
Pocos continentes son tan populares para los viajeros, aunque a menudo olvidemos que no es por causa de sus monumentos, ciudades y antiguas ruinas, sino por una larga tradición construida por los diarios personales. Los apuntes sobre viajes a Europa crearon una psicología asociada al hecho mismo de viajar. Michel de Montaigne, creador del género del ensayo y gran viajero, se burlaba de sus compatriotas los franceses, por retirarse a mesas aparte donde eran servidos en su idioma y acorde a sus costumbres, mientras él elegía empaparse de la cultura que visitaba. No tenemos todos un conocido que fue a Nueva York y buscó dónde comer paella. Ben Johnson, el dramaturgo más influyente del Renacimiento, y de los primeros en reconocer el legado de Shakespeare, escribió un elogio interesado para Thomas Coryat. Interesado, porque era para conseguirle al hombre un editor para su diario. Pero le llamaba máquina de andar, y eso más que alabanza era descripción certera, porque fue de los primeros en viajar exclusivamente a pie, comenzó en su isla y acabó en la India. Habituado a recorrer treinta kilómetros diarios, sus zapatos se exhibían como exvoto hasta el siglo XVIII en la iglesia de Odcombe, y allí sigue una réplica porque, ya saben, turista llama turista, cuatro siglos después.
Nuestra psicología viajera no ha cambiado tanto, porque seguramente el ser humano que abandona su hogar siempre siente lo mismo. Curiosidad por conocer el mundo, una fe algo ingenua en que hay maravillas desconocidas en cada punto de destino, desconfianza universal hacia los extranjeros, y preocupación por los gastos, el cansancio, y la soledad lejos de tu tierra.
También es el mismo el espíritu de los autores, pues a aquellos viajeros les obsesionaba publicar sus diarios y conseguir así, tal vez, un puesto bien remunerado. Elegidos por un noble o gran señor que apreciara, por la lectura, sus cualidades personales. Así que para conseguir su fin, no dudaban en copiarse unos a otros, o por no olvidarse de contar las mismas cosas que otros habían mencionado.
Uno de los más singulares aspectos de aquellos viajes, citado a menudo, son los fantasmas y duendes que habitaban las posadas donde los viajeros dormían. Giovanni Francesco Gemelli Careri, primer europeo en dar la vuelta al mundo como turista, y no especialmente crédulo, cuenta en una de sus cartas como le arrebatan las sábanas de un tirón una noche, en una habitación en que está solo y cerrado con llave por dentro. Al día siguiente el resto de huéspedes comentan episodios similares, atribuyéndolos a los espíritus. Si cruzamos esa referencia con los diarios del escocés John Lauder encontramos un apunte que muy bien podría explicar estas emociones nocturnas no solicitadas. El lord nos sugiere, como modo de divertirse, atar las ropas de cama del compañero de habitación con una cuerda, sin que se entere, y cuando en mitad de la noche está a punto de dormirse, arrancárselas de un tirón, para hacerle creer que es cosa de fantasmas.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Parece el resumen de un resumen de un resumen. El tema a exponer en éste artículo da para mucho más. Saludos.