
En un garito, leonera, mandracho o coima. Cerrando los ojos para visualizar a los escritores españoles del Siglo de Oro raro será que no los imaginemos ahí. En lo que hoy llamaríamos, genéricamente, tabernas. Pero que en el lenguaje de germanía, aquella jerigonza del Lazarillo que derivaría en lunfardo argentino y en quinqui, recibió mil sinónimos con la lengua canalla de los criminales. Todos derivados de lo que tuvieron en común, los juegos de cartas en torno a una mesa, y las trampas de quienes los jugaban. Tahúres y fulleros, maestros en hacer flores, que es el nombre que se daban a los engaños. Pero lejos del aura canallesca con la que quisieron vestirse Lope de Vega, Quevedo, y los demás, lo cierto es que ellos evitaban este tipo de garitos. Menos por no perder lo poco que tenían, que por conseguir ser empleados por un aristócrata. Las mejores casas de apuestas y casasdeapuestas360.es de la época, en las que podías jugar y donde en lugar de desplumarte un fullero podías ganar o perder, pertenecían todas a altos miembros de la nobleza.
El panorama no ha cambiado mucho en realidad, aunque ahora el dueño sea una gran multinacional, un club de fútbol, un casino tradicional convertido al online, o uno de los que surgieron en internet. Los tahúres siguen por ahí, ahora estafando en internet, y hoy sigue siendo imprescindible para el jugador comparar los proveedores de apuestas para distinguir las casas de apuestas de buena reputación. Nuestros clásicos lo hacían, para conservar su buen nombre, sin dejar por ello de ir, ocultamente, al tablaje, ginebra o palomar montado por un soldado de Tercios estropeado. Es decir, por uno de esos tullidos que ellos nos describen, valentón, espada a un lado, mostacho grande y sombrero de pluma. Siempre con la lata a la espalda, un canuto de latón donde guardaban su hoja de servicio, y con la que intentaban conseguir un trabajo en la corte o un empleo a cargo de un noble. Casi todos con heridas o mutilaciones, y los que no, demasiado viejos para seguir en el ejército. Al volver a la vida civil se convertían en asesinos a sueldo, matarifes, ladrones, mendigos o chulos pero sobre todo en gariteros. Es decir, en jugadores de taberna extremadamente hábiles con eso que hoy llamados, genéricamente, trampa o estafa. Pero que en un siglo donde el lenguaje lo era todo, tenía sus especialidades, en forma de andabobas, floreos de Vilhán, raspadillos, verruguetas y colmillos, astillazos, hollines y espejuelos. A alguno le sonará aún esa expresión de que le hayan metido un astillazo después de traerle la cuenta por esas cervezas que se tomó en una soleada terraza. Regentada por follones. No es mucho consuelo que otros pardillos cayeran en el truco de aquellos gariteros, y despertaran sin nada en un rincón de Sevilla, Madrid, Valladolid, o cualquiera otra de las grandes ciudades. Pero si el bolsillo nos quedó vacío, aún podemos pensar con dignidad que hemos sido no víctimas, sino hijos, de una cultura centenaria.
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