Arte y Letras Literatura

El coleccionista de almas

Nikolái Gógol. las almas muertas
Nikolái Gógol. las almas muertas

En torno a la literatura gravitan artistas del engaño, seductores de guante blanco o pícaros de poca monta dispuestos a dar gato por liebre sin contemplaciones ni disimulos, a cara descubierta. La esencia de la narración es levantar castillos en el aire con la materia prima de las palabras. ¿Existe un ilusionismo más eficaz? Desde la década de los ochenta, cuando los estudios cognitivos y literarios empezaron a converger, se ha ido desentrañando lo que ocurre en el cerebro cuando leemos una obra de ficción. ¿Por qué necesitamos abrir un libro para suspender nuestra atención de lo que nos rodea y dirigirla a un mundo intangible? Para la selva neuronal, la lectura es tan válida para desencadenar una tormenta electroquímica como la experiencia real. Es decir, a la mente no le preocupa corroborar la autenticidad de la información que recibe, lo que quiere es que se desate la tempestad, como una fe de vida. Nada que no apuntara ya un virtuoso de las falsas identidades, Fernando Pessoa. O, mejor dicho, el lánguido Bernardo Soares; en una de sus anotaciones del desasosiego afirma que cuando levanta la mirada de las páginas —«donde estoy sintiendo verdaderamente»— lo que ve no es sino una «distracción inútil». Por así decirlo, reconocemos los aromas, los ruidos, los colores, las alegrías y los sinsabores de Beira, las riberas del Congo, Chernóbil, la sierra de Balou, Yvetot o el valle de Kłodzko porque leímos a Couto, Gurnah, Alexiévich, Lianke, Ernaux o Tokarczuk, aunque nunca hayamos estado en esos lugares de cuerpo presente. Y el encantamiento se vuelve tan irrefutable que las fronteras se difuminan, como le sucede a Anna Karénina en el tren de vuelta a Moscú, cuando saca una novela inglesa y por fin se sumerge en la lectura —al principio el alboroto y el ruido del tren la molestan, pero luego se vuelven una cadencia monótona que puede ignorar— y siente que le gustaría participar en aquello que lee: si alguien cuida de un enfermo, entrar ella misma sin hacer ruido en esa habitación; si un parlamentario pronuncia un discurso, tomar a continuación la palabra, si el protagonista cree que debería avergonzarse, ese mismo sentimiento se apodera de ella. 

Cuando pienso en el arte del engaño, se me aparece al momento con nitidez el rostro de Nikolái Gógol —bigotito, nariz aguileña, raya marcada a la derecha, media sonrisa de Gioconda, mirada aviar—, con esa particularidad que tiene recordar a alguien del que solo has visto retratos al óleo y un daguerrotipo de mediados del siglo XIX. En ese mismo año, según la cronología que hizo Nabokov para acompañar el ensayo que le dedicó por ser uno de sus escritores preferidos, «viajó de un lugar a otro buscando salud, inspiración, sin encontrar ni una cosa ni la otra». Todo en Gógol tiene un lustre de impostura, de picardía, de juego de apariencias y máscaras, tanto en su biografía como en lo que escribió, el qué y el cómo, hasta tal punto que muchos datos sobre su vida se deben tomar con pinzas. Se rodeó de misterio, convencido de que la primera obra de arte debía ser uno mismo y, por tanto, en caso de ser necesario, si había que adaptar este o aquel dato personal para «mejorar» la carta de presentación, pues se hacía. Nos fascinan estos escritores que, en cierto modo, se creen también personajes salidos de su imaginación, como Isaak Bábel o Serguéi Dovlátov: cada vez que miraban atrás para contar alguna anécdota, citar una réplica o apuntar un detalle, el material se transformaba, se enriquecía, ya no coincidía con la última versión. Gógol pertenecía a esa camarilla. ¿Fue en plena crisis existencial a Jerusalén? ¿Es verdad que cuando le leyó a Pushkin un primer borrador del inicio de Las almas muertas, este lamentó, la voz cargada de pena: «¡Dios mío, qué triste es nuestra Rusia!»? 

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