Cine y TV

Alfred Hitchcock, el narrador-presentador

Alfred Hitchcock, el narrador-presentador
Ilustración: Diego Cuevas.

Sonaba la inconfundible musiquilla y aparecía en la pantalla la silueta del narrador, una simple caricatura de dos trazos —calva y barriga—, a la que pronto se superponía la sombra real de Alfred Hitchcock, como un fantasma orondo, de deslizante papada, que avanzaba detrás de una cortina de papel. Durante años, en mi memoria confundida, esa cortina fue reemplazada por el cristal esmerilado de una puerta. 

La aparición del «mago del suspense» lo trastocaba todo; hasta la penumbra del cuarto parecía diferente, más lúgubre, más tupida. Los niños nos apretujábamos en el suelo, como espíritus anhelantes, ante el fuego sagrado de la televisión. Presos de fascinación y miedo —la boca abierta, el corazón palpitante—, dejábamos a un lado el plato lleno de migas o el Cola Cao con galletas para asistir a uno de los acontecimientos más gozosos que nos han sido concedidos: la narración de una historia. 

Sir Alfred Hitchcock era un logo andante. Un logo de sí mismo. Su imagen, reconocible en el mundo entero, se imponía con naturalidad ante el espectador: ciento treinta y cinco kilos de ironía británica que escondían un oscuro avispero freudiano de instintos sexuales, complejos y miedos. Aunque habían pasado tres décadas desde la filmación de aquella serie, las imágenes en blanco y negro de Alfred Hitchcock presenta no habían perdido emoción ni intensidad para nosotros, habituados a la impudicia desvaída del color (como tampoco había perdido un ápice de belleza la sobrina de Los Monster, a la que contemplábamos extasiados los sábados por la mañana en La bola de cristal). 

Las historias de Alfred Hitchcock presenta eran muy variadas, con predominio de los toques sombríos, siniestros y desasosegantes, y nos dejaban en suspenso mientras las veíamos. Se trataba de historias autónomas, completas e independientes: cada episodio tenía una trama distinta y personajes nuevos; unas eran de misterio, otras realistas, otras sobrenaturales; en unas dominaba el humor, en otras el miedo, en otras el suspense; a menudo transcurrían en ambientes familiares acomodados, a veces en barrios del extrarradio o en carreteras perdidas, a veces en ciudades exóticas, y solían estar protagonizadas por personas corrientes y molientes, falsos culpables, seres anodinos que se convertían en criminales por el azar de las circunstancias… Cabían todos los géneros: del drama a la comedia pasando por el terror o la ciencia ficción. Desde entonces aquellas historias han quedado fijadas en mi memoria como un ejemplo de narración pura.   

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Un comentario

  1. El arte de la narración es muy sencillo y, a la vez, terriblemente complicado.
    Un buen narrador logra que un argumento de lo más manido suene original e impactante. El narrador mediocre puede lograr que un argumento original y valioso parezca aburrido e insulso.
    Y es que no hay tantos argumentos. Pero sí millones de formas de narrarlos. Alfred Hitchcock era de la primera clase de narradores. Y sabía que lo directo e ingenuo puede impactar tanto o más que lo alambicado y retorcido.
    Sí, yo también recuerdo esa serie. Allí aprendí mucho sobre la manera de contar (que no explicar) una historia. Y me enseñó que el horror y el humor están mucho más cercanos de lo que por lo común se cree.
    Gracias por el artículo y los recuerdos.

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