
Jordi Lafebre (Barcelona, 1979) lleva veinticinco años siendo parte del mundo del cómic, pero habla de ese cosmos y de su trabajo con la misma pasión que lo haría un recién llegado. En cierto modo es así: su último libro, Soy su silencio (en castellano, en catalán, Soc el seu silenci), acaba de aterrizar en España de la mano de Norma Editorial, cuatro meses después de ser publicado por Dargaud en francés y tras haber recibido en este 2024 el Premio de las Librerías francesas, estar en la selección oficial del Gran Premio de la crítica ACBD y en la selección oficial al Mejor Cómic de Género Negro en el Festival de Angoulême. Lafebre está en constante movimiento, de ahí que intercalara la formación académica con la práctica pasando por todo tipo de revistas y trabajos cuando apenas contaba con diecinueve años, y que poco tiempo después se arriesgase a empezar de cero en el mercado franco-belga, y conociese a Zidrou, y se embarcasen en múltiples proyectos conjuntos (La anciana que nunca jugó al tenis y otros relatos que sientan bien, Lydie, La Mondaine, Los buenos veranos), y que se atreviese a dar un nuevo giro de timón al guionizar, además de dibujar, Carta blanca. Lafebre, decimos, está en constante movimiento y transformación, como sus personajes. Por eso él, al igual que ellos, vive en la ambigüedad del apátrida que alcanza a tocar suelo firme en el cómic, en la ficción, en la cultura y las tradiciones; se mueve en la encrucijada del que siempre está llegando al lugar del que tuvo que partir, aquel que, aun siendo un hogar, a veces no es su casa.
Nos desplazamos hasta las oficinas de ese templo del tebeo tan barcelonés como internacional llamado Norma Cómics para charlar con él sobre todos estos temas, su trayectoria profesional y algunos asuntos de distintas artes, y salimos de allí igual que de sus libros: rodeados por un aura de sincero y crítico optimismo, imbuidos de una alegre y amable inquietud por mirar el mundo con otros ojos.
Has estudiado en la Universidad de Barcelona y en la escuela Joso, ¿cómo dirías que tu formación académica ha influido en tu estilo artístico?
Ha influido totalmente. Esto es Jot Down, hay tiempo para contar cosas, ¿no? [risas]. Yo entré en la Joso por, literalmente, casualidades de la vida. Era un muchacho de Sants, un barrio de Barcelona, y al coger el metro veía anuncios de una escuela de cómic en la parada de mi barrio. A mí me encantaban los dibujos, leía tebeos, lo flipaba con los dibujos animados de la tele, y al ver el anuncio de la escuela de cómic Joso yo quería ir, pero en mi cabeza, como muchacho, pensaba que todos los barrios tenían una escuela de cómic y todas las ciudades tenían varias. Para mí era una cosa natural, porque estaba tan cerca… Luego a los quince o dieciséis años ya entré a un cursillo de verano, porque me gustaba mucho, mucho, y al acabar el instituto ya sabía que quería dedicarme a ser dibujante profesional. Intenté entrar en Bellas Artes, pero fallé en la prueba, y entré en un curso de tres años en la escuela Joso. Luego descubrí que, lejos de haber una escuela en cada barrio, era la única escuela de cómic que había en esa época.
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Buena entrevista, gran autor. Carta Blanca está en mi pequeño Olimpo de los cómics, una obra maestra lo mire por donde lo mire.
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«Carta blanca» y «Lydie», dos maravillas. Tengo también el integral de «Los buenos veranos» y el último «Soy su silencio» en la pila de pendientes, pero muy arriba.