
Después de dar la chapa por aquí con auténticos polvorones escritos, ora sobre el tenis y sus artefactos audiovisuales, ora sobre los clásicos del cine renegados, que no interesan a nadie, me he prometido a mí mismo empezar el curso ligero como un volován. A ver si alguien me lee.
Hablando de leer, qué mejor que recurrir a Instagram, que es gratis y con su espuma inane te hace un retrato. Nunca mejor dicho.
Y resulta, además, que el algoritmo de Meta me tiene pelota. Si hace unas semanas, a propósito de un posado/robado a David Lynch para Gucci, en el que un trasunto hipervitaminado de Kate Moss interpretaba en playback el «Wicked Game» de Chris Isaak, no me aparecían más que shorts de Wild at Heart, en estos días en los que me documento visual-literariamente, no hace más que obsequiarme obscenamente con fotos de variado paisanaje, peña, fulanos, fulanas y fulanes con libros, esas cosas, entre las manos y las piernas, en actitud presuntamente literaria y en entornos paradisíacos, sujetándolos cual becerro de oro. Algunos de ellos son contactos míos y tampoco voy a nombrarles porque no quiero demandas sentimentales, pero, sobre todo, no quiero distraerles en su sagrado e íntimo tiempo de lectura de clásicos tipo La soledad de los números primos o cualquier novela de Juan del Val, ideales para degustarlas después de catorce vermús playeros, con la secreta esperanza de que las palabras se vuelvan a mezclar borrachas y esas ¿novelas? adquieran algún sentido artístico.
¿He dicho íntimo? No lo quieren así sus protagonistas, esa es la idea. Son fotos, generalmente, las de ellas, en la playa, con las rodillas plegadas en las que les asoma ligeramente la braguita del bikini y, al fondo, un precioso sol vespertino entre las piernas como la novela de Juan Marsé, piel besada por la arena y licuada por el Mediterráneo y un libro a medio abrir del que, por supuesto, se ve la portada, no vaya a ser que creamos que es la Guía Marca. Ellos, en mucha menor medida, los alfa boys con conciencia de clase cultural, suelen agarrar el libro igual que a una perdiz a punto de escaparse y dejan entrever la pulsera del reloj, que generalmente suele ser una corona suiza, pero al ser en 2D no se sabe si es de verdad o de palo.
Así, poco a poco, va calando su mensaje, como en los anuncios de teletienda, para acabar convirtiendo un commodity en algo aspiracional. Y ahí se les ve el truco. Deberían leer más para que no les pasen estas cosas tan evidentes.
Coger el móvil —o lo que da más vergüenza ajena, pasárselo a quien tengas al lado— para hacerte una foto mientras haces que lees (porque, tempus fugit, mientras encuadras y le das al círculo no puedes mirar a la página, a no ser que sea una de Eva García Sáenz de Urturi, que ya sabes cómo va a continuar), habla ya de una declaración de intenciones. El libro que lees es el Machu Picchu, algo anómalo largamente anhelado que merece, según tu criterio, documentarse y enseñarlo al mundo.
El mero metalenguaje de hacerse una foto mientras ¿lees? invalida el hecho de hacerlo. O, más bien, el hecho de hacerlo «de verdad».
Proliferan también los extramotivados, aquellos del «vamos a por el cuarto, o quinto», mientras exhiben la portada de turno. No sabemos si se refieren al Aperol o a la última de David Uclés.
Llevar la cuenta de lo que uno lee es un viejo atavismo de gimnasio, y recuerda a los cazarrecompensas del Far West, a los William Munny que troquelaban la madera de su Starr Army del 58 cada vez que se cobraba una víctima. Mango largo, estantería corta.
Parece ser, entonces, que hacer que lees, o incluso que lo haces de verdad y ejecutas ese acto cognitivo, debe ser una cosa que tengas que cantar a los cuatro vientos como algo fuera de lo común.
Con lo cual, tampoco hay que ser muy listo, ni haber leído a Sonsoles Ónega, para caer en la cuenta de que esta anomalía de aquellos que presumen de leer en verano, el resto del año no la practican y convierten algo tan común, tan normal, tan del día a día de quien lo hace, en alquilar una barquita para cruzar a La Flecha.
De una u otra manera ellos mismos se descabezan involuntariamente: lo que realmente están diciendo a sus followers es que, durante once meses, como mínimo, no tocan los libros ni con un palo.
Y no pasa nada, porque entra dentro de la lógica y la estadística: en España nadie lee, aunque se publican más de noventa mil libros al año; en España nadie va al cine, aunque se estrenan más de setecientas películas —solo en salas— cada año. Y en España, nadie va al teatro y nadie va a los museos. En España, en definitiva, cuatro gatas consumen cultura. Y se agradece la coherencia de la lideresa de todos ellos, María Pombo y su magistral alegato «no sois mejores porque os guste leer, hay que superarlo». Al menos ella es coherente. Algunos la llaman inculta por decir eso. Suelen ser los mismos que se fotografían con un lomo (de cuero) entre las piernas. Como si leer te hiciera más culto. ¿Pero quién dijo eso?
El que lee, de verdad, en un acto orgánico e instintivo similar a pestañear, desde luego no piensa en lo cuantitativo —«¿Cuántos llevo este mes?»—. La persona que conozco que más lee, primero, no lo dice; segundo, no tiene redes sociales; y tercero, acumula libros en bolsas debajo de la cama, a salvo de instagramers, porque su librería con tres anfiteatros no aguanta más.
En cuanto a quien esto firma, presumo de que en agosto me he leído dos libros —y por trabajo, o sea, por obligación—; uno, la Odisea de Homero, ya te imaginas para qué; el otro, el Mein Kampf de Hitler, documentándome para un artículo sobre la ignominia nazi. Este último quizá no sea muy instagrameable.
Y el resto del mes no he leído nada.
Pon eso en tu IG.





