Ocio y Vicio Eros

Brujería y pornografía fría (y 2)

brujeria
Detalle de Bruja yendo al aquelarre (1880) de Luis Ricardo Falero.

Viene de «Brujería y pornografía fría (1)»

Celuloide conjurado

En el séptimo arte, la bruja ya era una vieja conocida desde mucho antes de aquellos maravillosos sesenta donde a la sociedad le estalló en la cara el fenómeno de la witchploitation. Porque cuatro décadas antes, en 1922, un danés llamado Benjamim Christensen había perpetrado Häxan. La brujería a través de los tiempos. Un documental teatralizado que, utilizando como base un manual alemán para inquisidores del siglo XV, le daba un repaso bien guapo a la historia de la brujería y el satanismo. En la pantalla, Häxan era un conjuro fascinante: una escenografía onírica forrada de ocurrencias visuales fabulosas y efectos especiales simpáticos, con caretas chulas e incluso una escena protagonizada por un bichejo animado en stop-motion. También albergaba secuencias de un Sabbath en el que las brujas hacían cola para besarle el culo al demonio, ritos con muñecas de juguete, e incluso utilizaba la treta del desnudo gratuito, pero poco explícito, con una jovenzuela que salía de casa en bolas para pisar hierba y ayuntar con monstruo. En general, Häxan era una encantadora pieza kitsch-ocultista de los años veinte. Una que fue semilla prematura de la fiebre por las brujas que brotaría cuarenta años después.

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Fotogramas de Häxan. Imagen: Svensk filmindustri.

Ya entrados en la década de los sesenta, las brujas comenzaron a ser utilizadas en el cine como subterfugio para las ficciones baratas y el erotismo light. Y eso es exactamente lo que ocurría en The naked witch (1961), una producción tejana rodada con cuatro perras. Y mucho más recatada de lo esperado al optar por una puesta en escena que parecía un gag de Austin Powers: ciertas secuencias tapaban con elementos del decorado, o con unas injustificables líneas negras, las vergüenzas de la mujer. En el metraje se veía busto de refilón, sí, pero el título que lucía su póster evocando a la naked witch era un vulgar clickbait, y el destape estaba aún alejado del nudismo que traería la brujamanía inminente. Mientras tanto, en otra película con demonios de la época llamada The Devil’s Hand (1961) la mujer maciza era la culpable de arrastrar al hombre desprevenido a ser víctima de una secta satánica.

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Lo de la izquierda es la portada de The naked witch, nótese que ahí ya hay rama tapando culete .Lo de la derecha es una escena con la bruja correteando por la campiña tal y como se ve en la película, censurada por una sombra extraña. Dicha franja negra bien podría ser el pito del cámara.

Parte de culpa del auge de la witchploitation la tuvo una serie de pseudo documentales dedicados a los aquelarres paganos. El pistoletazo de salida lo provocaron cosas como el (abre comillas) reportaje (cierra comillas) italiano Angeli bianchi… angeli negri (1969) de Luigi Scattini. Un film que llegó a las salas estadounidenses muy tuneado: rebautizado con el molón nombre de Witchcraft ’70, remontado con nuevas escenas rodadas por Less Frost y prometiendo dejar en estado de shock a la audiencia del mismo modo en el que lo hacían las películas que lucían la denominación «Mondo» durante aquellos años. Pero a la hora de la verdad, Witchcraft ‘70 era una coña, muy guionizada, delirante: rituales protagonizados por un desfile de chicas en topless cubriéndose los genitales porque el toto tiene un límite, banda sonora flower power y psicodélica como acompañamiento de la misas negras, sacerdotes oscuros degollando pollos y cabras sobre muchachas, algo de criogénesis porque en los setenta aquello sonaba a brujería, y un narrador que escupía sinsentidos y frasecillas tan pochas como «el aire de la noche transporta el hedor de las llamas, el sexo y un sudor acre antinatural», o «una balada de los sesenta rezaba «Dejé mi corazón en San Francisco» y ahora, en los setenta, uno puede dejar también su alma allí». Los fundadores de la Iglesia de Satán, Diane LaVey y Anton LaVey, el calvo con perilla satánico por excelencia, aparecían a modo de estrellas invitadas en Witchcraft ’70, oficiando un bodorrio. Pero aquello tampoco le daba más valor al producto, porque los LaVey eran unas attention whores que hubiera aceptado salir en cualquier cosa con tal de que alguien les hiciera un poco de casito.

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Un comentario

  1. Una y mil veces: «Brujas, sapos y aquelarres» de su magnífica majestad Pilar Pedraza.

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