
En puridad, el haiku, ese breve poema, ya existía en Japón, y había tenido imitaciones de diversa índole y alcance en Francia y en la literatura anglosajona acaudillada entonces por Ezra Pound y su cohorte de imaginistas. Pero el inventor del haiku en lengua española fue el mexicano José Juan Tablada (1871-1945), que lo adaptó y difundió, teniendo enseguida discípulos en su propio país y en el resto del mundo hispánico.
Los manuales y estudios mencionan como aldabonazo la publicación en 1919 de Un día… Poemas sintéticos, donde Tablada dio carta de naturaleza al haiku entre nosotros. Pero hay una prehistoria que requiere ser contada porque adelanta en bastantes años a esa fecha de partida. Y es que el mexicano, visitante del Japón en 1900-1901 gracias al mecenazgo de Jesús E. Luján (aunque se ha puesto en duda que realmente estuviera allí), y lector entusiasta de Lafcadio Hearn, ya había compuesto haikus cuando residía en su casa de Coyoacán (que se podría rebautizar al efecto como Ko Yoa Kan, con un rasgo humorístico que seguramente a él, fino ironista, no hubiera disgustado).
Fruto de aquel primer contacto, compuso el poema «Japón» (incluido en su libro Florilegio, de 1899 y nueva edición de 1904), encendido canto de amor a aquella tierra que comienza con estos rimados decasílabos plenamente modernistas:
¡Áureo espejismo, sueño de opio,
fuente de todos mis ideales!
¡Jardín que un raro kaleidoscopio
borda en mi mente con sus cristales!
Tus teogonías me han exaltado
y amo ferviente tus glorias todas;
¡yo soy el siervo de tu Mikado!
¡Yo soy el bonzo de tus pagodas!
Pero este inicial Tablada, si bien aspira el aroma oriental, aún no ha llegado a su meollo lírico, tan ajeno a la prolijidad y lo solemne. Como vio Enrique Díez-Canedo: «La elaboración de motivos japoneses, en el libro citado, es del todo occidental. Hasta sus traducciones y paráfrasis de poetas antiguos del Japón tiene ese carácter». Y cita esta de Saigio:
Entre la humedad sombría
de las rocas, alejado,
y huyendo la luz del día,
mis amores he contado
a la noche negra y fría…
«La forma, sobre todo» continúa Díaz-Canedo, «acentúa el sentimiento romántico. Diríase oír un fragmento de Espronceda, tomando quizá no muy lejos de las «Hojas del árbol caídas…». Sin embargo, reconoció cómo pronto esto cambió y Tablada abandonó esa retórica decimonónica y fue a lo sintético, lo esencial».
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Gracias por el artículo, y por esos poemas tan breves y tan intensos. Es muy interesante la reseña, pero confieso que se me iban los ojos buscando el siguiente poema. Este poeta es bueno de verdad.