
Durante algunos años de mi vida tuve algo (muy poco) que decir en el mundo del ferrocarril español. Fue justo antes de jugar a empezar a ponerme en la piel de David contra Goliat para que los españoles dejemos de tener los precios del autobús más caros de Europa —una situación que tristemente se mantiene desde que la más grande de nuestras actuales empresas monopolistas hacía de chófer y mecánica para el franquismo, ataviada con un mono azul con el distintivo de Falange—.
En esta breve etapa sobre raíles descubrí algo interesante sobre Roger Senserrich. No, no tengo ni idea de por qué nació en Maracay (Venezuela). Pero sí aprendí que Roger, colaborador de esta casa, no solo es uno de los tipos más influyentes en el sector del ferrocarril patrio, sino los motivos fundadísimos por los que es así.
Aunque seguro que se avergüenza de que le mencione en estas líneas e intenta quitarse méritos —porque es un tipo humilde—, Roger es un enorme embajador para el ferrocarril español. Es el hombre que, cada vez que alguien en Estados Unidos habla de los costes asociados con el tren, carraspea y recuerda el caso de éxito que existe al otro lado del Atlántico.
Sus crónicas desde Estados Unidos no solo nos ilustran sobre lo que sucede en una gran potencia polarizada y rara de narices. Para el ciudadano medio de nuestro país, a menudo contagiado de la variante más agresiva de pesimismo, autoinfligida y persistente a través del tiempo y el espacio, la perspectiva de Roger es una máscara de alta concentración que nos llena los pulmones de sana autoestima.
Roger es para el tren español como una abuela que te quiere y te dice siempre lo guapo que estás. Y que lo hace creyéndoselo a pies juntillas, porque tus primos son mucho más feos que tú y ella lo sabe.
Su íntimo conocimiento del ferrocarril internacional, los sistemas de transporte en general, y la historia y evolución de los mismos le han hecho entender cómo y por qué las ciudades estadounidenses son como son. Peores que las nuestras. Casi todas, monstruos enfocados en el coche y nada vivibles que muchos españoles de barrio soportaríamos durante poco tiempo.
Sabe que en España construimos barato, con un coste de los terrenos asequible, sin miedo a movimientos populares y con gran amor por los resultados. Ansia viva, incluso. Las grandes peleas no son por las obras de la alta velocidad. Las peleas vienen cuando los trabajos no avanzan deprisa, cuando no se gasta de más en soterramientos, cuando los trenes que operan las líneas no son tan cómodos como imaginábamos. Pero todos queremos trenes. Mientras escribo estas líneas, intento comprar un billete para ir a Asturias entre semana con cierta antelación. Es una misión imposible digna de Tom Cruise: está todo el pescado vendido.
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