
Juan Goytisolo huía. O quizá sería mejor utilizar otro verbo: Juan Goytisolo se refugiaba. Al alzar la vista, a lo lejos, sobre la llanura, lo vio. Vio las pocas aberturas que rompían la línea continua de casas que separaban el suelo del cielo. Vio esa plaza maravillosa en su centro, Djemaa el Fna, con su saltimbanqueo constante. Refulgían las lámparas comunes al contacto con el sol en el centro, y la población se movía como quien intenta colocarse rápidamente en un hormiguero. Vio también la mezquita, Kutubía, con su largo alminar rompiendo la armonía del horizonte. A lo lejos, el Atlas terminó de convencer a Juan Goytisolo. Las enormes rocas de la cordillera africana servían de parapeto para la bulliciosa y divertida ciudad de Marrakech.
De pronto, Juan Goytisolo entendió que lo había encontrado. Había encontrado su refugio.
El pasado
Previo a la mirada sobre Djemaa el Fna, las pupilas de Goytisolo habían sido testigo de otras muchas visiones alejadas de la paz de aquella extraordinaria plaza africana. Habían visto, por ejemplo, morir a su madre con solo siete años, cuando la aviación alemana bombardeó Barcelona, allá por los años profundos de la Guerra Civil, en 1938. Este hecho marcará la literatura de Juan. Por dar solo algunos ejemplos de la repercusión que se da en sus párrafos, en Duelo en el Paraíso, Abel es huérfano, como lo es el Pipo de Fiestas. Hay un párrafo en La cuarentena que ilustra bien el recuerdo de la madre muerta en la memoria del pequeño Juan.
¿Qué hace aquí? ¿Por qué no osas darle la vuelta y descubrir su cara? ¿Temes no reconocerla después de tanto tiempo pese a las fotografías que de ella conservas? ¿O que te ciegue con su belleza y plenitud de su rostro hecho de llama viva? Reteniendo el aliento, te inclinarás al bolso que todavía sujeta y verificarás, más allá del pavor, la punzante exactitud del recuerdo; todos vuestros regalos permanecen indemnes. ¿Es la madre de seres concretos, con articulaciones, nervios, sangre, médula y huesos o símbolo y encarnación de todas las madres, sorprendidas igualmente de compras, en los bombardeos de Barcelona, Basora o Bagdad? (La cuarentena, 1991).
Hay imágenes que cambian el pequeño mundo de quien las ve. El cuerpo tendido de su madre, con el vestido años treinta y el bolso abierto, es una de esas imágenes que trastocarán el mundo de Juan Goytisolo. Nada volverá a ser lo mismo. El Goytisolo adolescente, el Goytisolo que tarda en madurar, es una suerte de enfant terrible. Porque esa mirada azulada, cálida pese a su legendario mal humor, repasaba los episodios de este texto con cierta rabia. Es la rabia de quien creció huérfano, con la memoria podrida.
La siguiente imagen que captan las pupilas que dirigen este texto se da en el invierno de 1953. Aún transcurren las catacumbas del gobierno de Franco, y Juan ha abandonado Barcelona para huir de su padre, inclemente y severo, para llegar a Madrid. En Argüelles conoce a una pareja de colombianos que beben hasta perder la cabeza cada día. Cierta noche, su amigo Lucho y él se van con dos mujeres a cenar. Mientras acarician a sus respectivas parejas, los dos amigos se miran. El erotismo de uno y otro se dispara. Es la primera vez que Juan Goytisolo entiende que ese extraño sentimiento en el pecho es, simple y llanamente, amor homosexual.
Asustado por lo que las miradas con su amigo Lucho sugieren, vuelve a Barcelona. Allí pierde el control. Bajos fondos, tabernas de mala vida, bistrós donde la muerte y el sexo pueden respirarse, y el descenso a los infiernos de un hombre al que solo la literatura le ata al mundo. Su amigo Cortés, que acaba de salir de la cárcel, le presenta a proxenetas, travestis, chaperos y todo ese mundo que la carcasa del franquismo intenta ocultar. Es una época oscura. La memoria, hasta entonces triste por la muerte de su madre y la sexualidad reprimida, se abalanza ahora contra él.
Casi de manera instantánea, las pupilas ahora observan la estructura de Le Pont des Arts, el infinito del Sena, y la elegancia de París. Allí, la cosa no mejora. Perseguido por la Brigada Político Social de Barcelona, hay un paso natural al cruzar los Pirineos. Esta vez será Monique Lange, que trabaja en Gallimard, la editorial más prestigiosa de Francia, la mujer de la que se enamore. Y será ella también quien explique, sobre todo a través de la novela, que convive con un hombre al que un pasado insondable, terrible y tétrico no le permite avanzar.
