Tendencias Moda

De la cultura, a la alta costura: el ascenso de la ropa deportiva desde el cine, la música, y las cintas de vídeo

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Uma Thurman en una escena de Kill Bill con las deportivas Onitsuka modelo Tiger México 66 que usaba Bruce Lee y que también se homenajean en la serie Ted Lasso.

Aparecieron en los ochenta, mujeres en chándal pero maquilladas y con tacones, y hombres barrigones que daban a esa prenda un único uso deportivo: comprar el periódico de los domingos. Se hacía burla de ellos, pero al mismo tiempo se miraban con admiración las fotografías llegadas del otro extremo del mundo, el Nueva York referente de la moda informal. Los ejecutivos de Wall Street subían de las estaciones de metro con su traje y zapatillas deportivas en los pies. Todo hay que decirlo, las cambiaban por zapatos en la puerta de la oficina. Ambos fenómenos eran un síntoma de que la ropa deportiva comenzaba a ser aceptada como ropa de diario. Un fenómeno completamente consolidado después de la pandemia, que va a más, y que conecta su lejano origen, los años cincuenta, con el entretenimiento a distancia. La popularización de la tele en color trasladó a la gente del estadio al salón de casa con la misma naturalidad que hemos visto pasar de los locales físicos a los sitios en línea como Winamax apuestas deportivas. La ropa de deporte se hizo atractiva de forma masiva, por lo fácil que era verla, pero también porque todo el mundo la veía en color.

Desde principios de siglo, con la popularización del deporte de masas, las equipaciones se reproducían en blanco y negro en los periódicos, solo mucho más tarde se vieron en color en los cromos que coleccionaban los niños, y más tarde aún en las revistas impresas en cuatricromía. No es por casualidad que la primera prenda deportiva popular, el polo de tenis Lacoste, años treinta, fuera blanco. Pero pese a la popularidad de los deportes y lo vistosos que se volvieron con la tele en color, a nadie se le hubiera ocurrido ir por la calle vestido como en el terreno de juego o en el gimnasio.

La primera piedra del camino al chándal la puso la cultura juvenil de los cincuenta. Hasta entonces lo normal en un joven era llevar traje. Pero aquella nueva generación que por primera vez podía tener un coche, una radio, un tocadiscos, se encontraba viviendo constreñida por las normas sociales previas a la Segunda Guerra Mundial. Y ellos querían vivir conforme a unas nuevas reglas. A mediados de la década dos películas, Salvaje, 1953, con Marlon Brando y Rebelde sin causa, 1954, con James Dean, reflejaron esta realidad y además la dotaron de una nueva estética. Denominada bad boys, se manifestó en usar vaqueros, camisas remangadas y pelo con corte militar. Acababa de ponerse la semilla que iba a estallar definitivamente gracias a la canción That’s all right, grabada en 1954.

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