
El 4 de julio de 1977, El Eternauta se empezó a publicar en La Gaceta de Tucumán. El 27 de abril del mismo año, su autor, Héctor Germán Oesterheld, había sido secuestrado por un comando de las fuerzas armadas que ejercían el poder en Argentina. Cuando en ese invierno en Tucumán vimos a Juan Salvo materializarse en la silla frente al autor de su historia, este llevaba meses desaparecido.
Sin embargo, en la historieta estaba vivo. Y la contaba en primera persona desde el minuto uno. Ya en el cuadro inicial vemos la casa de Oesterheld, en Vicente López. Estamos en la vereda de enfrente, en medio de la noche, mirando el único punto activo en medio del barrio dormido. «Era de madrugada, apenas las tres. No había ninguna luz en las casas de la vecindad. La ventana de mi cuarto de trabajo era la única iluminada». Y en ese momento cruje la silla que tiene enfrente y se corporiza Juan Salvo. A partir de ahí, el relato va a ser a dos voces encimadas. Salvo le narra a Oesterheld unos acontecimientos que van a atravesar el tiempo y la historia de la historieta argentina, y Oesterheld escribe con la voz del Eternauta.
Así empieza El Eternauta, en un juego de papeles mezclados, sucediendo al mismo tiempo en distintos planos. Su tema es la historia de una invasión y la resistencia a esa invasión. Pero el material con el que está construida es el tiempo. En la historieta y afuera del papel, El Eternauta está ligado al tiempo, a los desencuentros en el tiempo y a los rulos psicóticos de la historia argentina.

Desde su mismo nombre. Cuando Juan Salvo termina de tomar forma en su estudio, en medio de una noche cualquiera, Oesterheld le pregunta: «¿Quién eres tú?» (la historieta está escrita en tuteo. Convenciones de la época), y Salvo le responde: «Podría darte centenares de nombres y no te mentiría: todos han sido míos. Pero quizá el que te resulte más comprensible sea el que me puso una especie de filósofo, de fines del siglo XXI… El Eternauta, me llamó él… para explicar, en una sola palabra, mi condición de navegante en el tiempo, de viajero por la eternidad, mi desolada condición de peregrino de los siglos».
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