De ese pasado insondable huía Juan Goytisolo cuando sus pupilas se posaron sobre Djemaa el Fna. O quizá sería más conveniente decir que de ese pasado… se refugiaba.
Djemaa el Fna
Hay en la plaza de Djemaa el Fna un nuevo aroma. No es especia, ni dátil, ni fruta, ni carne. Al alzar la vista desde el café Matich hacia la plaza, Goytisolo no puede evitar abrir los ojos como si hubiera visto un prodigio. Y de algún modo lo era. Dos parejas de elefantes sortean la muchedumbre, dejando entrever sus cráneos, ocultas las trompas bajo los hombros de las personas que se acercaban a verlos. Juan no lo duda. Minutos más tarde, los cuatro viajeros toman café junto al que todos reconocen como el contador de historias de Marrakech.
Juan paga la cuenta, pero a cambio se lleva la historia: los cuatro elefantes cruzan el continente desde la lejana sabana para llegar a Tánger, desde donde las bestias serán trasladadas a algún lugar de Europa al que ellos ya no llegarán. Goytisolo paladea cada palabra, cada recuerdo que el traductor le hace llegar. Aquellos hombres han tardado tres meses en cruzar el lago Victoria, caminar en paralelo al río Congo hasta poner rumbo al norte, camino del desierto. Allí, por Tumbuctú hasta la costa, y hasta Marrakech. El escritor se empapa de usos, costumbres, anécdotas y chanzas. Oye hablar de lugares remotos, de especies animales desconocidas, de volcanes, de llanuras, de oasis y de océanos.
La anécdota de los elefantes refleja perfectamente lo que Djemaa el Fna significa para él. En aquellos metros tenía cabida un mundo. Un mundo repleto de particularidades al que Europa le daba la espalda, pero al que él amaría ya hasta el final de sus días. Vendedores ambulantes, encantadores de serpientes, marinos llegados desde la otra punta del mundo, poetas sin obra o bailarines gnawis. Cada noche había una historia nueva, un camino fascinante y maravilloso que dio con sus pies en el corazón de Marrakech.
Es también el momento en que el propio escritor se opone a la construcción de un centro comercial en la plaza. Juan escribía cada mañana cientos de papeletas a mano, donde podía leerse «Yo soy hijo de la plaza. Y lo digo con mucho orgullo». Las repartía entre los comerciantes, los visitantes y los vecinos de Djemaa el Fna, y, como suele ocurrir con todas las rebeliones, la anécdota se convirtió en un torbellino imparable sin entender cuándo. Desde todas las partes del globo se sumaban intelectuales defendiendo la postura parapetada de Juan. El asunto acabaría con la UNESCO protegiendo la plaza para siempre. A esas alturas, Juan Goytisolo es ya un hombre maduro que sabe que no dejará nunca la ciudad de sus sueños.
La muerte
Puesto ya un pie en el estribo, Juan observa el cielo de Marrakech en los últimos momentos de su vida. Son los mismos ojos azules que llevan cerca de noventa años haciendo llegar lo que la existencia le hubo ofrecido hasta el papel de la novela. Nada hubiera sido posible sin el amparo de aquella tranquila ciudad, desde la cual podía observar la bóveda celeste sin que las estrellas se oculten bajo las luces deslumbrantes y pomposas de una Europa en declive. Nadie tiene dudas de la tierra que elegirá Goytisolo para descansar eternamente. Es el lugar que le permitió sobrevivir a una juventud tormentosa, y por la que despegó como autor gracias al corazón de sus gentes.
Apagada ya la furia que a punto estuvo de matar al hombre, Goytisolo recuperó la felicidad en aquella tierra. Fue enterrado en el cementerio civil de Larache, bajo el suelo africano. Cuentan que, en su entierro, la traductora de sus libros al francés, Aline Schulman, citó a Lorca para despedirse: «Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un español tan claro y tan rico en aventuras». Moría un puente entre dos culturas. Se apagaba la mirada azul de Marrakech.








No recordaba su experiencia traumática durante la guerra, que ciertamente explica algunas cosas, pero no lo explica todo. No obstante, su postura respecto a la mujer fue tan nefanda como se podría esperar de un falo-centrista enamorado del mundo islámico. En los reinos de taifas, en donde controla su frenética tendencia al retorcimiento verbal, es para mí su mayor logro. Huir mentalmente de la España franquista para caer en la admiración pero-musulmana es el característico viaje sin alforjas.
Falocentrista, talibán y negro-legendario.
Referente de la izquierda divagante «española».
Falo-centrista y pero-musulmana… una buena forma de sintetizar químicamente la profundidad expresiva de su escritura… y lo de pero por proto o por petro me resulta muy muy poética… totalmente si lo comparamos con edificar su iglesia (porque algo de religioso, místico, tenía tenía este Don Juan).