
Serendipias virtuales
Comencé a investigar la obra de Charles Bukowski allá por 2007. Recuerdo con claridad que, al cabo de un par de años, estaba hablando con uno de los miembros del comité de mi doctorado. Había escrito su tesis sobre Moby Dick en 1992 y, quince años después, seguía publicando artículos sobre ese libro y Melville. Mi ingenuidad académica era tal que me costó asimilar esa información. ¿Cómo era posible que alguien dedicara quince años de su vida al mismo tema? ¿No estaba todo dicho ya? ¿Quedaba algún recoveco por descubrir? ¿En serio?
En serio. Allí seguía yo, quince años más tarde, picando piedra en el universo bukowskiano. Cierto, la mayor parte de la investigación la había hecho de manera intermitente, entre viajes, familia, rupturas, mudanzas, trabajos nuevos, etcétera. Lo normal. Nunca llegó a ser el pilar de mi vida, pero fue una presencia constante e inevitable, una especie de criadero mágico del que nacían libros, artículos, conferencias, amantes y quién sabe qué más. Un regalo llovido del cielo. Y, ah, sí, también una bio-bibliografía. Un proyecto monumental en el que había invertido muchas más horas de las debidas. Un libro repleto de anécdotas reveladoras y miles de datos aburridos que era imposible de concluir. La culpa, por supuesto, era de la enfermedad de escribir de Bukowski. Una enfermedad a todas luces incurable.
Después de volver a cierta normalidad tras la pandemia, sentí que era uno de esos momentos de «ahora o nunca». O le daba un empujón al proyecto para rematarlo de una vez por todas o acabaría rematándome. Noches inacabables, fines de semana de infarto sin despegarme del portátil y, de repente, ¡zas!, estaba finiquitado. O eso creí. Había perdido la esperanza de encontrar las dos publicaciones más esquivas y codiciadas de Bukowski, la revista Write y los periódicos de derechas en los que había publicado cartas a favor de los nazis a comienzos de la década de los cuarenta. Pero, contra todo pronóstico, una búsqueda rutinaria a mediados de 2023 acertó de pleno. No acababa de creerme lo que estaba viendo. ¿Esas cartas las había escrito el mismo Bukowski por el que me había desvivido durante unos quince años? ¿O se trataba de uno de esos espejismos con los que se topan los investigadores, exhaustos y con los ojos vidriosos, al final de un interminable día anodino?
Lo cierto es que dejé escapar un grito de asombro. ¡En ese preciso instante caí en la cuenta de que llevaba más de diez años tras la pista del periódico equivocado! Siempre que mencionaba las cartas nazis de la discordia me decían que echase un vistazo a los archivos de Los Angeles Examiner. Y eso hice. Me pasé un sinfín de horas en la Biblioteca Pública de Los Ángeles escudriñando cientos de rollos de microfilm, cada vez más mareado. Tras un par de horas, cada rollo nuevo pasaba a ser una enorme mancha de tinta ininteligible. Nombres y lugares se transformaban en puzles indescifrables. Me daba un respiro, salía fuera, recorría la manzana, regresaba y volvía a marearme. Salía de nuevo. Entraba por enésima vez. Sin suerte. En la página editorial, junto a columnas de Helen Rowland, Edwin C. Hill y Elsie Robinson, leía con lupa docenas y docenas de «Cartas al editor», pero el nombre de Bukowski brillaba por su ausencia.
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Cuando me lo recomendaron me decían: «disfruta de su lectura pero pasa de sus fans». Así que lo leí y lo disfruté, por sus diálogos ingeniosos y rápidos, su sátira social, y sus momentos poéticos. A día de hoy me daría una pereza releerlo como muchas de las cosas iniciáticas que hacía hace 30 años, ya pasé por ahí y no lo echo de menos. La nostalgia no va conmigo. No sabía de esas cartas, y con lo iconoclasta y descreído con el poder que era, o aparentaba ser, me costaría identificarlo con un nazi. Otra cosa es que como persona de su tiempo se abonara a otros comportamientos que hoy no serían aceptables y no se trata de censura sino de reconocimiento a lo que él no veía. Recuerdo su admiración por Celine, que sí que fue un cabrón durante la ocupación. Vida y obra son dos cosas distintas hasta cierto punto.
PD Aun me dan más pereza sus lectores, los puedes reconocer en Alberto Olmos, Soto Ivars, Cristian Campos o Jorge Bustos., que aun se piensan en los 90, aunque algunos fuesen infantes, y la miran con nostalgia.
Bravo por la ardua investigación, más que necesaria después de unas décadas que se han alimentado de las citas de fuentes secundarias sin contrastar, y por la imprescindible llamada de atención a desconfiar de las primeras biografías, en las que suele estar el germen de todos los errores posteriores. Gracias por el trabajo duro y la valentía.
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Bukowski solía decir que su única ideología era beber. Pero en el fondo escribía contra lo que otros glorificaban: la imagen, el héroe, la causa. Me interesa más cuando se contradice que cuando se reafirma. Tal vez por eso leer sus cartas (incluso las dudosas) es leer sus sombras: lo que él mismo no habría querido editar.
— Juan, autor de Tránsitos y saqueos