Música

Bob Dylan, o la poesía como arma cargada de pasado

Bob Dylan, o la poesía como arma cargada de pasado
Bob Dylan, 1963. Fotografía: Getty.

He oído que Bob Dylan ha ganado el Nobel. ¿De qué? De ciencia, creo. ¿De ciencia? Sí, tiene que ser eso. Esa canción, «Mr. Tambourine Man», ¿cómo podría alguien tocar una canción solo con un pandero? Eso no se puede. Es como darle a un tío un bodhrán y esperar que toque «Bohemian Rhapsody». Simplemente no es posible. Pero Dylan lo clavó.

(Roddy Doyle)1

El día que se anunció que Bob Dylan había ganado el Nobel de Literatura muchos pensaron que se trataba de un error, un poco como la vez que los miembros de la Academia se equivocaron y llamaron a un economista para decirle que era el nuevo Nobel de Física o como cuando comunicaron a un señor que se dedicaba a limpiar alfombras que era el flamante ganador del Nobel de Química. Sencillamente, no podía ser. En palabras del escritor Ian Sansom, era como si un caballo de carreras ganara el primer premio en una exposición canina. No es que el caballo no tuviera mérito, es que estaba fuera de lugar.

A mí no me indignó que premiaran a Dylan, pero me sentí tan decepcionada como todos los años: ni Roth ni Pynchon ni Carson habían ganado. No suelo dar demasiada importancia a un galardón que en el pasado ha dejado fuera a escritores como Nabokov o Borges; sin embargo, la polvareda que se levantó en torno a la concesión del premio hizo que prestara más atención al asunto de lo que acostumbro. El premio metía de lleno el dedo en la llaga de qué entendemos por literatura, un concepto que, a juzgar por las airadas reacciones que se desataron entonces, transcurría dentro de unos márgenes más estrechos de lo que había pensado. 

La polémica, lejos de amainar, arreció en las siguientes semanas, y, para mi sorpresa, fue adquiriendo matices cada vez más literarios. Dylan apuró hasta el último momento para enviar oficialmente su discurso de aceptación. En él hablaba de Moby Dick, Sin novedad en el frente o La Odisea. A los pocos días alguien se dio cuenta de que una de las citas que atribuía a Moby Dick no aparecía en la novela y muchos empezaron a sospechar que nos estaba dando gato por liebre. La escritora Andrea Pitzer decidió indagar en el asunto y observó un preocupante parecido entre algunos fragmentos y los contenidos de SparkNotes —web a la que acuden los estudiantes para hacer sus deberes, normalmente para recabar información sobre libros que no han leído—. El hallazgo, como suele pasar con Dylan, dio pie a diversas lecturas. Para algunos no era más que una broma del Jokerman a la altura de la tomadura de pelo que era el premio. Otros pensaron que era un acto de desprecio al establishment representado por la Academia Sueca. También hubo quien vio en el discurso una muestra más de su genialidad: el artista estaba siendo coherente con el resto de su obra, reivindicando así su forma de crear. De ser esto cierto, no se habría visto una maniobra tan ingeniosa y atrevida desde que Laurence Sterne incluyó en su Tristram Shandy una crítica contra el plagio tomando prestados fragmentos de Anatomía de la melancolía de Burton2. 

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13 comentarios

  1. Agustín Serrano

    La maravillosa polivalencia de las palabras derrotadas ante el poder de la música, porque Dylan, soy más de Cohen, puede ser merecedor del Nobel de Literatura, pero, aunque quizá en privado posean dotes musicales, no me imagino a Roth, a Pynchon, etcétera, ganando un Grammy. Los Nobel son pura publicidad, que solo satisface a los ganadores.

    La enorme calidad de la autora de este artículo está consiguiendo que mis comentarios se conviertan, poquito a poco, en palimpsestos. Borro uno para escribir otro sobre los restos del anterior con la misma satisfacción. Junto con otras firmas, qué gran activo tiene Jot Down con ella.

    Felicidades.

