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El mundo de ayer de Abdelrahman Munif

Robert Yarnall Richie Photograph Collection (DP) Abdelrahman Munif
Imagen: Robert Yarnall Richie Photograph Collection (DP)

En el mundo de ayer que Abdelrahman Munif representa en Ciudades de sal, se planta una palmera por cada nacimiento de varón, de modo que ambos, el ser humano y el ser vegetal, crecen a la vez, y el oasis se vuelve más verde y hermoso con cada generación. Las palmeras, al igual que las tierras, nunca quedan desatendidas. Cuando alguno de los hombres emprende un viaje, siempre hay algún hermano, familiar o amigo que se ocupa de las tierras y las palmeras. De este modo, al igual que sucedió en el pasado y sigue ocurriendo en el presente, los habitantes del lugar se aseguran de que, también en el futuro, la gente que pase por su valle pueda seguir bebiendo de sus aguas, reposando a la sombra de los árboles y expresar la bendición: «Que descansen en paz todos aquellos que plantaron una palmera en este verde lugar». 

Sin embargo, todo empieza a cambiar cuando el gobierno envía una comisión formada por tres personas extranjeras encargadas de registrar los nombres de todos los varones y de todos los recién nacidos. Este control y la captura de información que conlleva no son actos inocentes y preceden a la caída en desgracia de sus gentes: 

Esta comitiva recorrió muchas zonas del desierto con infinidad de papeles y cuadernos de gran tamaño a cuestas, sin que la gente supiera por qué habían venido ni cuál era el verdadero objetivo de todo aquel trajín. Esta desconfianza fue la que llevó a los habitantes de Wadi al-Uyún a reaccionar con un fuerte recelo: ocultaron muchos datos, no dijeron una palabra acerca de los viajeros nómadas y no dieron los nombres de las mujeres. Solo una pequeña parte de los hombres quedó registrada y para mayor precaución la gente pidió a los muchachos de entre ocho y catorce años que se ausentaran durante el día y fueran a jugar por los jardines del valle. Entonces los padres fingían recordar solo los detalles más vagos e insignificantes acerca de la fecha de nacimiento de sus hijos. Así hicieron todos, o casi todos los habitantes de Wadi al-Uyún. El motivo de tal comportamiento fue que durante las semanas que precedieron a la llegada de aquellos hombres corría el rumor de que el Gobierno estaba reclutando jóvenes para el servicio militar. Sin embargo, eso no impidió que tres o cuatro familias del valle hicieran exactamente lo contrario y registraran a todos los varones, a ciertos viajeros e incluso añadieran a la lista a algunos hombres que ya estaban muertos. Parece que lo que les llevó a actuar así fue que uno de los miembros de la comisión les informó, con suma cautela y pidiéndoles no mencionar ni una palabra del tema a nadie, que se iban a repartir grandes cantidades de harina, azúcar y ropa entre la gente del valle y de otras zonas, y que la repartición se haría en función del número de habitantes de cada lugar. Pero la mayoría se rio de estas noticias y aseguró que no eran más que embustes para convencerlos, porque el Gobierno nunca había hecho antes nada parecido, incluso durante los años en que la gente se moría de sed y de hambre.

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