Uno de los asuntos que más me interesan es el de la entropía, el segundo principio de la termodinámica. Hasta el punto de que introduje una especie de lema “cuasitautológico” en mi blog personal: “nadie entre sin aumentar la entropía”, a raíz de publicar una serie de entradas sobre…
sistemas alejados del equilibrio termodinámico en los que el proceso de reducción de gradientes genera una organización que favorece la disipación, y, por tanto, esa misma reducción. De ser así, la aleatoriedad de la vida (de su origen y de su creciente complejidad) podría ser discutida: la existencia de energía de calidad disponible y su inexorable degradación serían un motor para la aparición de estructuras relativamente estables, capaces de acelerar ese proceso de degradación.
No se asusten si les suena a chino. El segundo principio de la termodinámica es una de esas cosas —como el descubrimiento de América, que contenemos un manual de instrucciones llamados genes, que Shakespeare escribía y Bach componía, o que todo lo que necesitas es amor— de las que debemos saber algo. Sí, algo. No se enorgullezca usted de decir que no sabe de algo porque “es de letras”, salvo que esté dispuesto a enorgullecerse por no ser capaz de situar Australia en un mapa o por preguntar quién compuso el Bolero de Ravel.
Ese principio nos habla de algo que un señor decidió llamar entropía y que tiene la característica de que aumenta en los sistemas aislados. No sabemos si el universo es un sistema térmicamente aislado o no. Si lo es, su entropía aumenta. Se ha dicho que la entropía es una medida del desorden o de la cantidad de información que hace falta para describir un sistema. Es un concepto cabrón, porque parece fijar una flecha del tiempo en contra de la reversibilidad propia de las leyes físicas y porque nos aboca a una situación de equilibrio de aspecto pavoroso, algo que algunos llaman la muerte térmica: un universo homogéneo, en el que, a efectos prácticos, todo esta inmóvil, aunque a la escala de las partículas y moléculas persistan las fluctuaciones alrededor de ese estado de equilibrio.
Esta rama de la ciencia que había nacido para explicar qué ocurre con las máquinas y preguntarse si es posible un móvil perpetuo de segunda especie —me encanta; repitan conmigo “móvil perpetuo de segunda especie”—, se convertía así en un escenario para la reflexión filosófica y la conversación eterna con Brahma entre sueño y sueño.
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Otro libro interesante sobre el tema es «Into the cool», de Eric Schneider y Dorion Sagan, donde se explica el «paradójico» hecho de la vida en un universo que tiende a apalancarse siempre que puede. Y para las implicaciones de la segunda ley de la termodinámica en la economía, «Entropía y proceso económico», del (olvidado) economista rumano Nicholas Georgescu-Roegen.
El libro de Schneider y Sagan es el que motivó que iniciase el ciclo de entradas en mi blog. En España se tradujo como La termodinámica de la vida.
http://www.tusquetseditores.com/titulos/metatemas-la-termodinamica-de-la-vida
Creo que plantearse la existencia (de cosas) desde nuestra limitada percepción es una quimera, una quimera que a mí también me apasiona. Que nuestra percepción existe es lo único que puedo asegurar y con ello espero estar definiendo mi concepto de percepción. A mí me gusta considerar la entropía como la energía inconcreta esperando a ser concretizada… algo así como la arena de una playa esperando a formar parte de un bonito y efímero castillo o de una asquerosa amalgama junto con petroleo crudo y plumas de gaviota… ya sé que no es una definición científica pero sí una forma de vivirlo.
Mientras hablamos, pensamos y soñamos con la entropía estamos cogiendo puñados de arena en nuestras manos y viendo como se escapa entre nuestros dedos… poco a poco cobra sentido… y quizás estamos influyendo en que nuestra propia percepción cambie, evolucione o simplemente de un pequeño salto. Apasionante.