
Este artículo encuentra disponible en papel en nuestra trimestral nº3 especial Verne y su tiempo
(Viene de la tercera parte)
Inglaterra y Escocia
Del aeropuerto Tegel de Berlín, me traslado a Londres, la capital de una nación, de un imperio, que Julio Verne debió admirar mucho; en 1859, él mismo viajó a Inglaterra y Escocia en compañía de Aristide Hignard, viaje del que extrajo materiales para su primer manuscrito, Voyage à Reculons en Angleterre et l’Ecosse, publicado póstumamente en 1989 (volvió a Escocia en 1879, aprovechando la ocasión para visitar también Irlanda). No dudo cuál debe ser mi primer destino: la abadía de Westminster, más concretamente la zona donde están enterrados algunos de los científicos británicos más destacados de la historia.
Ir allí en primer lugar es como cumplir con un ritual sagrado: rendir testimonio de admiración y respeto a aquellos que contribuyeron a hacer grande, o más grande, la ciencia. Allí reposan los restos de, entre otros, físicos, químicos, geólogos, naturalistas y médicos como Charles Lyell, Charles Darwin, Alfred Russel Wallace, Thomas Young, Humphry Davy, Michael Faraday, James Clerk Maxwell, James Prescott Joule, William Thomson (lord Kelvin), lord Rayleigh, Joseph John Thomson, Ernest Rutherford y Paul Dirac; de los astrónomos William Herschel, su hijo John Frederick, y John Couch Adams, célebre por haber predicho la existencia y posición del planeta Neptuno; o de los ingenieros James Watt, Isambard Kingdom Brunel, George Stephenson, uno de los «padres» del ferrocarril, y de su hijo Robert. Y también, por supuesto, los de Isaac Newton. Su tumba, justo al lado de la humildísima de Darwin (una losa en el suelo con solo su nombre), impresiona. El 28 de marzo del año de su muerte, 1727, sus compatriotas honraron su cuerpo en la Cámara Jerusalén y en 1731 se erigió un monumento en su tumba. En él aparece reclinado, junto a una mujer que representa la Astronomía, como la reina de las ciencias, sentada y llorando. Y una inscripción: «Congratúlense los mortales de que haya existido tal y tan grande ornamento de la raza humana».
Tampoco me ofrece dudas el segundo lugar a visitar: la Royal Institution, en el 21 de Albemarle Street. Establecida en 1799, entre sus fundadores estaban personas como el reformador social, inventor y físico norteamericano Benjamin Thompson, conde Rumford, el naturalista, botánico y explorador sir Joseph Banks y sir Thomas Bernard (de la Society for Bettering the Condition of the Poor; «Sociedad para la Mejora de las Condiciones de los Pobres»). La memoria que preparó Rumford defendiendo la necesidad de semejante institución constituye un temprano ejemplo de política científica. Su título era: Propuestas para formar en la metrópolis del Imperio Británico, mediante subscripción, una Institución Pública para difundir el conocimiento y facilitar la introducción general de inventos y mejoras útiles, y para enseñar, a través de cursos de conferencias filosóficas y de experimentos, la aplicación de la ciencia a los fines comunes de la vida.
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