digerir.
Somos de los pocos animales capaces de reconocernos a nosotros mismos en un espejo. A pesar de ello, tuvo que pasar un milenio y ochocientos cuarenta y ocho años de nuestra era para reconocer por primera vez los espejos que nos rodean. En París, el mismo año que una revolución declaraba la Segunda República de Francia, un joven Pasteur iluminaba con una lámpara mezclas en su laboratorio. Uno de esos compuestos, extraído del vino, reflejaba la luz de forma distinta según el día que lo purificaba, a veces la giraba hacia la izquierda y otras hacia la derecha. Pasteur y su mentor anunciaron el hallazgo, pero los químicos de la época dudaron de los preparados de un estudiante. Si Pasteur estaba usando el mismo compuesto, tantas diferencias al girar la luz eran imposibles. Algo estaba mal.
Pero lo que se creía puro, como ocurre a menudo a lo largo de nuestra historia, resultó no serlo tanto. Las purificaciones de Pasteur eran mezclas de dos moléculas idénticas —mismo número de átomos, misma distancia entre ellos— que solo difieren en una cosa: su orientación. Dos moléculas que solo se diferencian en que una tiene un átomo a un lado y otra al contrario. Cada una condenada, al igual que nuestras manos, a ser el vivo reflejo de la otra.
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Un artículo muy interesante y riguroso a la vez que accesible a la gente que no domina la materia.
Mi más sincera enhorabuena al autor.
No soy muy avezado en la materia, pero se entiende. Ya el hecho de descubrir otras “intenciones” de la naturaleza es fascinante. Me pregunto, como ignorante por supuesto, si esta realidad tendrá algo que ver con que seamos diestros en mayoría. Los zurdos me causan asombro. Trato de escribir con ella. No es tan difícil, me entiendo. Gracias por la divulgación.
Pues si, tal vez Alicia no lo supiera, pero cualquiera que haya sobrevivido a un curso más o menos avanzado de química sabe lo divertido que es estudiar química en tres dimensiones jaja :) muy muy divertido… Qué tiempos aquellos. Ésa sí que era una madriguera profunda :)
Cómo dato curioso, hay medicamentos asimétricos cuya imagen especular hace algo más que simplemente ser inherentes. Hubo un caso, no me acuerdo cual, de un fármaco creo que para embarazadas, cuya imágen espejo generaba… Muerte y malformaciones fetales… Y no lo tuvieron en cuenta hasta que fue un poco tarde.
Hubo un 50% de mujeres embarazadas que tuvieron suerte, y otro 50% que no tanta, dependiendo de que imágen especular le tocó.
Talidomida