Sociedad

Un hálito benéfico 

hálito benéfico Ilustración Pablo Amargo
Ilustración: Pablo Amargo.

Permitan que les cuente una historia importante para mí. De alguna forma, se refiere a otro asunto importante para mí. Se trata de hálitos benéficos, de las personas que nos influyen y ayudan (sabiéndolo o no) y de lo que guardamos de ellas. Se trata de cosas extrañas en general. Cosas difíciles.

Les ruego paciencia.

El Correo Catalán, un diario fundado en 1876 por un grupo de agitadores carlistas y curas integristas, estaba en plena decadencia al cumplir cien años. Jordi Pujol lo había comprado en 1974 para utilizarlo como instrumento propagandístico. No creo que le sirviera de gran cosa: tardó solo ocho años en arruinarlo y cerrarlo. Un servidor de ustedes, de forma muy modesta, contribuyó a ese declive acelerado. Ingresé en la redacción de lo que todo el mundo llamaba «Correu» el 14 de junio de 1977, recién cumplidos los dieciocho. Podía ver de cerca cómo trabajaban, bebían y maldecían tipos a quienes yo admiraba, como José Martí Gómez o Joan de Sagarra, y además cobraba algo, poco, a fin de mes. Un auténtico golpe de suerte.

Como mi ignorancia estaba a la altura de mi desfachatez (y de mi pánico: aún tengo miedo de cruzar esa puerta grisácea que ya solo existe en mis pesadillas), me atrevía con todo. Lo mismo punteaba un teletipo que perpetraba un reportaje o, esto lo confieso abochornado, pergeñaba una columnilla sobre lo que tocara. Presté importantes servicios a la empresa en los meses de vacaciones. Si había que llenar un hueco en un día tonto, ahí estaba yo. Llegué a escribir una doble página sobre ornitología.

En uno de esos días tontos, cuando los periodistas de verdad estaban de vacaciones, me encargaron una pieza sobre las funestas consecuencias que acarrearía una prohibición súbita del tabaco. Conviene recordar que por entonces se fumaba en los hospitales, en los aviones, en el lecho de muerte y en todas partes. Supongo que hablé con algún psicólogo y algún médico, cometí la iniquidad, entregué el texto (cuartillas de papel gris a doble espacio, para que los jefes pudieran tachar cómodamente) y a otra cosa.

Un par de días después, entré en la redacción y mi jefe (Albert Garrido) me mostró un diario de Madrid. Se trataba de Pueblo, el periódico popular del glorioso Movimiento Nacional, ya en horas bajas pero lleno de buenos periodistas. No eran periodistas respetables (se decía que en Pueblo las máquinas de escribir se encadenaban a las mesas para evitar su robo por parte de los redactores), pero sí respetados. En el ejemplar en cuestión aparecía la columna de una de las firmas estelares de aquel diario, Raúl del Pozo. Y me citaba. A mí. Al pobre hombre no se le debió de ocurrir ninguna idea y confeccionó una pieza muy amena sobre mi artículo tabaquista. No puedo imaginar cómo llegó a manos de Raúl del Pozo la página del «Correu». En cualquier caso, me sentí consagrado. Alguien hablaba de mí allá a lo lejos, en Madrid.

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2 comentarios

  1. Me tendrás esperando a que puedas. Un abrazo

  2. ¡Qué buen raconto, señor! De las tripas para afuera diría; como queriendo cambiar de oficio sabiendo que es imposible. Emocionante leerlo, especialmente por esos personajes cotidianos o misteriosos que describe tan bien en pocas lineas. Ese condicional subjetivo con el cual comienza el epílgo me ha creado intranquilidad. Espero saber algún día los motivos. Decir que Mar (¡vaya pseudónimo!) es la “inventora”, no la ideadora, creadora, la mente de Jd aumenta el aurea de misterio. Me la imagino con los pelos en desorden, rodeada de probetas y alambiques literarios, y sobre todo moviles que no dejan rastros de un lenguaje cifrado de acuerdo a otro colega suyo. Un place la lectura. Gracias.

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