  2. Este artículo me ha ayudado a darme cuenta, finalmente, del origen de mi incomodidad con el Nobel de Dylan. Cómo puede ser, me preguntaba, que con todo lo que me gusta Dylan, no termine de convencerme esto del Nobel. Y ahora me doy cuenta. Los músicos-poetas, por llamarlos de alguna forma, categoría de la que forman parte con méritos parejos Cohen y Dylan, corren con ventaja a la hora de competir con los poetas a secas. Una canción es mucho más que un poema. Es un poema maquillado y vestido de fiesta, en comparación con el poema en el papel, que está allí desnudito como su autor lo trajo al mundo. Una vez que el poema está hecho canción es ya imposible quitarle la música de tu cabeza. Ya es un poema que no pasa el control antidoping, es un poema con esteroides, es una tarjeta roja directa.
    En definitiva, la sensación que yo tenía es que la Academia Sueca estaba premiando fuera del tiesto

  3. Sospecho que la poesía no sea otra cosa que una incontinencia verbal ordenada, en sus dos acepciones, por sueños o pesadillas, los que fueron y los que vendrán. Poco podemos hacer, no hay defensa cuando las palabras arrecian buscando grietas y cuando se insedian insediosas todo está perdido. El grito de la calle se acalla y el murmullo en secreto hace mal. La rosa del ciego floreció en sus laberintos infernales sin salidas de bibliotecas pletóricas de desiertos para ser leídos, como a espejos donde los tigres no tienen reflejo pues un tigre invertido es un sinrazón. Sólo viven en la parte oscura del espejo como cualquier mortal. Estimulante divulgación, señora. Gracias.

  4. Solrac Menuri

    Le dieron el Nobel porque Los tiempos están cambiando, quién no ha sido como una piedra rodante y ha mirado desde la atalaya, y si no te lo explican es porqué la respuesta está en el viento, sabrán qué es el Arte quienes lo denostan? O sólo pedanteria o sionismo…

  5. Solrac Menuri

    La palabra sionismo se coló por injerencia del autocorrector» quise decir en su lugar sionismo, sorry

  6. ¿Cuándo se jodió Robert Zimmenman? Para mí, su último disco interesante es «Infidels», producido por un fan, Mark Knofler. Eso fue allá por 1983. Su incontinencia, similar a Elvis Costello, le hace grabar las mismas canciones año tras año. Es su vida y en la nuestra queda el viejo Dylan. El Dylan rabioso, eléctrico, joven, cascarrabias, el genio en fin.
    En una peliculita reciente, Una noche en Miami, que dramatiza una hipotética reunión entre Malcolm X, Muhammad Ali, Jim Brown y Sam Cooke, éste último lamenta que los negros no hagan lo que está haciendo Bob Dylan, hablar de lo que pasa a la gente negra. La respuesta está en el aire y compuso «A Change Is Gonna Come». Sin Dylan no hubiera ocurrido.
    Lo del Nobel fue una vacilada, porque los suecos saben que ya sólo es un cachondeo, pero tuvo su gracia que premiaran a alguien cuya canción más citada es tal vez la más misógina que recuerdo «Like a rolling stone». Tampoco es baladí que Dylan, como Cohen, sea judío.

    • ¿De veras se jodió? No lo creo así. «Oh Mercy» y «Time out of mind», de los años 90, son de los mejores discos de Dylan. No muchos artistas han grabado tantos discos muy buenos y sus letras, siempre están ahí. Ciertamente Dylan no va a liderar ninguna revolución musical… pero eso es algo que ya hecho otras veces.
      Me parece divertido que lo del Nobel traiga tanta cola. Mucha más que los Nobel de la paz, que esos sí que dan para un largo ensayo.

    • Tienes que dejar ahora mismo de hacer lo que estés haciendo y poner en YouTube “Mother of muses” de su último disco. Me lo vas a agradecer.

  7. Dylan es considerado, especialmente por su lírica temprana, un juglar, un cronista. Dylan como altavoz de la injusticia social y defensor de los derechos civiles.

    La verdadera relevancia de la obra de Dylan es la accesibilidad a su obra, nada elitista, por el contrario, universal. En un formato, la música, que ha conseguido lo que muchos políticos o jueces no han conseguido con sus oficios. Es decir, literalmente, la poesía como herramienta para la libertad y la verdad.

    Todo esto, unido a la imagen de los miles de Bob Dylan que existen en la historia del personaje, desde su concierto en el Ayuntamiento de Nueva York, su intervención en la Marcha de Washinton o el Festivas de Newport de 1965, han que el legado de Dylan esté a un nivel al que muy pocos autores podrán alcanzar nunca.

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