
Sobre el aire ofuscado de un rostro severo de figura altísima una diadema de cristal resplandece. La corona de heredero legítimo de los tesoros más valiosos del Olimpo musical llega para posarse muy tarde, tras los destrozos causados por la nueva objetividad y las vanguardias del siglo pasado. Modas auspiciadas por la originalidad a todo precio, por la pretendida autoridad del descubrimiento que queda en anécdota frente a la gran ola del sentimiento en la que hoy vivimos sumergidos, quizás por nuestra derrota frente a debilidad. Un retorno a la decadencia un tanto kitsch con la que hemos contemplado a Sergei Rachmaninov desde el retrovisor, dejando atrás sus dos metros de alma sombría entre la estirada vegetación de Beverly Hills, el barrio que le vio morir en marzo de 1943, tras épocas de frenzy y mientras se cuajaba la tragedia mundial. Una desorientación tremenda para este hijo de aristócratas, acunado con promesas de idilio, alianzas bucólicas de primer romanticismo en la bella creación de mundos paralelos; maneras de gran señor que prevalecieron en una juventud marcada por las dificultades financieras.
Nacido en 1873 en una de las propiedades familiares esparcidas por la Rusia profunda, su padre despilfarró la fortuna familiar y fue vendiendo sus posesiones una por una hasta que el niño acabó viviendo en un pequeño apartamento de San Petersburgo bajo la tutela de su abuela materna. Una gran nube negra se asomo por el horizonte: dos de sus hermanas murieron y quizás fue el inicio, a la edad de diez años, de estudios musicales en el conservatorio de la ciudad, lo que hizo desviar su atención de los golpes del destino. Aun así, su recorrido académico fue mediocre y no consiguió aprobar el curso, falseando sus boletines de notas en una actitud definida por su mentor Rimsky-Korsakov como «un periodo de autoengaño y pereza puramente ruso» (My Musical Life, 1923).
En otoño de 1885, su madre le mandó a Moscú, en plan reprimenda, para estudiar con el estricto profesor Nikolai Zvérev, donde coincidió con Alexander Scriabin. Más que un profesor, Zvérev era un mentor a la antigua, a la vez segundo padre, autoridad moral y un excelente pedagogo del piano. Sus clases comenzaban a las seis de la mañana y Rachmaninov las combinaba, entre horarios fijos de comida y cena, con los cursos en el conservatorio de Moscú. Esta disciplina espartana funcionó para el perezoso Sergei y hubo alquimia tanto con Zvérev en la pensión como con Siloti, un célebre discípulo de Liszt, en el conservatorio. Sus frutos revelaron que Rachmaninov no solo era un pianista sumamente dotado, sino que también poseía un oído muy fino para la composición, perfeccionada junto a dos maestros rusos: Arensky y Taneiev. En su graduación en 1892, se le condecoró con la gran Medalla de Oro en composición. Un honor debido, en parte, a la entusiasta reacción de Tchaikovsky a su ópera de un acto Aleko, compuesta en tan solo diecisiete días.
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Escuchar el segundo concierto para piano en vivo con Lugansky como su intérprete acerca musicalmente a lo que bien se describe en algunas líneas de esta informativa biografía musical de Rachmaninov, algo así como una enérgica nostalgia…gracias por el artículo!
Será polarizante, pero era un gran compositor. Sólo con escuchar sus conciertos para piano o su sinfonía número 2 ya merecería un puesto e tre los grandes. Yo siempre lo asocio con Schubert (salvando las distancias culturales, claro).