Arte y Letras Literatura

Juan Goytisolo, la mirada azul de Marrakech

Juan Goytisolo, 1985. Fotografía: Ulf Andersen / Getty.
Juan Goytisolo, 1985. Fotografía: Ulf Andersen / Getty.

Juan Goytisolo huía. O quizá sería mejor utilizar otro verbo: Juan Goytisolo se refugiaba. Al alzar la vista, a lo lejos, sobre la llanura, lo vio. Vio las pocas aberturas que rompían la línea continua de casas que separaban el suelo del cielo. Vio esa plaza maravillosa en su centro, Djemaa el Fna, con su saltimbanqueo constante. Refulgían las lámparas comunes al contacto con el sol en el centro, y la población se movía como quien intenta colocarse rápidamente en un hormiguero. Vio también la mezquita, Kutubía, con su largo alminar rompiendo la armonía del horizonte. A lo lejos, el Atlas terminó de convencer a Juan Goytisolo. Las enormes rocas de la cordillera africana servían de parapeto para la bulliciosa y divertida ciudad de Marrakech.

De pronto, Juan Goytisolo entendió que lo había encontrado. Había encontrado su refugio.

El pasado

Previo a la mirada sobre Djemaa el Fna, las pupilas de Goytisolo habían sido testigo de otras muchas visiones alejadas de la paz de aquella extraordinaria plaza africana. Habían visto, por ejemplo, morir a su madre con solo siete años, cuando la aviación alemana bombardeó Barcelona, allá por los años profundos de la Guerra Civil, en 1938. Este hecho marcará la literatura de Juan. Por dar solo algunos ejemplos de la repercusión que se da en sus párrafos, en Duelo en el Paraíso, Abel es huérfano, como lo es el Pipo de Fiestas. Hay un párrafo en La cuarentena que ilustra bien el recuerdo de la madre muerta en la memoria del pequeño Juan.

¿Qué hace aquí? ¿Por qué no osas darle la vuelta y descubrir su cara? ¿Temes no reconocerla después de tanto tiempo pese a las fotografías que de ella conservas? ¿O que te ciegue con su belleza y plenitud de su rostro hecho de llama viva? Reteniendo el aliento, te inclinarás al bolso que todavía sujeta y verificarás, más allá del pavor, la punzante exactitud del recuerdo; todos vuestros regalos permanecen indemnes. ¿Es la madre de seres concretos, con articulaciones, nervios, sangre, médula y huesos o símbolo y encarnación de todas las madres, sorprendidas igualmente de compras, en los bombardeos de Barcelona, Basora o Bagdad? (La cuarentena, 1991).

Hay imágenes que cambian el pequeño mundo de quien las ve. El cuerpo tendido de su madre, con el vestido años treinta y el bolso abierto, es una de esas imágenes que trastocarán el mundo de Juan Goytisolo. Nada volverá a ser lo mismo. El Goytisolo adolescente, el Goytisolo que tarda en madurar, es una suerte de enfant terrible. Porque esa mirada azulada, cálida pese a su legendario mal humor, repasaba los episodios de este texto con cierta rabia. Es la rabia de quien creció huérfano, con la memoria podrida.

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3 comentarios

  1. No recordaba su experiencia traumática durante la guerra, que ciertamente explica algunas cosas, pero no lo explica todo. No obstante, su postura respecto a la mujer fue tan nefanda como se podría esperar de un falo-centrista enamorado del mundo islámico. En los reinos de taifas, en donde controla su frenética tendencia al retorcimiento verbal, es para mí su mayor logro. Huir mentalmente de la España franquista para caer en la admiración pero-musulmana es el característico viaje sin alforjas.

  2. Falo-centrista y pero-musulmana… una buena forma de sintetizar químicamente la profundidad expresiva de su escritura… y lo de pero por proto o por petro me resulta muy muy poética… totalmente si lo comparamos con edificar su iglesia (porque algo de religioso, místico, tenía tenía este Don Juan).

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